Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 24 | «Yo, entre tiburones, cangrejos ermitaños y estrellas de mar; el Sofía, renovado», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Estoy feliz de amanecer en Cocos Keeling. Es un atolón en el océano Índico, lo que hace que su laguna interior sea perfecta para fondear. Por mucho que sople el viento, dentro del atolón el mar está plano; no se forma oleaje. Me protege una playa de arena blanca llena de cocoteros de todos los tamaños. No veo a nadie en la playa y el Sofía es el único velero fondeado. Estoy en 3,5 metros de profundidad, con 30 metros de cadena. El fondo se ve desde cubierta; incluso puedes seguir con la vista la cadena hasta llegar a ver el ancla. Tiburones de aleta negra pasean por la popa durante el día. En las horas de máximo calor nado con ellos alrededor del barco. Me quedo observando su comportamiento tímido: mantienen la distancia y, en cuanto trato de acercarme a ellos, con dos aleteos desaparecen de mi vista.

Los cangrejos ermitaños son los dueños de la playa. Están por todas partes, tanto en la orilla como playa adentro, entre los cocoteros. Hay de todos los tamaños y formas. A pesar de llevar la casa a cuestas, se mueven con gran agilidad; sin embargo, sus movimientos son muy lentos, excepto el acto reflejo que tienen para meterse y protegerse dentro de su casa. Varias tardes voy a caminar por la playa y siempre hay un rato para quedarme sentado, a la sombra de un cocotero, observando cada uno de sus movimientos y su comportamiento. Para acercarte a ellos, lo tienes que hacer con pasos cortos y lentos. Un paso en falso y se ponen en modo defensa, dentro de su casa y con la puerta cerrada. Una vez dentro, a modo de puerta, bloquean la entrada de la caracola que llevan arrastrando con alguna parte de su cuerpo muy dura. El acceso queda cerrado ante los depredadores.

Para verlos salir de su casa debes quedarte inmóvil cerca de ellos. Empiezan a sacar sus pequeños filamentos, que usan como antenas, y con ellos detectan si hay movimiento o no. En caso negativo, salen de su fortaleza y retoman su camino. En alguna ocasión he visto a varios de ellos cambiarse de caracola. Van creciendo y la casa se les queda pequeña. Van caminando por la playa hasta encontrar una nueva fortaleza en condiciones. Entonces, tomándose su tiempo y libres de amenazas, hacen la mudanza. Lentos, pero con paso seguro.

Entre esta playa y la siguiente, hay un canal por donde fluye el agua hacia el interior de la laguna. Es como un río corto, con tres metros de profundidad, que va desde el océano Índico abierto hasta el interior de la laguna. Hay bastante corriente; incluso está señalizado antes de llegar para alertar del peligro. Voy caminando por la playa hacia el exterior del atolón. Llego al principio del canal donde empieza la corriente entrante y me meto en el agua con las gafas de snorkel. La corriente me lleva al interior de la laguna mientras voy viendo todo tipo de peces nadando entre corales, tiburones de aleta blanca inmóviles detrás de una roca y muchas estrellas de mar. Cuando veo que estoy a la altura de la playa, salgo del agua y vuelvo a repetir. Esto es como tener un parque de atracciones para mí solo. Suelo ir por las mañanas, cuando el sol ilumina el agua y la visibilidad es brutal.

Dedico varios días a la siguiente misión: dejar al Sofía a son de mar otra vez. La idea es dejarla lista para zarpar hacia Seychelles. La travesía hasta el próximo destino es bastante seria, ya que son unas 2.650 millas, unos 23 días de navegación. El Sofía pasa por una revisión a fondo: motor, velas, mástil, timón y hélice desde el agua, sistema de dirección, interior, electrónica y una lista de tareas infinita. Al menos trabajo desde el paraíso.

A las dos semanas de estar por estos rincones del Índico, llega Víctor, un francés que está navegando alrededor del mundo siguiendo la ruta que hizo Charles Darwin. Es buen tío y comparto la cena varios días con él, a bordo de su velero, un sloop de acero de 12 metros de eslora.

En el atolón solo hay población en dos islas y se viaja entre ellas con un ferry que sale cada media hora. Como no tengo prisa por irme, voy a explorar ambas islas. Home Island es la ciudad capital de Cocos Island y es donde está establecida la población coco-malaya. Tienen una mezquita en el costado sur de la isla que destaca entre las casas. Su cúpula dorada y sus paredes blancas se ven desde cualquier parte de la isla. Las calles están organizadas en una cuadrícula y los pocos vehículos que hay son quads o carritos de golf 4×4. El ambiente es muy tranquilo y hay un silencio total.

En West Island está el aeropuerto, hay un supermercado y el único bar en 640 kilómetros a la redonda. Me llama la atención que el aeropuerto no está vallado y simplemente hay una señal que indica que es un área restringida.

La idea es estar tres semanas, pero finalmente disfruto del atolón durante un mes y unos días.

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