Andy (nombre inventado) es subnormal. Tras sus gafas negras de Blues Brother no se aprecia su grado de deficiencia. Apenas supera los cuarenta. El jefe le ha dado permiso para subir al escenario. Jimmy Burns (79), el viejo bluesman local, al que le faltan dos de sus dientes de delante, es el que manda. Acaba de bajarse del escenario con su última canción, una adaptación de Cold as Ice que Foreigner grabó en 1977, cuando molaban, antes de que aquel baladón de karaoke los aplastase.
Andy está feliz como solo los deficientes muestran el entusiasmo cuando son felices. No es la primera noche que sube, está claro. Los locales le conocen bien, como los que frecuentábamos el Candela conocíamos a Pepe, que vendía los porros. Te pedía que le invitases a un botellín y se paseaba de manera compulsiva de un lado a otro. El Candela dejó de ser el Candela cuando Pepe se murió.

Andy no hace nada de esto. Es un hombre de bien en un club de blues para guiris. Andy se limita a rascar dos cucharas soperas contra su pecho. Y eso es lo que le hace feliz. Creo que yo también sería feliz así. Andy es el hombre de la tabla de lavar, la Zydeco Washboard (230 euros), y la acaricia con sus cucharas con pasión.

El instrumento ha sido modernizado, la vieja tabla de lavar de zinc con la que las mujeres doblaban el espinazo para lavar la ropa de su familia en el Misisip, ahora es un chaleco de metal que se cuelga en el cuello. Ponértelo te convierte en un bluesman sin apenas haber rasgado una guitarra. Aunque no sepas distinguir un tenedor de una cuchara.

En el Buddy Guy Legend’s en Chicago, abierto en 1989 al rebufo del House of Blues, que abrió B.B.King, los recuerdos de las paredes impiden concentrarse en los acordes. Guitarras dedicadas a Guy por Keith Richards (78), Clapton (77) o B.B. King; fotos firmadas y recortes de prensa. Hasta en el baño hay recuerdos. Lástima no haber podido entrar en el de señoras.

El cartel del club de Buddy Guy en Chicago, abajo la cola para entrar.

La vida de Buddy Guy dio un vuelco cuando para las fotos se puso una camisa de lunares gordos. Todos los kilómetros recorridos en Grey Hound para tocar en cualquier festival pasaron a cotizar el triple por la jodida foto. No todos los bluesman de Chicago dieron con la tecla de los lunares. La Fender Buddy Guy, personalizada con los lunares de la camisa con la que se hizo famoso, la vende Jeff Bezos (58) por 1000 dólares, también venden su pedal de efectos Dunlo BG95, a juego.

Serías el hazmerreír de los guitarristas que hoy han traído al club su instrumento si te presentaras con una para participar en la jam sesión de cada noche. Las reglas son claras. El que manda es el que tiene la lista. El que manda elige la combinación de músicos. El guitarrista y cantante elige el tema que cantará y los demás le acompañan. No mas de dos guitarras. Siempre bajo y baterista. Teclado puede ser. La armónica es el gran lujo. Nada de saxos.

El que canta, maqueado para la ocasión por si algún cazatalentos, le da por pasarse, le deja al otro guitarrista que le haga el quite en forma de solo. Una canción y paso atrás. Dos temas y cambio de combo. Excepto Andy. Andy se queda. Andy es de la casa. Andy rasca las cucharas sobre su pecho como la madre que acaricia la espalda de su bebe, de manera natural, protegido por sus gafas negras de pasta de lo que pasa en el mundo real, del mundo en el que todos pelean por la pasta. Hoy Andy se ha olvidado de todo eso, la está gozando en el planeta blues, en el que Guy, tras la muerte de John Lee Hooker y del viejo B.B., es la estrella.

Hoy en el club no dan de cenar. Lo han alquilado antes a un evento privado, o se lo han bebido todo, o la caja es suficiente, o los sindicatos no les dejan a los camareros hacer más horas.

Andy, feliz, con su tabla de lavar y sus cucharas.

En Chicago brilla la pasta por doquier. “La judía”, de Anish Kapoor (68) refleja lo rica que es esta ciudad, pero sobre el escenario del club de blues más famoso de la ciudad hay músicos negros desdentados que piden una propina a los turistas y les gritan: “espero que muchas chicas salgan a la pista a sacudir el culo”. Sobre las tablas son dioses del riff y el sentimiento, pero cuando bajan parecen homeless del supremacismo blanco. Si el club llegase a cerrar, vagarían por las calles agitando un vaso del McDonalds con unas monedas al fondo. El blues siempre fue la música de los perdedores, como el flamenco de los gitanos nómadas, de qué se puede extrañar uno.

A unas millas, Brady Leaf vende los mejores sombreros de la ciudad de los gánsters. Optimo hats presume del taller -se incendió hace unos años- y de haberle puesto sobre la cabeza al gran John Lee Hooker el gorro de su foto famosa ante el objetivo de Anton Corbjin. Brady es quien me dice dónde comer, dónde cenar, dónde volver a comer y dónde volver a cenar en la ciudad del viento.

Otro puñado de millas más allá, a Bob Koester la vida le va regular. Intenta sacar la tienda adelante (3419 W Irving Park Rd/Blues and Jazz Mart). Su padre, el tendero y productor más importante del blues de Chicago (los de Alligator se disputan el título) que se llama igual, murió en 2021 tras haber vendido el sello discográfico Delmark Records y su estudio de grabación.

Bob ahora deambula entre cajas, arropado por su madre y recortes de prensa (como el que el New York Times le dedicó a su padre cuando falleció), y se adapta al nuevo local. “Aquí pago un 10% de renta de lo que pagaba antes”. Creo que Bob padre —cuyo espíritu aún deambula entre los vinilos— y su hijo, tienen la mejor tienda de blues y jazz que yo haya visto nunca. Si Chicago la va a mimar o la dejará al libre albedrío del capital, iremos viéndolo. Una foto de Bob me llama la atención en las paredes del club de Buddy Guy. Al menos los viejos recuerdan a sus viejos.

Los guiris o están borrachos o se han cansado ya de no ver la jam sessions y de no poder comer. Los más calientes han salido a bailar como bailan los guiris, con gestos raros, haciendo reír a los de las demás mesas. El resto ya van comidos porque hoy en el club de Buddy Guy no hay cena. En la mesa frente al escenario, Jimmy Burns cuenta los dólares y reparte la paga a sus muchachos. Andy se baja del escenario, se quita la tabla de lavar ropa de zinc del pecho y se sienta al lado del jefe. Buddy Guy ni ha venido ni creo que venga mañana.