Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 13 | «Rumbo a Timor, última travesía juntos», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online

Nos hubiera encantado estar más tiempo en Australia y explorar a fondo, tanto por tierra como por mar, pero el tiempo aprieta y necesito llegar a Bali cuanto antes, porque la temporada para cruzar el océano Índico se acaba. Tenemos los días justos para hacer una buena compra, lavar la ropa, descansar, explorar rápidamente la isla de Thursday y, sobre todo, comprar bidones de diésel para tener una buena reserva a bordo.

Estudiamos el parte meteorológico y vemos que habrá muy poco viento, por no decir nada. No llegaremos a Bali con la autonomía que tenemos a motor; no contamos con poder navegar a vela. El Sofía tiene un tanque de diésel de 200 litros y zarpé desde España con 9 bidones de 20 litros como reserva. Aquí, en Australia, ampliamos la reserva a 18 bidones de 20 litros en total. Hay que buscar una alternativa a Bali que esté a menos millas y no nos desvíe mucho del rumbo, pues quiero zarpar desde Bali para cruzar el Índico.

Estudiando las cartas náuticas de Indonesia, vemos que hay una isla que dispone de puerto de entrada y buena logística —cada país tiene determinados puertos en los que únicamente se pueden hacer los trámites burocráticos de entrada: aduanas, inmigración y sanidad—. La isla es Timor y arribaremos a la ciudad de Kupang, a 1.200 millas. El ‘Sofía’ está a son de mar listo para la próxima travesía.

Zarpamos con la corriente a favor y viento de 17 nudos por popa. Desplegamos las alas del ‘Sofía’ y empezamos a ganar millas. Apagamos el motor y disfrutamos de los últimos paisajes australianos. La misión de los primeros días es ahorrar el máximo combustible posible. En teoría, podemos hacer toda la travesía a motor con el diésel que tenemos a bordo, pero sería llegar muy justos, y mientras haya viento lo aprovecharemos. Poco a poco, el agua cristalina irá desapareciendo para dejar paso a un fondo fangoso.

Me arrepiento de dejar a popa Australia sin habernos empapado de su flora y fauna, sus costumbres y sus aventuras por tierra. En estos momentos de tristeza, me repito que la prioridad de esta vuelta al mundo es navegar y ganar millas hacia el oeste; ya tendré tiempo para una segunda vuelta en la que la prioridad número uno sea hacer turismo y conocer a fondo nuevas culturas. O eso quiero pensar. Sin embargo, hasta el momento he tenido de todo: millas navegadas y experiencias únicas, conociendo diferentes culturas y aprendiendo más sobre mí mismo. Ahora puedo asegurar que uno no se conoce realmente a sí mismo hasta que no está varios días solo, lidiando con su personalidad tanto en los momentos malos como en los buenos. Con las millas, voy conociendo todos los rincones de mi personalidad y de mis pensamientos.

Al tercer día, el viento se acaba y no queda otra que encender el motor. El mar se calma y se convierte en un lago. Los amaneceres y los atardeceres son un auténtico espectáculo: el cielo se tiñe de todo tipo de tonos naranjas, rojos y violetas. No nos perdemos ni uno. Por la noche, el cielo está estrellado; vemos varias estrellas fugaces y nos toca luna llena, que ilumina nuestro rumbo. No hay tráfico y, obviando el ruido del motor, podemos descansar tranquilos, eso sí, manteniendo siempre las guardias. Los delfines suelen aparecer al amanecer: juegan un rato en la proa y luego nos dejan solos.

Sinceramente, no quiero llegar a Kupang. Es la última travesía de Itxi a bordo; tiene que volver a España a retomar su vida laboral. Han sido seis meses increíbles. No es fácil convivir 24/7 a bordo, en un espacio tan reducido y donde las comodidades están sujetas al estado de la mar. Nos hemos sincronizado muy bien; era su primera vez viviendo tantos meses a bordo. He disfrutado viendo cómo se hacía, poco a poco, al ritmo de la vida en el mar. Gracias a ella he aprendido a tomarme las cosas con más tranquilidad, ir más despacio, relajar un poco mi mente de planificador nato y vivir un poco más sobre la marcha, siempre con un ojo en la meteo por si hay que actuar. Ha llenado el ‘Sofía’ de alegría; incluso en los momentos malos no ha borrado el optimismo de sus palabras y me ha hecho sentir más seguro de mí mismo. Ha salido de su zona de confort durante seis meses y creo que he conseguido que se sintiera a gusto y disfrutase del ‘Sofía’, del océano y de la navegación.

El viento sigue sin llegar y nos vamos acercando a Kupang muy lentamente. Tenemos suerte y pescamos dos atunes de tamaño medio. Como el mar está como un plato, aprovechamos y cocinamos diferentes recetas con los atunes. Empezamos con un arroz con tomates cherry, aguacate y trozos de atún marinados en soja. Lo devoramos. Luego hacemos filetes de atún a la plancha con un poco de patata hervida. Acabamos el atún preparando un tataki. Esperemos volver a pescar antes de llegar a Kupang.

A medida que nos acercamos a Kupang, los pesqueros van en aumento y ya suponen un riesgo por la noche, porque apenas llevan luces de navegación o solo las encienden cuando sienten que se acerca otra embarcación. La última noche no pegamos ojo. Al amanecer del día 10 arribamos a la bahía de Kupang y fondeamos en 18 metros de profundidad. Estamos contentos de haberlo conseguido, pero a la vez tristes: nuestros meses de navegación juntos llegan a su fin.

Antes de que Itxi coja el vuelo de vuelta a España, me ayuda a dejar al ‘Sofía’ listo para mi travesía, otra vez en solitario, hacia Bali. Hacemos una compra grande, cargamos diésel, lavamos la ropa y exploramos un poco la ciudad. Pasamos el último día a bordo, descansando y aprovechando las últimas horas juntos. La acompaño al aeropuerto y, haciendo un gran esfuerzo para no derrumbarme, nos despedimos. Gracias, Itxi.

Vuelvo a bordo y me pongo a hacer tareas de mantenimiento en el ‘Sofía’ para ocupar la mente. En un par de días pongo rumbo a Bali. El ‘Sofía’ se siente vacío.

Artículos relacionados