Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 12 | «Rumbo al norte: delfines, corrientes y una boya salvadora», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online

Rumbo a Thursday Island, al norte de Australia, navegamos de día para formalizar la entrada al país y evitar los arrecifes de la Gran Barrera de Coral.

No hemos descansado mucho, ¿pero qué más da? Estamos en Australia. Con las primeras luces estamos en pie y levamos ancla para navegar hasta Bushy Islet. Una lengua de arena con arrecife donde pasaremos la noche fondeados. Tenemos que llegar al norte de Australia, a Thursday Island, donde se tiene que hacer la entrada legal al país. Como no queremos navegar de noche entre los arrecifes de la Gran Barrera de Coral, llegaremos al norte por etapas, navegando 40-50 millas al día.

La primera etapa, de Margaret Bay a Bushy Islet, es de lo más tranquila. Diez nudos del sureste, corriente a favor, génova desplegado y apoyando con el motor. Agua turquesa y sol brillante; a mediodía sofoca. Nos refrescamos con cubazos de agua. Las últimas 10 millas las hacemos acompañados de unos quince delfines que juegan en la proa del ‘Sofía’. No nos cansamos de observarlos: hay de todos los tamaños, unos más juguetones que otros. Los más atrevidos saltan dando piruetas por el costado de babor, desaparecen y vuelven a aparecer por estribor. Se lo están pasando en grande. Por un instante, mi mente sale de mi cuerpo y veo el momento que estamos viviendo desde fuera. Veo al ‘Sofía’ navegar entre arrecifes y a Itxi en proa, sentada con la mirada clavada en los delfines. Hay que vivirlo. Tenemos una noche súper estrellada y calmada. El alisio es suave y, con la protección de la isla pequeña y la ayuda de los arrecifes, el ‘Sofía’ duerme inmóvil.

La segunda etapa es hasta Adolphus Bay, a 20 millas al este de Thursday Island. El viento sopla con más fuerza que ayer, pero se mantiene en 17 nudos. Navegamos durante todo el día con un mar plano. La Barrera de Coral hace de protección y, por mucho que el alisio sople, no se suele formar una ola muy grande. Sobre las 16:00 dejamos caer el ancla bajo la protección de Adolphus Island. Nos gustaría bajar a tierra a explorar un poco, pero como aún no hemos hecho la entrada legal a Australia, está totalmente prohibido pisar tierra. Los australianos se lo toman muy en serio y podríamos tener graves problemas si nos pillan. Mejor no jugársela. Durante el día de hoy, un avión de las fuerzas aéreas nos ha sobrevolado y nos han contactado por radio, solicitando identificación y destino. Cada noche envío un correo electrónico a los guardacostas australianos explicándoles el plan de navegación. Son muy profesionales y educados.

Tercera y última etapa: hoy por fin llegamos a Thursday Island. En esta zona las corrientes pueden llegar a ser de 4 a 6 nudos, por lo que hay que calcular bien la jugada para tenerla siempre a favor; de lo contrario, no avanzaremos. Hoy dejamos el fondeo a las 9 de la mañana y, durante las 20 millas que nos quedan para llegar a destino, tenemos la corriente a favor. Hoy el viento ha aumentado a 20 nudos y nos da un empujón extra. Fondeamos delante de Thursday Island en siete metros de profundidad. ¡Misión cumplida!

Tiramos a ‘Daisy’ al agua, ponemos el motor fueraborda y nos dirigimos a tierra para hacer la burocracia y obtener la entrada legal en Australia. La auxiliar fue bautizada con el nombre de ‘Daisy’ en la Polinesia Francesa. En la popa del ‘Sofía’ hicimos un pequeño ritual y, desde entonces, siempre está ahí para prestarnos su servicio, o eso pensaba. De camino a tierra, con corriente en contra y 25 nudos de viento, el motor se para… Trato de arrancarlo, pero se niega; lo intento por segunda y tercera vez, pero no responde. Empezamos a remar, pero es inútil: la corriente y el viento nos vencen. A la velocidad a la que derivamos, me veo en Bali en un par de días, y no me hace mucha gracia. Mientras nos vamos alejando de tierra, veo una boya a nuestro sotavento. No podemos fallar; de lo contrario, nos vamos a mar abierto rumbo a Indonesia. Itxi y yo remamos con todas nuestras fuerzas durante unos diez minutos infinitos. Conseguimos agarrarnos a la boya; luego brindaremos por la persona que decidió plantar esta boya salvadora aquí. Con los remos hacemos señales a una lancha que pasa cerca y nos remolca a tierra. La tensión sale de golpe de nuestros cuerpos y nos notamos exhaustos.

Mientras hacemos el papeleo de entrada en Australia, mi mente va repasando todos los componentes del motor: refrigeración, aceite lubricante, circuito de combustible, carburador… Solo quiero volver al pantalán para mirar el carburador; creo que debe estar sucio por dejarlo con la gasolina restante de la última vez que lo usamos, hace ya casi dos semanas… El motor me da una lección: si no voy a usarlo en más de una semana, mejor vaciar el carburador de gasolina. Volvemos al ‘Sofía’ con el temor de que nos vuelva a dejar tirados, pero me tranquiliza ver que la corriente ha cambiado y la tenemos a favor. Llegamos a bordo, desmonto el carburador y… ¡sorpresa! Está obturado. Lo dejo como nuevo y ya volvemos a tener un fueraborda en el que confiar. Ahora sí… brebajes para celebrar la llegada a Australia y homenaje a la persona que puso la boya en el sitio justo.

El océano Pacífico queda por la popa… unas 8.000 millas desde Panamá. El ‘Sofía’ sigue siendo imponente, cuidándome de la mejor manera posible y descubriendo nuevos horizontes. El Pacífico, a veces no tan pacífico, me ha confirmado que mi zona de confort está en alta mar, con sus buenos y malos momentos. Hay muchos momentos difíciles, pero cuando solo existe el ‘Sofía’, el océano y el ahora, mi mente se relaja y viaja con el viento que nos empuja. Solo existe mi mundo, los problemas se disuelven y el presente cobra fuerza. Te deshaces del pasado y del futuro. No sabes en qué situación estarás cinco millas más adelante. El ‘Sofía’ y yo somos uno y dependemos el uno del otro para afrontar cualquier incidente que se presente.

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