Opinión Jesús Mardomingo

Humanitas procedit; instituta non

El Vaticano, la ONU, y la justicia española lanzan en una semana advertencias que, salvadas las diferencias, revelan un mismo problema: el andamiaje institucional del siglo XX ya no sostiene los riesgos del XXI.

Foto tomada de la web de Zenit, una agencia de información internacional sin ánimo de lucro. Autor: Päptliche Schweizergarde

Banda sonora para la lectura:

Monty Python – Always Look On The Bright Side Of Life

Mientras la inteligencia artificial acelera la historia y las crisis climática y de la biodiversidad redefinen silenciosamente la geopolítica, tres señales procedentes de ámbitos muy distintos — la encíclica “Magnifica Humanitas” la “UN80 Initiative”, y la intensa, independiente y mediática actividad judicial española— coinciden en un diagnóstico inquietante. Las instituciones que nos gobiernan puede que no están evolucionando al ritmo de la humanidad. Urge decidir si reformamos el sistema o dejamos que la realidad lo haga por nosotros. La arquitectura institucional que heredamos del siglo XX ya no basta para sostener los desafíos del XXI. No es una intuición filosófica, sino un diagnóstico derivado de una lectura recomendable y alternativa en la semana de la Feria del libro de Madrid

Por un lado, el Vaticano propone repensar la antropología en la era algorítmica. La ONU pide rediseñar el multilateralismo. Por otro, los tribunales españoles, con absoluta independencia, actúan involuntariamente como un mecanismo de emergencia institucional. Tres frentes en juego. La Diplomacia, la Ética y el Estado de Derecho.

La encíclica “Magnifica Humanitas”, la primera del Papa Leon XIV, introduce dos matices que la política internacional suele pasar por alto: la dimensión antropológica de la tecnología y la existencia de un poder tecnológico cada vez más privado y difícil de orientar al bien común. Reclama un discernimiento colectivo y una conducta ética, pero una ética ampliada, que no se limita a normas o regulaciones, sino que interroga el sentido humano, cultural y espiritual de la tecnología en este cambio de época.

Por su parte, la semana pasada también, Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, publicó el Informe de Progreso de la Iniciativa UN80 con una sentencia que resume su análisis: “el statu quo es insostenible”. La iniciativa de la organización internacional más grande e importante del mundo, presentada como hoja de ruta para la renovación del sistema multilateral en el 80º aniversario de la ONU, parte de la contundente premisa de que el mundo ha cambiado más en los últimos diez años que en los cincuenta anteriores. La irrupción de la inteligencia artificial, la aceleración tecnológica, la crisis climática y la interdependencia económica han creado un ecosistema donde los riesgos son globales, simultáneos y profundamente asimétricos. Ningún Estado, por poderoso “and great” que sea, puede gestionarlos solo. Basta un repaso de lo acontecido desde que comenzó el año.

Mientras tanto, en España, varios autos judiciales han recordado que el Estado de Derecho sigue siendo el último dique frente a la erosión institucional. En un contexto de polarización creciente, los tribunales han reivindicado la centralidad de la legalidad como límite y como garantía. No se trata de episodios aislados, sino de una señal más de que las democracias maduras necesitan reforzar sus mecanismos de autocorrección para no deslizarse hacia la excepcionalidad permanente.

La paradoja de nuestro tiempo es evidente. Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para coordinar la acción colectiva y, sin embargo, nunca habíamos sentido tan frágiles las costuras del orden mundial.

Como dice un amigo mío, puede que hayamos “llegado al llegadero”, y ya no estemos en el momento de ajustar presupuestos, ni de reorganizar comités, sino de redefinir el contrato institucional que sostiene la cooperación global, de exigir a los actores tecnológicos privados que concentran gran poder en sus manos una respuesta que combine regulación, transparencia, responsabilidad, y una reflexión ética profunda.

La fortaleza institucional ya no depende solo de grandes declaraciones internacionales, ni de manuales de supervivencia, sino también de la capacidad cotidiana de los Estados para hacer cumplir la ley. La legitimidad democrática se sostiene en las urnas, pero de nada sirven sin una vigencia efectiva de las normas y en la independencia de quienes las aplican.

La historia enseña que las instituciones solo sobreviven cuando son capaces de reformarse a tiempo. La pregunta, hoy, es si seremos capaces y tendremos la lucidez de actuar antes de que las fuerzas opuestas nos impongan su propio calendario. El futuro del multilateralismo, de la democracia y de la propia idea de humanidad dependerá de la respuesta.

La humanidad avanza; las instituciones, no. Urge creatividad. Mucho naranja (y azul). Urge una definitiva revolución de las costumbres. Un movimiento sin retorno que haga que nuestra cultura y modos de hacer las cosas porque siempre se hicieron así, no pesen tanto.

Película recomendada

“Los dos Papas” de Fernando Meirelles (2019)

 Una obra que convierte en drama íntimo la tensión entre continuidad y reforma. La película muestra cómo las instituciones solo sobreviven cuando son capaces de transformarse a tiempo, y cómo la humanidad —con sus dudas, contradicciones y conciencia moral— avanza más rápido que las estructuras que pretende sostenerla.

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