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Diario de a bordo: capítulo 21 | «La última y accidentada travesía del Sofía antes de cruzar el gran océano», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Zarpo desde Belitung con la idea de estar, en siete días, en el estrecho de Sunda, entre Java y Sumatra. Es la frontera entre el mar de Java y el océano Índico. Desde allí zarparé para cruzar el Índico.

Con algún chubasco en el horizonte y un día gris, dejo atrás el noroeste de Belitung. Tras levar el ancla, un arcoíris aparece por la proa del Sofía. Espero que sea una señal de que todo irá bien. A las quince millas de navegación, un cumulonimbo, a popa del Sofía, va creciendo y adquiriendo un color gris oscuro. De repente, empieza a formarse una espiral de agua que se alarga desde la nube hasta tocar la superficie del mar. En apenas veinte segundos se forma un torbellino.

Rápidamente, arrío toda la mayor y el génova y lo dejo todo bien trincado en cubierta. Acelero el motor al máximo de revoluciones y me quedo observándolo. Es realmente increíble, una forma perfecta. Parece que se desplaza hacia el sur, mientras nosotros navegamos rumbo oeste. Deberíamos quedar fuera de su trayectoria. Por si acaso, mantengo el motor durante cuarenta y cinco minutos, hasta que el torbellino desaparece. El mar de Java me avisa de que aún me quedan siete días en su territorio.

Navego con cautela y, al sexto día de navegación diurna, fondeo a unas veinticinco millas al norte del estrecho de Sunda, en la costa de Sumatra. Mañana, con la corriente a favor, cruzaremos el estrecho y estaremos en el Índico. Zarpamos a las 06:00, cuando el sol aún no ha salido, aunque ya hay suficiente luz para navegar. Debemos llegar hacia las 12:00 a la zona más estrecha del paso para aprovechar la corriente favorable, que aproximadamente cada seis horas invierte su sentido.

Llegamos puntuales y el Sofía empieza a acelerar hasta alcanzar los ocho nudos de velocidad. Hemos hecho bien los cálculos. No hay viento y avanzo a motor, ayudándome únicamente de la mayor. A una hora de llegar al fondeo nos encontramos con un chubasco bastante grande que se aproxima por la amura de estribor. Empieza a llover y el viento desaparece. Las condiciones se mantienen así durante unos veinte minutos hasta que, de repente, una racha de veintiséis nudos entra por estribor, como si una bola de demolición nos hubiera golpeado lateralmente y sin previo aviso. Por suerte llevaba toda la vela abajo y bien asegurada. El viento rola y se pone de proa. Avanzamos a motor a unos tres nudos para dejar pasar el chubasco y llegar al fondeo con buena visibilidad.

El fondeo de hoy está en la bahía norte de una isla llamada Sebuku. La bahía está rodeada de arrecifes a ambos lados y, en el centro, una pequeña playa alberga un diminuto embarcadero de madera que protege del mar de fondo a un par de botes de pescadores. Mientras entro en el fondeo, observo con los prismáticos a varios pescadores sentados sobre un tronco en la playa, niños corriendo junto a un perro y varias casas de madera con los típicos tejados de chapa.

En la carta parecía más grande. Fondeo en doce metros de profundidad, con arrecifes a unos setenta y cinco metros a ambos lados. El chubasco ha dejado bastante ola y el fondeo resulta incómodo. Además, el parte meteorológico ha cambiado y anuncian vientos de veinte nudos del norte durante los próximos tres días. Debería ser haber viento del sur, según la actualización de esta mañana. Como la bahía está abierta al norte, las condiciones empeorarán. Por eso decido continuar navegando al día siguiente y buscar un fondeo más protegido.

Zarpo y seis horas después, fondeo en la costa oeste de Java, en una bahía llamada Carita. Es bastante más grande que la anterior y está plagada de turismo: lanchas arrastrando flotadores banana y motos de agua por todas partes. Fondeo en cuatro metros de profundidad, cerca de un puerto, si es que se le puede llamar así. He venido hasta aquí porque quiero estar cómodo y bien protegido durante unos últimos días, para acabar de poner al Sofía a son de mar antes de zarpar rumbo al océano Índico.

Gracias, sudeste asiático, por tratarme con el mismo respeto que yo te tengo.

Es cierto que, antes de zarpar desde España, tenía más que decidido no entrar en tus aguas. No me veía capaz de enfrentarme a todo lo que guardabas en tu interior. Sin embargo, en el momento en que decidí adentrarme en tu mundo y navegar durante seis meses por él, todo cambió. Cada obstáculo que me has puesto por la proa y que el Sofía y yo hemos logrado superar, nos daba más fuerza para afrontar el siguiente. Y así, en apenas seis meses, hemos cruzado dos veces el mar de Java y el estrecho de Malaca.

Esquivar redes de pesca y pescadores, evitar plásticos, troncos y basura de todo tipo, navegar entre un tráfico marítimo intensísimo, soportar tormentas diarias o liberarme literalmente de las redes de un pescador, han sido los desafíos más comunes, en mi día a día, cruzando tu territorio. Me gusta pensar que todo ha ocurrido por alguna razón. En cada una de las incidencias que he tenido he aprendido a encontrar una solución por mí mismo y con los medios disponibles a bordo.

Gracias, sudeste asiático, por dejarme continuar mi viaje del mismo modo que me permitiste adentrarme en él, aunque ahora bastante más curtido. Y una mención especial para ti, estrecho de Malaca. Gracias por no obligarme a enfrentarme a ninguno de tus temidos sumatras.

Mientras observo el océano Índico, preparo la lista de trabajos pendientes para dejar al Sofía completamente a son de mar y zarpar, en cuanto aparezca una buena ventana meteorológica. 

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