Banda sonora del artículo: “Por una cabeza”. Tango compuesto por Carlos Gardel con letra de Alfredo Le Pera. Cantado por Andrés Calamaro.
En la Villa de Madrid, a 20 de julio de 2026.
El partido ya es historia. Unos ganaron y otros perdieron. En realidad, todos ganaron. Confío que este desenlace relaje los enfrentamientos padecidos estos días, sin duda derivados del deporte rey, y confirme la importancia de los valores que nos unen a muchos.
Entre el año de 1770, año de su boda, y el de 1783, en que se trasladó a España con toda su familia, naciéronle al Capitán don Juan de San Martín cuatro hijos varones y una hija, siendo los primeros Manuel Tadeo, Juan Fermín, Justo Rufino y José Francisco.
En la vida no todo es casual. Hay acontecimientos regidos por un misterioso determinismo que sólo se revela cuando el tiempo ha hecho su trabajo. Una doncella noble de Paredes de Nava y un militar de conducta irreprochable abandonaron un día las tierras de Castilla y fijaron su destino en un punto de Indias. Ese punto fue Buenos Aires. Y gracias a ese gesto, nació en sus dominios el hombre que, sin que sus progenitores lo sospecharan, convertiría a una gran parte de América en tierra de pueblos libres.
En ese contexto, y en estas fechas en que el idioma común domina el planeta con especial protagonismo, surgen también debates y palabras que parecen inocentes hasta que se las mira de frente. “Colonia” es una de ellas. Su sola mención convoca un imaginario de subordinación, explotación y jerarquías rígidas que, en el debate historiográfico sobre la América hispana, opera como un prisma deformante.
La tesis para rechazarla aplicada a nuestra historia común desde los tiempos de Pedro de Mendoza, es clara. Y no porque lo diga un muy original anuncio de cerveza argentina, sino porque el concepto “colonia” no describe adecuadamente la realidad jurídico‑política de la América española. Y no lo hace por exceso de significado, por anacronismo conceptual y por la incapacidad de describir la pluralidad institucional y humana de Iberoamérica.
Las Indias no eran colonias, según expresas disposiciones de las leyes originales. La frase no es un gesto retórico, sino un recordatorio de que el lenguaje jurídico de la época que ahora tanto se pone en duda no empleaba la categoría “colonia” para referirse a los territorios americanos. Y que, cuando lo hacía, lo hacía en un sentido técnico, vinculado a la acción de poblar, no a la subordinación política.
Pero el debate es más profundo que una disputa terminológica. Lo que está en juego es cómo nombramos el pasado y, por tanto, cómo lo interpretamos. La historiografía del siglo XX —alimentada por la economía política, por la teoría de la dependencia y por el discurso postcolonia promovido por intereses ilegítimos— tendió a leer la relación entre España y América como una versión temprana del colonialismo decimonónico.
La consecuencia es una simplificación que empobrece la comprensión histórica. Y que todos deberíamos evitar. Como llamarnos latinos, una categoría identitaria gestada en la Francia del siglo XIX. Hoy, nuestro mundo debería estar compuesto por todos los que fueron y vinieron, independientemente de su origen. Sin complejos y sin cometer errores, normalmente, racistas y excluyentes.
América no fue un simple apéndice, sino un conjunto de reinos, provincias y señoríos incorporados a la Corona de Castilla, pero no absorbidos en un cuerpo político homogéneo. América tenía virreinatos y reinos, capitanías generales, instituciones propias, legislación específica y órganos de gobierno —como el Consejo de Indias— que no eran meras delegaciones administrativas, sino altas potestades políticas.
En este marco histórico, la vida de Gregoria Matorras del Ser, la palentina nacida en 1738, hija de Domingo Matorras y María del Ser, y bautizada en Santa Eulalia, adquiere un significado especial. Ella y su marido, Juan de San Martín, militar de conducta irreprochable (la repetición del calificativo es intencionada por valiosa), cruzaron el Atlántico no hacia una colonia, sino hacia un territorio de la misma Corona. Se asentaron en Buenos Aires y, sin saberlo, dieron origen a una de las figuras decisivas de la historia americana. Su hijo nació en un mundo híbrido, ni plenamente europeo ni plenamente americano, sino criollo en el sentido político del Antiguo Régimen, miembro de una comunidad que no era colonia, sino parte de una monarquía compuesta.
La independencia que lideró no fue la ruptura de un vínculo colonial, sino la transformación de una monarquía plural en repúblicas soberanas. Ni en su propia biografía y en el mundo que le vio nacer cupo la palabra “colonia”, como tampoco debe caber en el vocabulario de los iberoamericanos actuales que siguen cruzando el Atlántico en ambas direcciones.
Los Europibes de hoy iluminan esta continuidad interpretativa de la historia. Los miles de argentinos que hoy llegan a España no lo hacen como ex‑colonizados ni como migrantes ajenos, sino como herederos de una movilidad histórica que comenzó mucho antes de la independencia. Gregoria Matorras cruzó el océano en el siglo XVIII. Los europibes lo cruzan en el XXI. La lógica es la misma. Familias que se desplazan entre dos orillas que nunca fueron extrañas entre sí. La historia de Gregoria, Juan y José demuestra que la movilidad entre España y América no fue colonial, sino estructural.
Nombrar bien es comprender mejor. Y comprender mejor es la única forma de reconciliarnos con un pasado que sigue siendo, para España y para América, una herencia compartida.
Película recomendada: “Un lugar en el mundo” (1992) dirigida por Adolfo Aristarain. La segunda película en la historia de los Premios Óscar en ser nominada y luego retirada de la votación. Una obra que reflexiona sobre la búsqueda de la identidad, la integridad y el compromiso social y que muestra que la construcción de un mundo más justo depende de acciones éticas cotidianas más que de dogmas políticos.

