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La reproducción asistida, la herramienta estratégica para responder al reto demográfico de España

El retraso de la maternidad no es solo una decisión individual. Sus consecuencias alcanzan a la demografía, la economía y la sostenibilidad del Estado del bienestar. Así lo expone Vanessa Vergara (IVI) en esta tribuna de opinión. Y asegura que la reproducción asistida es una herramienta que contribuye de forma creciente al futuro demográfico y económico del país

Vanessa Vergara IVI
Vanessa Vergara, directora de IVI RMA en Iberia, Latinoamérica y República Checa

Hay pocas cosas más íntimas que la salud. Y, dentro de ella, pocas experiencias son tan personales como la infertilidad. La Organización Mundial de la Salud la reconoce como una enfermedad que afecta, aproximadamente, a una de cada seis personas en el mundo. Y tiene impacto personal, familiar, comunitario y socioeconómico. Detrás de ese diagnóstico existen causas muy diversas y, en muchas ocasiones, inevitables: endometriosis, alteraciones de la ovulación, problemas del útero, enfermedades que afectan los espermatozoides o una combinación de factores en ambos miembros de la pareja. Sin embargo, existe una causa que merece una reflexión distinta: el retraso de la maternidad.

Este retraso es una decisión y cada vez más mujeres optan por ella. Simplemente deciden tener hijos cuando han alcanzado estabilidad profesional, económica o personal que surge como resultado de una transformación profunda de nuestra sociedad. Estudiamos más años, nos incorporamos más tarde al mercado laboral, la vivienda y la independencia llegan más tarde y los modelos de familia hoy son mucho más diversos que hace algunos años. Hay más mujeres que deciden ser madres sin pareja, más parejas de mujeres que desean formar una familia y más personas que, simplemente, encuentran el momento adecuado para tener hijos a edades más avanzadas. Sin embargo, la fertilidad femenina disminuye de forma significativa a partir de los 35 años y lo hace de forma mucho más drástica después de los 40.

Lo que comienza siendo una historia individual termina reflejándose en las estadísticas nacionales. Y es que, España presenta una de las tasas de fecundidad más bajas de Europa. Según la OCDE, la tasa global de fecundidad se sitúa alrededor de 1,1 hijos por mujer, muy lejos del 2,1 necesario para garantizar el reemplazo generacional. Al mismo tiempo, la edad al nacimiento del primer hijo continúa aumentando.

El resultado es una transformación profunda de nuestra pirámide poblacional. Vivimos más años, nacen menos niños y disminuye progresivamente la población en edad de trabajar. Este cambio tiene consecuencias que van mucho más allá de la demografía. Afecta al crecimiento económico, a la productividad, a la sostenibilidad de las pensiones, al gasto sanitario y, en definitiva, al mantenimiento del Estado del bienestar. En un informe elaborado por PwC Strategy para el IVI (Instituto Valenciano de Infertilidad) se estima que el envejecimiento incrementará de forma sostenida el gasto público asociado a las pensiones y a la asistencia sanitaria durante las próximas décadas.

Frente a esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿qué podemos hacer? La respuesta no puede reducirse a una única medida. Necesitamos políticas que faciliten la conciliación, reduzcan las barreras económicas para formar una familia y favorezcan el acceso a la vivienda. Pero lo que más necesitamos es que la población sea consciente del impacto de la decisión de retrasar la maternidad sin tomar las medidas preventivas necesarias y, cuando estas no se han podido adoptar, conozca las opciones terapéuticas disponibles.

Esa información debe incluir también el conocimiento de las herramientas que hoy ofrece la medicina reproductiva gracias a décadas de investigación científica. La preservación de la fertilidad, la genética reproductiva y la creciente incorporación de nuevas tecnologías que permiten personalizar y optimizar los tratamientos ayudan a pacientes y profesionales a tomar decisiones más informadas. La tecnología no sustituye a la biología, pero sí amplía las oportunidades para que más personas puedan desarrollar su proyecto reproductivo.

Gracias a la incorporación de la genética en reproducción, es posible reducir la transmisión de determinadas patologías a las futuras generaciones y pone de manifiesto que la innovación en medicina reproductiva no solo contribuye a conseguir embarazos, sino también a mejorar la salud de los hijos que van a nacer.

Actualmente, aproximadamente uno de cada ocho niños que nace en España lo hace gracias a técnicas de reproducción asistida. Ya no hablamos únicamente de resolver el problema de una pareja con infertilidad; hablamos de que la reproducción asistida es una herramienta que contribuye de forma creciente al futuro demográfico y económico del país.

La preservación de la fertilidad, sobre todo en edades menores de 35 años, es la mejor forma de minimizar el impacto de la edad femenina sobre la fertilidad. Además, si no se ha logrado preservar la fertilidad, otras técnicas como la fecundación in vitro con diagnóstico preimplantacional y la donación de ovocitos son, sin duda, una solución para miles de personas.

Afrontar este desafío colectivo exige una visión compartida en la que administraciones, empresas, profesionales sanitarios y sociedad entiendan que apoyar la salud reproductiva no es únicamente una cuestión asistencial. También requiere seguir impulsando la investigación y la innovación tecnológica, que han permitido transformar diagnósticos antes irresolubles en oportunidades reales para formar una familia y, en determinados casos, prevenir enfermedades hereditarias graves. Es un problema que nos pertenece a todos y la sostenibilidad demográfica, económica y social de nuestro país dependerá, en parte, de nuestra capacidad para combinar políticas públicas, conocimiento científico e innovación sanitaria en una estrategia común de futuro.

Por Vanessa Vergara, directora médica de IVIRMA para Iberia, Latinoamérica y la República Checa

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