Qué rápido me acostumbro a la compañía y qué difícil es volver a coger el ritmo de la soledad. Aunque sea buscada, es complicado volver a estar mano a mano con el ‘Sofía’, al menos los primeros días. Aprovecho para tener mente y cuerpo ocupados y dejar el barco a son de mar para zarpar rumbo a Bali, a unas 570 millas.
Meses antes de empezar la vuelta al mundo, en España, cuando iba contando a mi gente la aventura que quería emprender, una de las preguntas más frecuentes era: ¿tanto tiempo, solo? No ha habido ni un momento en el que me haya arrepentido de zarpar en solitario. Las visitas que he tenido me han dado un impulso para seguir y creer todavía más en que lo puedo lograr. Navegar en solitario es algo que se tiene que vivir para entender y sentir las sensaciones que produce. Te sumerges en una burbuja donde solo existen el ‘Sofía’, el océano y el presente. En los momentos en que el viento te empuja hacia el destino, brilla el sol, el mar se comporta bien y el velero gana millas, mi cuerpo y mi mente entran en otra dimensión. Pierdo la noción del tiempo y la sensación de éxtasis puro, junto al disfrute máximo, me pone la piel de gallina. Es entonces cuando no quiero llegar a destino.
En los momentos complicados, cuando el océano está rebelde, el ‘Sofía’ se balancea de lado a lado, las olas chocan contra el casco cubriendo la cubierta de rociones y todo mi entorno está alborotado, me repito por dentro: hay que seguir. Todos los momentos forman parte del espectáculo. Hay momentos en los que sufro más por el ‘Sofía’ que por mí. Mientras ella esté en condiciones de navegar, todo se puede llegar a solucionar, por eso hay que mimarla todo el rato.
Me despierto en cuanto el sol despunta por el horizonte. Levo el ancla y, saliendo de la bahía, me despide una pareja de españoles con los que hice amistad en Thursday Island y con quienes he vuelto a coincidir en Kupang. Siento que me falta algo. La navegación cerca de la costa es complicada por la cantidad de boyas de pescadores que hay. Trato de navegar lo más rápido posible para alejarme cuanto antes de la costa; así, durante la noche hay menos posibilidades de toparme con boyas que no están iluminadas. Sería jugar al buscaminas.
Empieza la noche y, con ella, vuelvo a los periodos de 20-30 minutos de sueño. Me despierto para comprobar velas, viento y horizonte y vuelvo a dormir otros 20-30 minutos. Así hasta que amanezca. En uno de estos intervalos de sueño, tengo una pesadilla: navego en solitario por el Mediterráneo en una tormenta, con velas rizadas y a toda velocidad. De repente, veo que en el horizonte hay varias luces que se van haciendo cada vez más grandes y deduzco que es tierra. Miro la carta y dice que no hay tierra a menos de 100 millas a mi alrededor. Las luces se van aproximando velozmente y todo indica que es la costa. El velero acelera y estoy a una milla de las luces, que ahora confirmo que son la costa: la carta está mal. Justo cuando voy a colisionar contra ella, me despierto y estoy en la bañera, en pie, mirando el horizonte… No sabía si era sueño o realidad.
La primera noche se me hace dura. Me noto el cuerpo cansado y cada vez que me despierto para comprobar que todo está bien, me cuesta moverme. La noche es tranquila, con viento moderado de unos 15 nudos, y el ‘Sofía’ navega equilibradamente toda la noche. Por la mañana me siento solo; trato de hacer cosas para no caer en mis pensamientos. Escribo, leo, preparo los artilugios de pesca, como tostadas con chocolate, me pego una buena ducha y dejo la cena preparada para que luego solo sea calentar. Otra noche más, tranquila. Algún mercante me cruza la popa y varios pesqueros quedan por babor. No hace falta maniobrar, pero sí mantener la guardia. Al día siguiente brilla el sol y los ánimos suben. Me siento mejor que ayer y hoy hay suerte: pica un mahi mahi de buen tamaño. Lo subo a cubierta por la popa y lo fileteo para preparar la comida y la cena del día.
La quinta y última noche es de las más duras, no por el viento y el mar, sino por los constantes chubascos, rayos, boyas sin luz y troncos flotando. El viento ha caído a 7 nudos y no es suficiente para navegar. Debo prender el motor. A las 2 a. m. oigo un ruido ensordecedor, pongo punto muerto y miro por popa. Un tronco ha golpeado la hélice y se ha partido en dos pedazos… Rezo para que esté todo bien. Bajo a la cabina e inspecciono la sala de máquinas. No hay vía de agua. Vuelvo a dar marcha avante e inspecciono el eje, que gira con normalidad. Cada 20 minutos voy a proa y alumbro con un foco de mano para detectar posibles troncos o boyas. Durante toda la noche, cerrada y sin luna, tengo la iluminación intermitente de los rayos que rodean al ‘Sofía’. Alguno que otro cae demasiado cerca… A las 4 a. m., un bidón de metal de unos 150 litros, rodeado de neumáticos, pasa a 5 metros por babor del ‘Sofía’. Doy gracias por no haber colisionado. Deseo que amanezca ya. La corriente del estrecho de Lombok, entre Bali y Lombok, ya hace efecto y navegamos a 3 nudos. Al menos, si colisionamos con algo, será a baja velocidad. La noche es una lotería.
Por fin empieza a amanecer y me siento aliviado. Hay buena visibilidad y, después de una noche sin pegar ojo, literalmente, me quedo en la bañera con la vista clavada en la proa. A 30 millas de Bali no voy a bajar la guardia. La corriente del estrecho cada vez es más fuerte; nos frena hasta llegar a los 2 nudos de velocidad. Una vez pasado el estrecho, con un mar turbulento y olas desordenadas debido a la corriente, esta cede y el Sofía vuelve a acelerar hasta su velocidad de crucero. El viento sigue sin soplar, pero Bali ya aparece por la proa. Entro en una bahía al sur de la isla donde hay un puerto a medio construir. He contactado con el gerente del puerto y me deja amarrar a una boya para estar unos días totalmente gratis.
Gracias, una vez más, ‘Sofía’, por traerme a Bali sin ningún incidente; te mereces un descanso. Ordeno y limpio un poco el interior, me ducho, llamo a mi familia, ceno algo y caigo rendido en la litera.

