Baleares

‘De la tierra al cielo’: cuando la cerámica pasa del oficio al arte

La capilla de la Misericòrdia acoge la exposición de Català Roig en el marco del 30 aniversario de la Nit de l’Art.

Inauguración de la exposición en la Misericòrdia. Foto: CIM

Hay algo especialmente contemporáneo en volver a la tierra. Mientras la tecnología acelera los procesos creativos y la inteligencia artificial redefine los límites de lo que entendemos por creación, Català Roig propone algo aparentemente más sencillo: arcilla, esmalte, fuego y tiempo. En la capilla de la Misericòrdia, esa combinación adquiere una dimensión casi arquitectónica y convierte la cerámica en algo muy alejado de la artesanía entendida como mero objeto decorativo.

«De la tierra al Cielo», comisariada por Luis Juan de Sentmenat García Ruiz y enmarcada en la Biennal B, abrió ayer sus puertas en uno de los espacios más singulares de Palma. La exposición formó parte del programa cultural de la Diada de Mallorca y de la celebración de los 30 años de la Nit de l’Art, pero su interés va bastante más allá del calendario institucional: plantea una reflexión sobre la materia, el oficio y la capacidad de un artista para convertir una tradición en un lenguaje plenamente contemporáneo.

La cerámica de Català Roig no busca seducir a primera vista. Sus piezas prescinden del exceso ornamental y apuestan por formas depuradas, superficies en las que el esmalte revela sus accidentes y volúmenes que parecen conservar la memoria del proceso que los creó. El resultado tiene algo de objeto escultórico, algo de arquitectura y, sobre todo, una relación muy física con el tiempo.

Porque en esta exposición el artista no controla completamente el resultado. El fuego interviene, altera los colores, modifica las superficies y transforma los volúmenes. La cocción deja de ser un paso técnico para convertirse en parte de la creación. Hay una idea especialmente atractiva detrás de esta forma de trabajar: aceptar que una parte de la obra sucede fuera del control del artista.

Esa relación con la materia conecta además con la fascinación de Català Roig por distintas tradiciones cerámicas orientales y con una dimensión espiritual que atraviesa su trayectoria. Sus piezas parecen buscar precisamente ese territorio en el que el objeto deja de ser objeto para convertirse en experiencia.

Y ahí reside buena parte del interés de «De la tierra al Cielo»: en reivindicar el oficio sin convertirlo en nostalgia. Català Roig pertenece a una tradición familiar vinculada a la cerámica —su trayectoria comenzó en el taller Es Retall—, pero su trabajo demuestra que tradición y contemporaneidad no son conceptos enfrentados. Al contrario: el conocimiento acumulado durante generaciones puede convertirse en una herramienta extraordinariamente sofisticada para experimentar.

Su trayectoria explica esa mezcla de oficio y ambición artística. Entre sus proyectos figuran la reproducción de 4.000 azulejos para el campanario de la Cartuja de Valldemossa, el mosaico de la fuente de la plaza de la Reina o la restauración del mural de Lluís Castaldo en el parque de la Cuarentena. Una carrera construida en torno a la cerámica, pero también a la transmisión del conocimiento, la investigación y la intervención sobre el patrimonio.

Una Misericòrdia más contemporánea

La exposición de Català Roig no llegó sola. El patio de les Dones de la Misericòrdia reunió también tres propuestas de Art Palma Contemporani que ampliaron el diálogo entre patrimonio y creación actual durante la Nit de l’Art.

El contraste resultó interesante: frente al silencio matérico de la cerámica de Català Roig, «The Last Nomad», de Alejandro Monge, introdujo una reflexión mucho más tecnológica sobre el cuerpo, la movilidad y el aislamiento. La motocicleta, tradicional símbolo de libertad, apareció detenida junto a una figura suspendida en una suerte de limbo. La imagen resultó especialmente pertinente en una época en la que estar permanentemente conectado no significa necesariamente sentirse más cerca de los demás.

También llegó «Nuevo orden», de Nieves Guri y Marcos Juncal, una propuesta que convirtió la transformación de la materia en argumento artístico. Guri trabajó a partir de la ruptura: desgarró sus propios lienzos para después reconstruirlos, haciendo visibles las cicatrices del proceso. Juncal, por su parte, llevó a la escultura su relación con la piedra y los objetos encontrados, transformando materiales existentes hasta descubrir nuevas formas en ellos.

La exposición funcionó así como una conversación entre dos maneras de entender la creación: destruir para volver a construir y tallar para descubrir. En ambos casos, el proceso dejó de ser invisible para convertirse en parte esencial de la obra.

La tercera propuesta, «States of Matter, States of Mind», de Anna Belén, añadió una mirada internacional al conjunto. La artista alemana, nacida en 1997 y vinculada a las escenas de Hamburgo y Londres, trabajó a partir del Gedankenexperiment, el experimento mental utilizado por filósofos y científicos para poner a prueba una hipótesis antes de enfrentarla al mundo real.

La elección resultó especialmente significativa dentro del conjunto. Si Català Roig confió en el fuego para descubrir qué ocurría con la materia, Belén partió de la imaginación para explorar qué ocurre con las ideas antes de convertirse en realidad.

Mallorca como territorio creativo

Más que una sucesión de exposiciones, la Misericòrdia planteó durante estos días una fotografía bastante precisa de la escena artística de Mallorca: tradición, galerías privadas, artistas emergentes, patrimonio e influencias internacionales compartieron espacio sin necesidad de competir entre sí.

Y quizá ahí estuvo la lectura más interesante de esta edición. Mallorca ya no funciona únicamente como escenario para el turismo cultural o como refugio estético para visitantes internacionales. También se está consolidando como un territorio creativo en el que conviven artistas locales con galerías y creadores procedentes de otras escenas europeas.

En ese contexto, Català Roig ocupa una posición especialmente interesante. Su obra parte de un oficio profundamente arraigado en la isla, pero utiliza ese conocimiento para hablar un lenguaje que puede entenderse mucho más allá de ella. Es, en cierto modo, una de las paradojas más atractivas del arte contemporáneo: cuanto más profundamente conectado está un artista con su materia y su territorio, mayor puede ser su capacidad para proyectarse hacia fuera.

La Misericòrdia volvió a demostrarlo. Entre piedra, arcilla, pintura, escultura y pensamiento contemporáneo, Palma convirtió durante una noche su patrimonio histórico en algo mucho más valioso que un decorado: un espacio vivo para la creación.

«De la tierra al Cielo» podrá visitarse hasta el 6 de marzo de 2027. Y, en una época obsesionada con lo inmediato, quizá su propuesta más sofisticada sea precisamente esa: detenerse, mirar la materia y recordar que algunas cosas todavía necesitan tiempo para convertirse en arte.

Artículos relacionados