Todo lo que sucede en Davos durante el World Economic Forum, a 1.560 metros sobre el nivel del mar, nunca se termina de contar porque es imposible. El viernes se puso final a un programa oficial exhaustivo, con múltiples formatos, decenas de eventos nocturnos y una ametralladora de titulares, que han convertido el pequeño pueblo suizo en el anfitrión del congreso mundial del capital, en el foro en el que se avanzan las tendencias macroeconómicas, el púlpito desde el que se debe hablar si quieres que te reconozcan como un líder global de las finanzas. En Davos a La Bruja Avería de Lolo Rico la deberían poner una calle, por eso que canturreaba “¡Viva el mal, viva el capital!”

La conclusión de este arranque del 2023, sin los rusos y sus empresas, sin los chinos y las suyas, ha sido unánime: hay que acostumbrarse a gestionar las empresas con incertidumbre, ya sea provocada por la guerra o por la caída de la demografía en China. Hay que acostumbrarse a la incertidumbre económica a la que nos empuja una revolución digital constante. Y lo cierto es que no estaba el capitalismo acostumbrado a tantos sobresaltos, pero ese será el signo de los tiempos a partir de ahora, aunque acabe la guerra.

Asistir a Davos o cubrirlo como periodista, o subirse al tren para esquiar (320 km pistas) en su estación, entre ejecutivos y seguratas tiene sus propios códigos. Y mejor conocerlos si no quieres perecer entre controles. Davos se blinda durante toda la semana del foro y es el ejercito suizo el responsable de la seguridad. ¿Ejército suizo? Con un presupuesto de 3.518 millones (dato de 2017) y un total de 124.000 soldados, 42.000 de ellos en la reserva –el servicio militar es obligatorio en Suiza y los soldados deben guardar en casa su armas– el ejercito defiende una ciudad preocupada por alguna acción indeseada. Tan sólo una sabana colgando en una casa, en lo alto del pueblo, protestaba este año un poco: “A esto es a lo que se parece la corrupción”. Nadie parecía hacerle caso al vecino gruñón que colgó la pancarta pero que tenía las ventanas cerradas.

Dos anillos protegen Davos durante el Forum. Para entrar al primero te basta con poseer el Hotel Badge, el pase que te garantiza que estás alojado en alguno de los hoteles de Davos Platz o Davos Dorf (la estación anterior a apenas cinco minutos en el maravilloso tren de montaña suizo con el que se accede). El problema reside en que es la propia organización quien distribuye las habitaciones de los 78 hoteles, las 9.300 personas alojadas en casas particulares y las 2.648 camas repartidas por los albergues. Ningún habitante de Davos se queda en el pueblo durante el Foro. Todos se marchan. O porque están hasta la punta del pompón de tanto ejecutivo o porque aprovechan para irse al caribe a ligar bronce con el sartenazo que le meten a la empresa del acreditado. Una semana antes del comienzo, en Airbnb, fui testigo de cómo intentaban alquilar una habitación para los siete días a un despistado –es obligatorio contratar la semana entera– a 10.000 euros, se trataba claro de un abuso pero sirve de referencia.

El segundo cordón policial es el que es necesario traspasar para asistir a las ponencias. Solo puedes hacerlo con la acreditación azul que conseguirás si tu empresa es miembro del World Economic Forum, la compañía fundada por el octogenario alemán Klaus Schwab. Las empresas del IBEX, previa selección de la organización, pagan un mínimo de 200.000 euros por la membresía que les otorga dos pases personales y acceso a todos los informes anuales; o bien si eres periodista. ¡Importante! ninguno de los dos pases te garantiza el acceso a todo. Muchos encuentros son privados entre colegas o incluso entre competidores y otros lo son para la galería, como el que tuvo Pedro Sánchez con los grandes ejecutivos del Ibex. El plantón de Ignacio Sánchez Galán al presidente, perfectamente orquestado, fue de lo más comentado en los corrillos.

Superada la salvaje frontera de la acreditación. La primera pregunta es: ¿cómo voy vestido a la fiesta de cumpleaños del capitalismo mundial si se anuncian -15 grados? La respuesta es: olvida los protocolos. Queda asumido que es imposible ir elegante a Davos. ¡Im-po-si-ble! Primer error del novato, llevarse zapatos. Lo primero que los presidentes, CEO, capitostes y plumillas meten en la maleta para Davos son unas botas con suelas Vibram. A partir de ahí, puedes llevar tus Church en la mochila como Melanie Griffith hacía con sus tacones en Armas de Mujer (1988) o pasar directamente. Grandes empresarios he visto con sus Panama Jack tan campantes. La ropa de abrigo es obvia. El gorro de lana obligatorio. Y es divertido, da igual lo millonario que sea el bonus que se embolse el ejecutivo o con el que te cruzas que de lo que está pendiente esos días es de no pegarse una costalada con las aceras congeladas. Evitar el resbalón en Davos es el deporte favorito de los asistentes. El otro deporte es decirle a todo el mundo que estás allí. He visto estos días dos o tres buenas hostias capaces de humillar al mejor plan de stock options.

Este año a Ana Botín, la única española en la lista Forbes de las mujeres mayores de 50, la han hecho miembro del Consejo Asesor Internacional, lo que se llama el Davos de Davos. En España el foro gusta mucho y todos nuestros ejecutivos han tenido su momento de gloria en directo en el estudio que la CNBC tenía montado en la calle principal.

La multinacional francesa Publicis, con sus filiales Leo Burnett o Saatchi & Saatchi, está detrás de la sístole y la diástole del negocio publicitario de Davos. ¿Publicitario? Davos es una feria del capital, a menos 18 grados, pero una feria al fin y al cabo. El promenade de la ciudad es el paseo central en el que transcurre la vida del pueblecito, a unos pocos metros por encima de la estación de Davos Platz. Se parece mucho a la calle central de Las Vegas. Cada casa, cada hotel, cada bar, cada restaurante está tematizado por una multinacional, un medio de comunicación (Wall Street Journal, New York Times) o por un país –India ha echado el resto este año– en función del poder de la marca que represente (sea Meta a Zoom) y el periodista, enfundado en un Pedro Gómez de plumón y con gorro con pompón, fue recorriendo la calle, esquivando limusinas de cristales tintados y placas de hielo. “Tenemos trabajo todo el año pero en Davos nos va muy bien”, me cuenta un conductor del medio de transporte preferido, una Mercedes Van color negro. Un trayecto de ida en taxi, rango inferior a la limusina negra, entre Davos y Zurich cuesta 1.500 euros. Conozco directores de comunicación que cuando organizan para sus jefes toda la logística, a las secretarias tienen que jurarles que no se les ha ido la pinza. La feria del capitalismo no es para pobres.

Las conversaciones comienzan casi todas así: ¿Dónde te alojas? Hospedarse en Davos Platz te otorga la categoría máxima. Si vas bajando de pueblo, Davos Dorf, los Klosters o ya ni te cuento si duermes en Zurich, a dos horas de tren, desciendes por la pista negra. Superada la clasificación del alojamiento, la siguiente pregunta tiene que ver con el tipo de pase que tienes, a la fiesta que fuiste anoche, cuantos años haces que vienes o finalmente si te quedarás a esquiar el fin de semana. Los códigos de poder imperantes son muy claros. Los camareros son casi todos españoles o portugueses. Si hablas con ellos no te transmiten la imagen del emigrante entristecido. “Los suizos pagan muy bien y estamos a dos horas de avión. Deberías venirte.” me dice una chica de Valencia”. Y aquí estoy pero solo tres días. Las borracheras cada noche en el Hard Rock Davos, o en las fiestas privadas de cada una de las marcas en el promenade son todo un clásico que no difiere de cualquier otro congreso. No vi mucho ligoteo pero, como en todas las ferias, habrá lo suyo. Eso sí, a -18 grados, todo se complica, incluso el supuesto polvo fugaz de feriante alcoholizado, se complica como lo hace el equilibrio al salir del bar. El resbalón es muy democrático, iguala a todos, a CEO y a reporteros.