Tendemos a buscar siempre los grandes cambios que produce un gran acontecimiento histórico; sin embargo, son las pequeñas modificaciones las que al final tienen un impacto real en nuestro día a día. Siempre me sentí muy identificado con Jack Nicholson en Mejor Imposible. Lo que antes era considerado extraño, hoy ha quedado legitimado tras dos años de pandemia. Para algunos será nuevo, pero para muchos como yo tocar los botones del ascensor con los nudillos, no compartir tragos del vaso de otro o abrir las puertas sujetándolas lo más arriba que sea posible para evitar superficies muy manoseadas es un hábito. Hoy hemos pasado de ser excéntricos a mainstream, como cuando Melendi decidió alisarse el pelo.

Algún día, más pronto que tarde, esta forma de comportarse volverá a ser una rareza, pero hay otros hechos que la pandemia habrá cambiado, al menos en el medio plazo. Algo que percibo y que me encantaría que alguien que trabajase en cerveceras confirmase, porque nos encanta que nuestras teorías se corroboren, sean lo peregrinas que sean, es que en los bares cada vez se consume más cerveza en botella de cristal en vez de en vaso de caña. Algunos ya pensábamos antes de la pandemia en los gérmenes que puede contener un vaso, pero ahora siento que somos legión los que pedimos una botella para evitar entrar en contacto con las babas de un desconocido. Ya no somos la excepción, los raros comenzamos a ser la regla. Y, si no, que alguien de Mahou-San Miguel, Heineken o cualquier otro grupo lo refute.

Sin embargo, el pequeño gran cambio que ha provocado la pandemia no tiene que ver con lúpulo y cebada, sino con la concepción del tiempo. A febrero de 2022, ser impuntual es llegar dos minutos tarde. El coronavirus aceleró la implantación del teletrabajo y, de golpe, los que presumíamos de puntualidad hemos quedado retratados, que diría Josep Pedrerol. No soy capaz de describir la angustia que siento cuando llego apenas una canción de Yesterday tarde (2:06 de duración, por si no hubiera fans de The Beatles) a una reunión. Imagino a todos los asistentes a la misma sentados en el salón de su casa, solos, mirando a una pantalla de ordenador y me suben las pulsaciones. Ya no existen esos cinco minutos de cortesía; hoy sabemos lo descorteses que eran.

Bastante tienen los británicos con lo suyo estos días, no deben estar para fiestas, salvo en el 10 de Downing Street, aunque quizá deberían comenzar a preocuparse por la posible actualización del refranero popular. Ellos, que durante años han sido propietarios de la puntualidad, hoy se ven amenazados por Zoom, Teams o Meet. Ya os lo decía, los grandes sucesos no provocan grandes cambios, sino pequeñas modificaciones, como pedir tercios en vez de cañas o como, de un día para otro, haber pasado de ser como el 28 de la Oreja de Van Gogh, que siempre llegaba tarde, a medir los tiempos como cuando cueces un huevo. Efectivamente, todos somos un poco más Jack Nicholson en Mejor imposible.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.