Opinión Marta Rivera de la Cruz

De toda la vida

Los locales con historia que cierran para dar paso a otros, sin tanta solera -que tal vez la tengan dentro de 50 años- son un síntoma de la época.

Clip de la serie 'Ravalear'

Madrid no es la de antes”, lamentan quienes se quejan de que cierran las tiendas de toda la vida y las tabernas donde los abuelos tomaban el vermú. No les falta razón: el colmado de barrio es ahora un local que vende imanes y abanicos de plástico, y en el bar de las banderillas y la caña bien tirada despachan te matcha y cafés de especialidad. Y todos, yo la primera, añoramos nuestras tiendecitas, y nuestros baretos donde ya nos conocían, donde el dueño atendía la barra mientras su señora cuajaba las tortillas en la cocina diminuta.

Nunca, ni ustedes ni yo, pensamos en aquella señora haciendo tortillas en mitad de la canícula, ni nos preguntábamos qué sábado les esperaba a ella y al marido cuando les decíamos adiós tras la última ronda, mientras ellos seguían atendiendo a la parroquia. Y cuando un día vimos en la puerta del local  “Cierre por jubilación” nos enfadamos con el mundo, o con el alcalde, que está más cerca, y pensamos que Madrid se va al cuerno por cosas como esta: “A ver qué abren aquí ahora, una hamburguesería, ya verás, o un sitio de esos de pizza por trozos, qué vergüenza, se están cargando esta ciudad”. No se nos ocurrió que el señor que nos ponía el vermú con la rajita de naranja, y su mujer, la de las tortillas, podían estar cansados de hacer tortillas y poner vermús, y habían alquilado el local, que tenían en propiedad, para que otro vendiera allí lo que le diese la gana.

Muchos señalarán a la subida de los precios del alquiler como problema para la supervivencia de negocios tradicionales. Pero no nos engañemos ni simplifiquemos: en no pocos casos estos locales son propiedad de quienes los regentan desde hace décadas, y la decisión de alquilarlos o traspasarlos responde tanto a una legítima oportunidad económica como al deseo, igualmente legítimo, de terminar una etapa vital.

Los locales con historia que cierran para dar paso a otros, sin tanta solera -que tal vez la tengan dentro de 50 años- son un síntoma de la época. Me explico: hace no tanto tiempo, los buenos negocios pasaban de padres a hijos, como un regalo envenenado. Eran una bendición, pero también una condena: si una familia tenía una próspera freiduría, se daba por hecho que uno de los hijos continuaría con ella, sin que nadie preguntara al interesado si le apetecía seguir la tradición familiar. Eso, por fortuna, ha acabado. Los padres quieren que sus vástagos busquen su camino. La madre que se ha pasado la vida limpiando gallinejas ambiciona que su hija escoja libremente entre seguir con el negocio o buscar otro futuro.  

Hace un par de meses cené en una taberna histórica y me quedé un rato hablando con el dueño. Me dijo que cerraría en cuanto le llegara la edad de jubilación. “Pero tienes un hijo”, contesté , y él, muy serio, “ni de broma quiero yo para mi chico esta vida que he tenido”.

Esto es lo que hay. Los clásicos cierran porque sus dueños tienen la sana ambición de retirarse, muchas veces no hay relevo… y cuando ese relevo existe, a lo mejor  prefiere poner un negocio a su manera y a su estilo. Y nadie piensa en eso cuando empieza la jeremiada de “ay qué pena, que se acaban los bares de siempre”. Los que lloran por el cierre del sitio de las bravas estarían encantados de que la pareja que las prepara no se jubilase nunca, o que esa hija a la que con mil sacrificios han dado estudios universitarios renunciase a su profesión para aprender el secreto de la salsa extra picante y pasarse la vida sirviendo patatas.

Madrid no es el mismo que hace medio siglo porque el mundo tampoco lo es. La gente envejece, y los suyos ambicionan. Y el tipo que preparaba el arroz con tanta maestría tiene un hijo médico y una hija abogada, y al cumplir los 70 ha decidido traspasar su negocio a un señor que prefiere montar una hamburguesería. Cuando leo “el ayuntamiento debería hacer algo” me pregunto si pretenden que obliguemos a punta de pistola al de las hamburguesas a aprender a hacer arroz, o al señor que se jubila a quedarse para siempre preparando paellas al servicio de las esencias de la Villa y Corte. No existe – por fortuna – la legislación que obligue a un hijo a seguir el negocio de su familia, o que ordene a alguien que va a abrir un establecimiento a seguir normas en pro de las costumbres, la morriña y la tradición.

Madrid sigue siendo Madrid, pero de otra manera. Desde luego, no para estar al servicio de nuestros caprichos y nuestras nostalgias. Yo también prefería tener debajo de mi casa la merecería de la señora Lola, que vendía las medias baratísimas. Pero la señora Lola se ha jubilado después de cincuenta y dos años trabajando (sí, han leído bien, a los quince empezó) y ha alquilado su local a una tienda de bolsos de marca, que no tiene el encanto de la mercería ni me vende las medias que uso, pero la señora Lola tiene todo el derecho del mundo a descansar y no estar trabajando hasta el día de su muerte. Que parece que es lo que algunos creen que tenía que hacer para que el barrio no pierda encanto.

Marta Rivera de la Cruz es delegada del Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid.

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