Un Papa no puede estar a favor de una guerra y un presidente de los Estados Unidos sabe que se han tenido que librar muchas guerras para preservar la democracia y la libertad. El Papa León dice lo que tiene que decir y el presidente Trump hace lo que tiene que hacer. Liderar es comprender tu rol pero también el del otro, y más si el otro es el Santo Padre. La idea que el catolicismo encarna se parece poderosamente de la idea que los Estados Unidos son, aunque la manera de expresarlas y los métodos para defenderlas no sean ni puedan ser coincidentes.
Nada es fácil, todo es frágil y los cortes no son limpios. El progreso y el bienestar que hemos conseguido nos enfrenta a problemas cada vez más complejos y sofisticados, como nuestras vidas. No hay una sola respuesta y no siempre es obvia la diferencia entre bien y mal. El Mal existe, y nos vigila, de esto podemos estar seguros. El bien siempre es aspiracional y la tentación de buscar soluciones rápidas, absolutas, mágicas, nos aleja de la justicia y de la verdad. Ni el no a la guerra ni la guerra total pueden llevarnos a ninguna parte.
León XIV ha rebajado la tensión y ha dicho que sus declaraciones se han malinterpretado. Estaría bien que Trump hiciera un gesto parecido, aunque de todos modos es muy probable que cada uno sepa que el otro hace el papel que le toca y no haya asperezas de fondo entre ellos. Ambos tienen que vivir concentrados en la certidumbre de que forman parte de un mismo equipo en lo realmente importante, que es mantener y fortalecer la integridad y la libertad de los hombres y los pueblos. Forman parte de un mismo destino, y cientos de millones de personas en el mundo giran sus ojos solitarios y atemorizados hacia ellos en busca de esperanza.
Stalin preguntó “¿cuántas divisiones tiene el Papa?” e hizo el ridículo de su vida. Juan Pablo II fue las piedras caídas del Muro de Berlín. Al Papa León le ha tocado una era en que el ruido ahoga las palabras, y las guerras físicas, a pesar de su desgracia, son sólo la representación simbólica de enfrentamientos mucho más duros, por supuesto invisibles y decisivos para nuestro estilo de vida.
Siempre cada 50 o 100 años la Humanidad tiene que corregir los desperfectos, la dejadez, los monstruos que ha provocado exceso de excedente y la sensación de que la libertad no había que defenderla o que ya no teníamos enemigos.
Es un momento incómodo, porque nos habíamos acostumbrado a vivir tan bien que da mucha pereza tener que volver al fango y sentirnos bestias otra vez. El trabajo sucio es tan feo como imprescindible y por eso el Papa dice lo que tiene que decir y Trump tiene que hacer.

