Amanezco en Bali. El puerto donde estoy, en construcción, es donde se encuentran todos los pesqueros grandes de la flota de Indonesia. Moles de madera en estado lamentable que me hacen dudar de su flotabilidad. Todos iguales, como si estuvieran fabricados en serie. La pintura, cada uno de un color, y las diferentes marcas de guerra es lo que los diferencia entre sí. Me gustaría ver cómo son por dentro, cómo está la sala de máquinas y qué motores usan. Por libros que he leído de pescadores del sudeste asiático, sé que la higiene no predomina y que las condiciones para los pescadores son muy duras.
Los barcos están amarrados de costado al pantalán de hormigón. A cada barco que está en contacto con el hormigón, en el lado opuesto, le siguen unos 20 barcos más abarloados entre ellos. Cuando la marea está baja, quedan apoyados en el fondo de lodo. Siempre hay mucho movimiento en la zona donde están los pescadores: descargando pescado, cargando hielo para mantener las capturas, ruidos de motores y tareas de mantenimiento. Me gusta pasear por el alboroto y observar su estilo de vida. Hablando con un pescador local, me dice que pueden llegar a estar en alta mar desde semanas hasta meses, según lo que decida el capitán. No me parecen barcos en condiciones como para navegar tantos días, la verdad.
Estamos a principios de noviembre y la temporada de ciclones en el océano Índico empieza ya. Es momento de tomar una gran decisión. Debo decidir si cruzar el Índico hacia Sudáfrica o dejar pasar la temporada y hacer el cruce el año que viene, lo que implica estar unos seis meses navegando por el sudeste asiático. Estudiando la meteo, veo que ya se empiezan a formar bajas presiones que, en caso de encontrármelas en medio del océano, significarían afrontar condiciones muy peligrosas.
Después de meditarlo mucho y hablar con Guy y Pika, mi más fiel ayuda para este tipo de decisiones, decido dejar pasar la temporada. Sé que, si zarpo ahora, no disfrutaré tanto de la travesía como si la hago sabiendo que estoy en la época del año correcta para realizarla. Es una decisión muy difícil de tomar; implica alargar mi llegada a España un año. Yo estoy encantado, pero en casa tengo a mis personas, que ansían verme y sufren cada día que pasa al estar a la merced de la meteo. Evidentemente, yo también me muero de ganas de verlos, pero estoy viviendo mi sueño y quiero disfrutarlo al máximo. No creo que se pueda volver a repetir. El día que les comunico mi decisión es complicado.
Ahora toca planificar los siguientes seis meses navegando por Indonesia, Malasia y Tailandia. Paso tres días a bordo, sumergido entre libros y guías del sudeste asiático, empapándome de información vital para navegar por estas complicadas aguas: pescadores sin luces, boyas con redes en medio del mar sin señalizar, troncos, basura y corrientes. Al cuarto día, tengo más o menos el plan para los siguientes meses. Es hora de explorar Bali.
La primera misión es conseguir comida y diésel. Un amigo me pasa el contacto de un conductor que me lleva a un supermercado enorme, que parece un almacén. Hay todo tipo de comida, marcas y bebidas. Todo baratísimo. Arraso con todo lo que puedo y aprovecho para cargar al ‘Sofía’ hasta los topes. Me veo obligado a comprar garrafas de agua; debido a la suciedad que hay en el puerto, no puedo poner en marcha la potabilizadora. Por la tarde, cojo los bidones de diésel del barco y me llevan a una gasolinera. Estoy en el sur de Bali, en una zona con cero turistas. Las calles están abarrotadas de motos y el tráfico es un peligro. Circulan hasta cuatro personas en una moto; muchas veces, padres con niños, y los que no llevan casco son los pequeños. Es complicado no ser atropellado por algún vehículo. Entre las casas, que más de una necesita una reforma urgente, aparecen templos de culto preciosos; hay un contraste brutal.
Una vez hechos los deberes, alquilo una moto y me pierdo por la isla. Al principio me cuesta acostumbrarme a las normas no escritas de la circulación balinesa. Se adelanta con línea continua, aunque venga un coche de frente. Tienen prioridad las motos sobre los coches, y es la ley del más rápido. Los semáforos solo te aconsejan, no te obligan. Las señales de STOP solo sirven para apoyarte desde la moto y fumarte un cigarrillo. Se puede circular por el carril contrario si en tu sentido hay muchos coches. Es complicado, pero se me da bien.
Hago un tour por la isla durante los dos días que alquilo la moto y visito varios templos y campos de arroz. Alucino con la dedicación y habilidad que tienen los locales para mantener los campos de arroz impolutos, sin maquinaria, todo a mano. Lo único que veo de maquinaria es una desbrozadora; todo es un trabajo artesanal. Es más que un simple cultivo de arroz: es arte.
Coincido con unos amigos que están en la zona turística de Bali. Paso un día con ellos y me enseñan la vida nocturna. Después de unos brebajes y unos bailes en una discoteca llena de ingleses y españoles, llego al ‘Sofía’ con el calor del sol amaneciendo. Tras recorrer toda la isla, ya es momento de empezar el plan para los siguientes seis meses.

