La última vez que Estados Unidos organizó un Mundial fue en 1994. Vista desde hoy, aquella época parece pertenecer a otro planeta. Fue el último Mundial de Diego Armando Maradona; la ceremonia inaugural, celebrada en el Soldier Field de Chicago, tuvo como gran protagonista a la leyenda de la música Diana Ross. Su actuación culminó con una puesta en escena tan ambiciosa como simbólica: debía transformar un penalti en espectáculo, haciendo que la portería se abriera en dos tras el impacto del balón. Ross erró el disparo de manera estrepitosa, aunque el mecanismo se activó igualmente.
Han pasado más de tres décadas desde entonces y, con ellas, ha cambiado también la naturaleza del fútbol. Aquel deporte profundamente popular, accesible para millones de aficionados, parece hoy un recuerdo lejano.
En 1994, una entrada para la final costaba alrededor de 180 dólares. Treinta y dos años después, algunas localidades para el Mundial de 2026 rozan los 35.000 dólares. La evolución del precio cuenta, por sí sola, la historia de cómo el mayor espectáculo del fútbol se transformó en uno de los productos premium más codiciados del planeta. Es decir, casi 200 veces más que el valor de una entrada para la final de 1994.
35.000 dólares: el equivalente al precio de un coche de gama media o al salario anual de muchos trabajadores en distintas partes del mundo.
| Mundial | Entrada final más cara (aprox.) |
|---|---|
| Alemania 2006 | 600 dólares |
| Sudáfrica 2010 | 900 dólares |
| Brasil 2014 | 1.000 dólares |
| Rusia 2018 | 1.100 dólares |
| Qatar 2022 | 1.600 dólares |
| Estados Unidos 2026 | hasta 35.000 dólares en categorías premium dinámicas |
Lo que parece claro es que el Mundial ha aprendido a ganar dinero. Cuando la FIFA cerró el ciclo financiero del Mundial de Francia 1998, sus ingresos rondaban los 1.900 millones de dólares. Para Qatar 2022, la cifra había superado los 7.500 millones.
Para el ciclo 2023-2026, la propia FIFA proyecta ingresos récord cercanos a los 13.000 millones de dólares, impulsados por la ampliación a 48 selecciones, 104 partidos, nuevos patrocinadores, más derechos audiovisuales y una agresiva estrategia comercial.
La evolución resulta difícil de ignorar.
| Mundial | Ingresos FIFA |
|---|---|
| Francia 1998 | 1.900 M dólares |
| Alemania 2006 | 3.700 M dólares |
| Brasil 2014 | 5.700 M dólares |
| Rusia 2018 | 6.400 M dólares |
| Qatar 2022 | 7.500 M dólares |
| 2026 (proyección) | 13.000 M dólares |
En menos de tres décadas, los ingresos de la FIFA se han multiplicado por más de seis. El Mundial ya no es únicamente una competición deportiva: es una plataforma global de entretenimiento capaz de atraer a miles de millones de espectadores, movilizar a centenares de patrocinadores y generar cifras que hace apenas una generación habrían parecido imposibles.
Las entradas reflejan mejor que nada esa transformación. Durante décadas, conseguir un boleto para una Copa del Mundo era una cuestión de suerte, planificación y paciencia. Hoy, por determinados partidos, también es una cuestión de poder adquisitivo.
La final de Nueva Jersey no será simplemente el partido más importante del fútbol. Será también uno de los eventos deportivos más exclusivos del planeta. Algunos de los paquetes más caros incluyen acceso a zonas VIP, gastronomía de lujo, experiencias personalizadas y servicios de hospitalidad diseñados para ejecutivos, grandes empresas y clientes de alto patrimonio. En muchos casos, la entrada ha dejado de ser una entrada para convertirse en un producto premium.
La pregunta es inevitable: ¿cuándo dejó el Mundial de vender asientos para empezar a vender experiencias?
La respuesta se encuentra en la propia evolución del negocio deportivo. Mientras los ingresos por televisión y patrocinio crecían año tras año, la FIFA descubrió que existía una nueva fuente de ingresos prácticamente ilimitada: los aficionados más dispuestos a pagar. El modelo ya había demostrado su eficacia en la Fórmula 1, en la NFL y en los grandes conciertos internacionales. El fútbol simplemente terminó siguiendo el mismo camino.
Sin embargo, el éxito económico ha abierto un debate incómodo. La Copa del Mundo construyó su prestigio sobre una idea profundamente popular. Era el torneo en el que podían convivir el estudiante que había ahorrado durante años para seguir a su selección, el trabajador que viajaba con un grupo de amigos y el empresario que ocupaba un palco corporativo. Esa mezcla social formaba parte de la esencia del espectáculo. Años antes de levantar la Copa del Mundo, un joven Diego Armando Maradona fue entrevistado en los polvorientos campos de Villa Fiorito. Tenía apenas unos años de adolescencia y una convicción inquebrantable: «Mi sueño es jugar un Mundial y ganarlo».
Recuerdos de un deporte que no existe más. Hoy, algunos aficionados se preguntan si esa esencia sigue intacta.
Y es que detrás de los récords de ingresos, de los contratos millonarios y de los estadios llenos existe una realidad difícil de ignorar: para millones de seguidores, asistir a un Mundial es más complicado que nunca. No por la distancia. No por la disponibilidad. Sino por el precio.
Quizá por eso la comparación entre 1994 y 2026 resulta tan reveladora. No se trata únicamente de que una entrada haya pasado de costar 180 dólares a rozar los 35.000. Se trata de entender qué ha ocurrido entre ambos extremos.
En aquel Mundial, Diana Ross falló un penalti y la portería se abrió igualmente. Treinta y dos años después, el fútbol sigue ofreciendo espectáculo. La diferencia es que ahora el acceso al mejor asiento del estadio tiene un precio que muy pocos pueden permitirse pagar.

