Hace unos meses, en noviembre de 2025, hablábamos en esta misma columna de la situación de la aviación comercial venezolana. Nadie, o muy pocos, habrían imaginado que semanas después el presidente del país acabaría secuestrado por un comando estadounidense, y menos aún que la semana pasada el suelo temblase de manera tan severa que sumió a La Guaira y a Caracas en una catástrofe sin parangón en la historia del país.
No les voy a contar la historia del terremoto y sus consecuencias, pues tiene que haber estado muy desconectado del mundo para ignorar lo que ha pasado estos últimos días en Venezuela. Lo que sí les quiero contar es el peso de la aviación (la civil y la militar, todas a una) para apoyar a las pocas horas y a los pocos días de lo sucedido a un país que, aun habiendo pasado en los últimos tiempos por crisis cíclicas forzadas tanto por estrategias exteriores como por decisiones propias, afronta en 2026 probablemente la peor catástrofe de su historia.
El cielo que estos días ha traído rescatistas, perros buscadores adiestrados y toneladas de material médico es el mismo cielo que el 3 de enero sirvió de escenario para una operación militar de derrocamiento. Aquella madrugada, más de 150 aeronaves (transporte, cazas y helicópteros) participaron en la llamada «Operación Resolución Absoluta», la incursión estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro Moros y su esposa, Cilia Flores, en Caracas, y su traslado en cuestión de horas a Nueva York. La superioridad aérea no fue un detalle accesorio de aquella operación: fue la operación. Sin control del espacio aéreo venezolano, sin capacidad de mover tropas, evacuar detenidos y neutralizar objetivos en menos de una hora, la captura del hombre que gobernó Venezuela durante más de una década sucediendo a Hugo Rafael Chávez Frías habría sido sencillamente impensable. Lo sigue siendo hoy en día.
Medio año más tarde
Casi seis meses después, ese mismo espacio aéreo (antes corredor de invasión) se ha convertido en corredor de auxilio. Y aquí la aviación vuelve a ser protagonista, aunque con un guion radicalmente distinto. El terremoto que sacudió el centro del país ya deja más de 1.400 muertos y miles de heridos, cifra que sigue subiendo a medida que avanzan las labores de rescate, y disparó un puente aéreo internacional que pocas catástrofes recientes en la región han igualado en velocidad de movilización: aviones de México, El Salvador, España, Suiza y otros países, coordinados también por la ONU, despegando casi simultáneamente; Estados Unidos enviando 150 millones de dólares y desplegando primero aeronaves de rotor basculante MV-22 Osprey, más pequeñas y versátiles, y después, en cuanto las pistas lo permitieron, aviones de carga pesada C-17 Globemaster, no sin antes enviar técnicos para inspeccionar y certificar las pistas dañadas del aeropuerto de Maiquetía.

Hay, además, un capítulo que merece mención aparte: el de la aviación civil convertida en actor humanitario por cuenta propia. El «Avión Solidario» de LATAM aterrizando en Venezuela con 163 rescatistas llegados de varios países sudamericanos y planeando trasladar cerca de cien toneladas de ayuda en vuelos cargueros especiales. Avior Airlines despachando un Boeing desde Medellín con bomberos y equipos de emergencia, pese a que la propia aerolínea tiene empleados entre los afectados por el terremoto. Mientras los gobiernos hacían diplomacia de Estado, las aerolíneas comerciales hacían su propia política exterior de hechos consumados.
Sin embargo (esto es lo que de verdad me gustaría que el lector se lleve de esta columna), conviene no perder de vista las proporciones. Estados Unidos ha sido, en términos de cifra bruta, uno de los mayores donantes inmediatos de esta crisis. También es, sin ninguna comparación posible, quien más beneficio político y energético está extrayendo del nuevo escenario venezolano: un régimen descabezado, sanciones petroleras relajándose progresivamente desde febrero y una administración interina que ha negociado ya contratos energéticos con Washington.
Frente a ese rédito geopolítico y comercial, la ayuda, que es generosa en cifras absolutas, resulta modesta en proporción al beneficio obtenido, especialmente si se compara con el esfuerzo de países europeos que, sin interés directo alguno en el futuro petrolero venezolano, han movilizado equipos de rescate y aeronaves con una rapidez notable. No es una crítica a la ayuda en sí, pues en un terremoto de esta magnitud toda es bienvenida, sino una invitación a leer con cuidado quién pone el avión, y por qué.

Porque si hay una lección que esta semana vuelve a enseñarnos la aviación, es esta: el avión nunca es neutral. Puede tumbar un régimen en cuarenta minutos o puede traer ayuda para salvar a una familia atrapada bajo los escombros de su propia casa.
La diferencia no está en la aeronave. Está en quién decide, cada vez, para qué se usa el cielo de un país que, desde hace meses parece que ya no decide quién entra en él.

