En ‘El derecho a las cosas bellas’, el escritor Juan Evaristo Valls Boix, habla de la necesidad de reivindicar la pereza como clave de la vida. Ese ‘no hacer nada’ batiendo a la ultra productividad, ese me quedo tirado ‘en horizontal’. El verano ha entrado en mí en forma de sacudida, la ola de calor me tumba y a veces no tengo más remedio que quedarme tirada un rato, dormirme así traspuesta, sin pensarlo mucho, porque resulta que la calle está infernal y resulta que hay que dejar pasar unas horas hasta que el sol amaine.
Estamos en pleno Mundial y estoy dejando que el sopor de cualquier partido me alcance. Me encanta entretenerme en X viendo memes, volver a casa y ver qué selección de qué país juega para posicionarme de forma visceral y errática con cualquiera de un país pequeño cuando el partido no me importa demasiado.
He tomado espresso martinis en Viva Madrid a casi treinta grados a medianoche y tortilla en Los Gabrieles, lugar que descubrí al improvisto y por el que había pasado sin nunca haberme percatado. Me muevo lenta (gracias a eso descubrí Los Gabrieles) y arrastro los pies, bajo vestida con vestidos ligeros, chanclas y una pinza en la cabeza, los días parecen más largos pero también experimento la necesidad de quedarme ejecutando la nada una tarde.
Salgo a caminar y paro a beberme un café con leche y hielos mientras avanzo con ‘Léxico familiar’ de Natalia Ginzburg, que me tiene enganchada y que ahora cuando me leas ya me habré terminado. A partir de las siete, cuando apago el ordenador del trabajo, estoy decidida a permitirme tirarme a contemplar. Este verano quiero abrirme a una nueva promesa: la de hacer menos cosas, cerrar más los ojos, leer por placer, escribir menos, un poquito menos, inventarme un par de vidas, mirar alguna serie que ya haya visto, desaparecer, no llegar a tiempo.
Quiero que el verano me posea, volver a ser una niña, resolver crucigramas, escuchar canciones en el coche, enviar postales, llevar camisetas anchas, ponerme en la cara sólo protector altísimo, que deje de importarme tanto ser vista, quiero definitivamente dejar de ser tan vista e ir yo a ver cómo las olas del mar se mecen, hablar con la misma gente de siempre de lo siempre, tirarme en la piscina al anochecer y comer helado.
En ‘El derecho a las cosas bellas’ Valls Boix habla de algo que ya contaba Nuccio Ordine en ‘La utilidad de lo inútil’ y es la importancia de todo aquello que no sirve para nada y como en esa nada nos conformamos como humanos. Por eso deseo pintar para después dejar las láminas olvidadas en algún cajón, recortar collage, tirarme en la arena, explotar de vagancia.
Me encuentro ante la misma encrucijada de cada año: ¿a dónde quiero que me lleve el verano? ¿Y si quiero que el verano me lleve a la nada?
Deseo con fervor dejarme abrazar por la pereza, perder el tiempo, masajearlo con las manos, soltarlo para que se vaya y no sentirme culpable, ese sería mi éxito.

