Yo era de Roando. Si vivías por mi zona, o eras de Roando o eras de Castañal. No había un racional claro para ello, es posible que Roando fuese algo más clásico. También le dedicaba más tiempo. Castañal era más moderno y efectivo. En Roando se leía el Autopista y el Interviú, un concepto atemporal. Castañal ofrecía los periódicos del día, la actualidad. A lo mejor no se trataba de un tema de racional: es probable que ser de uno o de otro fuese más un tema familiar. Tú ibas a donde iba tu padre. O al contrario, tú ibas a donde no iba tu padre.

Ser de Roando o Castañal no influía en tus relaciones sociales. Muchos de mis mejores amigos eran fieles de Castañal. Nunca hubo suspicacias por esa falta de sintonía. Sin embargo ahora –será la edad– es todo más complicado. Si votas a los de un lado, los del otro te mirarán mal. Si eres de derechas, hay que bajar los impuestos. Si eres privilegiado, eres apestado. Tan solo la sexualidad no binaria parece evolucionar en sentido inverso.

Pero retomando las disyuntivas, se está destapando una muy interesante que es la de política monetaria frente a política fiscal. O lo que es lo mismo, al menos en Europa, Banco Central Europeo frente a los Gobiernos nacionales. Y ahí está el quid de la cuestión: de alguna manera, en el pasado, política fiscal y política monetaria eran dos brazos de un mismo ser, que podrían ser usadas con cierta coordinación para equilibrar los desequilibrios del liberalismo. Y aunque hoy debería ser lo mismo, podríamos decir que estos dos brazos están adosados a cuerpos diferentes, y su coordinación puede ser incluso ineficaz.

Vayamos a los hechos: tras largos años de abundancia monetaria (la masa monetaria se ha multiplicado casi por seis desde la crisis financiera de 2008) ha aflorado una fuerte inflación. La ortodoxia indica que se deben endurecer de forma coordinada la política monetaria y la fiscal. Es decir, el Banco Central Europeo subirá los tipos y los Gobiernos subirán impuestos. Esto es de libro (y no de ideología).

El objetivo es “enfriar” la economía. Ambas medidas van encaminadas a reducir la cantidad de dinero disponible, de forma que éste sea menos accesible y más costoso. Si las empresas tienen más dificultades para acceder al dinero (crédito), acometerán sus planes de crecimiento más lentamente. Consecuentemente también se creará menos empleo y crecerán menos los salarios. Esto afectará directamente a los ciudadanos que serán más cuidadosos con el gasto, y poco a poco, esta espiral conducirá al reequilibrio.

Igualmente, mayores impuestos reducen la capacidad de ahorro de familias y los beneficios de las empresas. El mecanismo es similar al anterior. La economía se enfría y al haber menor demanda de bienes, el alza de precios se contiene y volvemos al equilibrio. Eso dice la teoría.

Y sí, el Banco Central Europeo, fiel a su principal objetivo de mantenimiento de la estabilidad de los precios, ha aplicado una fuerte (que no rápida) subida de tipos que esperan que sirva para controlar la inflación. El problema surge cuando los gobiernos, a pesar de aprovechar la ocasión para subir impuestos, dedican el dinero recaudado a promover medidas que pretenden camuflar la crisis y mantener “la vida alegre” de los votantes (me refiero, por ejemplo, a la bonificación generalizada de la gasolina). Este tipo de medidas actúan en contra del control de precios, manteniendo una burbuja artificial que no permite que la política monetaria sea eficaz. Pero ojo, subir impuestos en esta situación no es de izquierdas, es de libro.

Lo que también dice la teoría es que la subida de impuestos, cuyo fin es enfriar la economía, debe dirigirse a corregir los desequilibrios que se hayan podido crear en el sistema. Es decir, reducir endeudamiento y corregir aspectos estructurales del Estado (fundamentalmente organismos superfluos para el funcionamiento del mismo, que podrían ser asumibles en tiempos de bonanza pero no ahora). Vamos, lo que tradicionalmente en España llamamos “apretarnos el cinturón”.

A la pregunta trampa de qué Estado del Bienestar queremos, la respuesta debería ser el que nos podamos permitir. Si a una persona cualquiera de la calle –aficionado a los coches deportivos, en este caso– le preguntas qué coche quiere tener, probablemente responda que un Ferrari. Pero, ¿y lo tiene? No, porque no puede permitírselo. No entiendo que el político no actúe con la misma racionalidad y responsabilidad del ciudadano de a pie.

Entonces, ni derechas ni izquierdas, políticos racionales que sepan administrar nuestro dinero con cabeza. Que fomenten la competitividad reforzando el sistema educativo. Que tengan un proyecto de país que lo haga atractivo para ciudadanos fomentando la igualdad de oportunidades. Que atraiga inversión. Y que no rompa el país en dos.

Al final nunca tuve que plantearme racionalmente la decisión de cortarme el pelo en Castañal. Roando cerró cuando Román y Antonio, los peluqueros que daban nombre al negocio, se jubilaron. Me pasé a Castañal de forma natural, sin recelos ni desconfianzas. El mundo era más amable cuando los dos bandos convivían en el respeto mutuo.