Antes de zarpar desde España, mientras preparaba y planificaba, más o menos, la ruta que iba a seguir, decidí intentar evitar, a toda costa, navegar por el sudeste asiático. Por lo que había leído y escuchado, no parecía una zona especialmente agradable para navegar. Hacerlo de noche y en solitario no me parecía una buena decisión. Y aquí estamos, navegando por segunda vez, ahora rumbo sur, por el famoso estrecho de Malaca.
Navegar por el sudeste asiático fue una decisión que tomé cuando decidí que ese año no cruzaría el océano Índico. La temporada de ciclones en el Índico estaba demasiado cerca y quería tomarme las cosas con calma. La otra opción era quedarme cerca de Bali, en una marina bien protegida, hasta que pasaran la temporada húmeda y las bajas presiones. Estar tanto tiempo parado, no habría sido bueno ni para el Sofía ni para mí.
Sigo la misma estrategia: intentar navegar el mayor número posible de millas durante el día y descansar por la noche. De esta forma reduzco el riesgo de toparme con redes de pesca a la deriva, pescadores sin luces, el intenso tráfico mercante y las tormentas de Sumatra. Como ya hice cuando crucé hacia el norte, intento navegar cuando la corriente es favorable. En diez días llego a la frontera marítima entre Singapur, Malasia e Indonesia. Ya estoy en aguas indonesias y navego rumbo a Belitung, a unos quince días de navegación diurna.
Por el camino me detengo unos días en una isla situada en mitad del mar de Java. Tiene forma rectangular y está deshabitada. Fondeo en una bahía rodeada de arrecifes, con una playa paradisíaca: palmeras, arena blanca, agua cristalina y ni un solo velero a la vista. Creo que merece la pena pasar unos días aquí.
Duermo bien y recupero fuerzas. La mañana amanece tranquila y despejada. Me preparo un buen desayuno acompañado de café y, con calma, pongo el bote en el agua para explorar la playa. Resulta extraño porque empiezan a escucharse motosierras bosque adentro. Intento seguir el sonido entre los arbustos, ya que no hay ningún sendero visible. Finalmente encuentro a una pareja de locales talando árboles y cortándolos en listones de madera para construir una casa. Es lo que consigo entender mediante señas, porque solo hablan indonesio. Les ayudo a transportar los listones hasta su bote y nos despedimos. Vienen de una isla situada cuatro millas al oeste de donde estoy fondeado.
Desde el Sofía veo una caseta flotante de madera donde viven tres hombres. Me acerco en el bote y les llevo algunos paquetes de arroz. Me reciben con ilusión y me invitan a tomar café. La vivienda flota gracias a varios bidones de unos 200 litros amarrados bajo su estructura. Alrededor de la casa se extienden pantalanes estrechos por los que se puede caminar. Entre ellos tienen enormes redes donde crían peces para después venderlos. Seguimos comunicándonos por señas. Parece tratarse de una familia formada por abuelo, padre e hijo, llevan el negocio. El que parece ser el padre, saca de la cocina unos bollos recién hechos rellenos de atún. Están ardiendo, pero están buenísimos. Me como tres y todavía se ofrece a cocinar más. Tienen conexión a internet satelital alimentada por un pequeño transformador y una batería de coche. La electricidad la generan con paneles solares instalados sobre el tejado de madera y chapa.
Deduzco que acaban de recibir un suministro desde la ciudad porque empiezan a abrir cajas y cajas llenas de material de pesca. Hay de todo: utensilios para distintas modalidades y equipos destinados a capturas de buen tamaño. Por la tarde regreso al Sofía. Esa noche, se escucha música procedente de la caseta hasta altas horas de la madrugada. Las luces permanecen encendidas hasta el amanecer. Sin duda, lo debieron pasar bien.
Después de tres días en esta maravillosa isla, toca seguir adelante. El siguiente objetivo es Belitung, donde debo realizar la entrada oficial en Indonesia. Antes de zarpar hacia el Índico, aprovecharé para tramitar también la salida oficial del país y así poder abandonar Indonesia legalmente cuando llegue el momento.
Seis días después fondeo al norte de Belitung. Hace unos meses, cuando navegaba rumbo a Malasia, fondeé en la bahía situada al noroeste. Ambas están separadas por menos de una milla y, sin embargo, el color del agua cambia por completo.
Fondeo en cuatro metros de profundidad sobre un fondo de arena blanca repleto de estrellas de mar. Para acceder a esta bahía he tenido que atravesar un precioso paso entre arrecifes. El fondeo queda perfectamente protegido en todas direcciones por islas, arrecifes y formaciones rocosas. Bajo el bote, monto el motor auxiliar y me dirijo a tierra, donde he quedado con mi amigo Dedy, a quien conocí durante mi visita anterior. Me lleva a inmigración, aduanas y sanidad para realizar todos los trámites burocráticos. Después me invita a comer noodles en un restaurante local. Comemos los dos por apenas tres euros. Para terminar el día, me lleva de vuelta al Sofía.
Al día siguiente vuelvo a encontrarme con Dedy y esta vez vamos a aprovisionar el barco. La primera parada es el mercado tradicional, cerca del puerto pesquero. El mercado tiene un caos sorprendentemente ordenado. Entre los puestos de fruta y verdura, las motos circulan en ambas direcciones compartiendo, apenas medio metro de calle, con quienes caminamos a pie. Parece que todo funciona en perfecto equilibrio. El suelo no está asfaltado y hace horas que no llueve, por lo que el polvo y la arena se levantan constantemente, creando una atmósfera con niebla. En muchos puestos hay que despertar al vendedor, que duerme tumbado sobre una tabla de madera al fondo del local. En la zona de la carne, los pollos despiezados cuelgan de garfios rodeados de moscas mientras, en la trastienda, otros pollos corretean ajenos a su destino. En la sección del pescado parece reinar algo más de orden. Todo tipo de especies descansan sobre hielo o bandejas de acero inoxidable. El suelo está cubierto por agua residual procedente de los puestos que limpian y filetean las capturas. Salgo del mercado con patatas, zanahorias, cebollas, lechuga, aguacates, plátanos y piña por un precio ridículo.
La segunda parada es el supermercado, donde compro leche, huevos, queso y pan. La tercera es la gasolinera, donde lleno los bidones de diésel de reserva del Sofía. La cuarta parada es un warung, un restaurante típico indonesio. Funciona como un bufé con decenas de platos para elegir y, una vez más, a precios muy bajos. La quinta y última parada es el café más típico de Belitung, el lugar auténtico donde los locales se reúnen antes de empezar la jornada laboral para tomar su café. El sabor es especial: muy tostado y con un ligero toque de vainilla.
Regreso al Sofía con los deberes hechos. Gracias, Dedy. Los siguientes días en Belitung los dedico a realizar el servicio del motor, completar algunos trabajos de mantenimiento, explorar la zona y descansar. En poco tiempo, volveré a zarpar para poner fin a mi navegación por aguas asiáticas.

