Las mujeres poderosas se pintan los labios. Tuvo que ser el pensamiento de la empresaria Florence Nightingale Graham (1881-1966), después conocida como Elizabeth Arden, cuando en marzo de 1912 proporcionó barras de labios de color rojo a las sufragistas que se hicieron con la Quinta Avenida de Nueva York, con el fin de reivindicar ese productos de belleza como signo feminista. Qué mejor bandera que una sonrisa mejorada con carmín.

También cuando en 1943, con motivo de la Segunda Guerra Mundial, recibió el encargo de crear un labial de tinte rojo que conjuntara con los uniformes de las mujeres que servían en las Fuerzas Armadas [estadounidenses]. Se llamó Victory Red. Y su victoria fue más allá de un instrumental de belleza destinado a embellecer: se convirtió en un arma social y política.

Y si no, que se lo digan a Winston Churchill. El Premio Nobel, en su momento bautizado como ‘el gran hombre del siglo XX’, importó del gobierno de Estados Unidos esta manera tan sutil y sublime de hablar de poder: la campaña bajo el lema ‘Beauty as Duty’ (‘La belleza como deber), que vio potenciado su mensaje con las creaciones de Elizabeth Arden y Helena Rubinstein, quien lanzó el color Regimental Red, como apoyo al triunfo del bien. Fue así como el líder británico enalteció el uso de las barras de labios hasta el punto de estimular su uso en tiempos de guerra. Si todo iba a estallar por los aires, que al menos la gente se viera guapa. No se trataba de normalizar el conflicto bélico, pero sí de mantener la calma durante el estallido. Un símil que el artista callejero Banksy intentó reflejar con su obra Holocaust Lisptick. Arte que muestra a mujeres en campos de concentración, vestidas con pijama de rayas y labios pintados de rojo.

Campaña de lanzamiento del labial Victory Red de Elizabeth Arden.

Pero un carmín con llamada de atención en su tono de color no siempre ha tenido tan buena acogida. Por ser considerado inmoralmente femenino o propio de las llamadas ‘mujeres de baja cuna’, en la época victoriana fue relegado al fondo del cajón de cualquier tocador. No fue amigo de aquellos años en los que la pureza femenina –y su consiguiente ingenuidad– pasaba por salir a la calle sin una gota de maquillaje. No fueran ellas a despertar los instintos carnales del sexo opuesto.

Nada que ver con un momento mucho más anterior, aunque breve, cuando Cleopatra adquirió la costumbre de pintarse los labios con rojo rejalgar. Esto es, por definición, un «mineral constituido por sulfuro de arsénico, de color rojo, aspecto resinoso y muy venenoso, que se emplea sobre todo en pirotecnia y en curtidos de pieles».

De Egipto, a Hollywood. Un salto que Marilyn Monroe supo aterrizar muy bien. Si el país del Medio Oriente tuvo la fortuna de ser el primero en arrojar al mundo atisbos de maquillaje, la actriz californiana también sucumbió a este símbolo de emancipación femenina. Y paseó su carmín rojo intenso por todas las cámaras del séptimo arte. Una industria que recurrió al carmín de colores intensos para avivar la llama que las producciones en blanco y negro se empeñaban en apagar.

Aunque fue en marzo de 2020 cuando una pandemia apagó el esplendor del producto estrella del neceser. El carmín dejó de maquillar sonrisas en favor de la salud mundial. Una ley moral y escrita, que obligaba a usar mascarillas, hizo que la venta de labiales cayera en picado. Mientras que se disparó el uso de máscaras de pestañas y sombras de ojos –y se popularizó la convicción de que una persona se juega su belleza facial en la zona buconasal–, las barras de labios perdieron todo el poder que unas sufragistas consiguieron darle en 1912. En el momento en que echarse a la calle a reivindicar derechos era más un deber que una posibilidad. Nunca perdimos esa oportunidad –ni deberíamos dejarla marchar–, pero sí hemos recuperado el noble gesto que nos enseñó Guerlain en 1910, cuando la firma francesa creó rudimentarias barras de labios que consistían en pigmentos envueltos en delicados tubos de cartón. Y de este momento creativo, a la eternidad.

Porque si algo ha demostrado esta pausa de dos años bajo el yugo de las mascarillas es que las desgracias también tienen fecha de caducidad. Pero el carmín no.