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Diario de a bordo: capítulo 11 | «Rumbo a Australia: 1.500 millas en mar salvaje», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online

Tras doce días de travesía intensa, arribamos a la Gran Barrera de Coral.

Los nervios aparecen a bordo del ‘Sofía’, pero intento camuflarlos. Hoy ponemos rumbo a Australia, a 1.500 millas al oeste de Port Vila. La predicción meteorológica dice que será una travesía con vientos de entre 25 y 35 nudos. Es una zona donde los alisios del sureste se aceleran y chocan contra la costa este de Australia. Estamos preparados: hemos puesto al ‘Sofía’ a son de mar y tenemos muchas ganas de descubrir otro nuevo país.

Zarpamos con las primeras luces del día y dejamos Vanuatu por la popa. Salimos del sotavento de la isla y nos empujan veinte nudos del este. Izamos mayor y génova a orejas de burro y empezamos a volar. Hay bastante ola de costado y vamos de lado a lado. La vida a bordo es incómoda. Nos cuesta entre dos y tres días acostumbrarnos al balanceo. El viento va subiendo hasta establecerse en 25 nudos constantes. Llevamos la mayor rizada al máximo y vamos jugando con el génova, enrollando y desenrollando según la intensidad del viento. La vida a bordo es tan complicada que ni tiramos el anzuelo por la borda; en caso de pescar, filetear el botín sería una misión con este movimiento. Intentamos descansar lo máximo posible porque dentro de unos días el viento subirá a 30 nudos.

Al cuarto día, el cuerpo está en sintonía con el mar y el viento. Nuestras almas están conectadas con la del ‘Sofía’, que vuela rumbo a la Gran Barrera de Coral. Por las noches solemos bajar la mayor y navegamos solo con el génova atangonado. Estamos más tranquilos y descansamos mejor. Noches con algún mercante que baja del norte y se dirige a la costa sur de Australia; hay que vigilar. Suele amanecer con algún chubasco en el horizonte: si hay suerte, lo esquivamos; si no, reducimos velamen y toca baldeo de agua dulce a la cubierta y a las velas.

Hoy empiezan las rachas de 35 nudos y el ‘Sofía’ se comporta increíblemente. Tornado, el piloto automático de viento, mantiene el rumbo sin desviarse. Alguna ola más grande de lo normal quiere entorpecer su trabajo. Cuando la ola choca contra el casco, nos desviamos algunos grados, pero enseguida volvemos a ponernos a rumbo. Las crestas de las olas adquieren un color azul transparente con espuma de rompiente. El océano está en estado salvaje y nosotros a su merced. Ya llevamos tres días con vientos de 30-35 nudos y cada hora que pasa tengo más confianza en el ‘Sofía’. Cada día, antes de que oscurezca, reviso toda la jarcia y los cabos en busca de posibles fallos o rozaduras. Los atardeceres son obras de arte. El horizonte se tiñe de nubes naranjas y violetas, el océano se viste de rojo y la luz es dorada. Es el mejor momento del día, pues el calor no aprieta tanto.

Llevamos 10 días desde que zarpamos de Port Vila. Hago cálculos para llegar a las 06:00 de la mañana a la entrada de la Gran Barrera de Coral. Hemos de navegar lo más rápido posible para llegar con las primeras luces del día; de lo contrario, habremos de esperar en la entrada de la barrera 24 horas hasta el próximo amanecer. La idea es cruzarla durante el día y, por la tarde, fondear en Margaret Bay. No quiero navegar entre arrecifes por la noche. Pasamos el día 11 de la travesía navegando a 7-9 nudos de velocidad. Llegamos a un pico de 14 nudos surcando una ola que nos viene por popa. No son velocidades a las que me guste navegar día y noche porque considero que, si no es necesario, como en esta ocasión, el umbral de riesgo sube significativamente. No estamos de regata.

El comportamiento del ‘Sofía’ es excelente y, al duodécimo día de travesía, al amanecer, estamos entrando entre los arrecifes de la Gran Barrera de Coral. La entrada es complicada: la profundidad pasa de unos cuatro mil metros a seiscientos metros y luego a unos veinte metros. Esta diferencia provoca olas muy pronunciadas. Justo antes de entrar en la protección de los arrecifes, una ola choca contra el ‘Sofía’ y nos empapa… la bañera se inunda de agua por primera vez desde que zarpé de España. Al cabo de diez minutos navegamos en un mar plano bajo la protección de la barrera. Estamos en Australia. Suena a todo trapo “Down Under” de Men at Work. El sol brilla y el agua cristalina, en calma, baña el casco del Sofía. Los delfines nos escoltan entre el laberinto de arrecifes que, con el contraste de luz y agua transparente, se pueden diferenciar perfectamente. Itxi aprovecha que el barco no se mueve para bajar a descansar. Me quedo en cubierta con una manzana. Tras doce días de navegación, aún nos queda algo de comida fresca.

¿Cómo es posible que esté navegando en aguas australianas con el ‘Sofía’ y mi novia? Es una pregunta que, desde que dejé el Caribe por la popa, se ha repetido en cada país que he descubierto. Ni en mis mejores sueños podría haber navegado tantas millas disfrutando tanto del océano y su espectáculo. Pablo, aprovecha el tiempo porque está volando. Hace nada dejaste La Ràpita para cumplir tu sueño y ya has recorrido más de la mitad del mundo. A las 16:00 soltamos el hierro en Margaret Bay, una bahía con playa de arena blanca protegida de los alisios del sureste. Abrazo el mástil del ‘Sofía’ y le doy las gracias. Su comportamiento ha sido fuera de lo normal. Nos transmitimos ideas, mensajes, intenciones y, sobre todo, confianza. Es una relación que se fortalece milla a milla. Baño en el mar, ducha de agua dulce, cena especial con Itxi, brindamos por el océano y por las personas que se han ido y caemos rendidos en las literas. Otras 1.500 millas a la saca.

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