De todo el pantone de colores, hay uno que ha sufrido como ningún otro una campaña de acoso y derribo: el gris. Creo que habrá tantas personas en el mundo con este color como favorito como individuos que hayan dado uso a la aplicación “Radar Covid”, ese proyecto frustrado que se esconderá debajo de la alfombra, como todos hacemos en España cuando no nos sale algo como habíamos previsto. Una aplicación con un resultado gris. Porque gris es todo lo fracasado; “Tuvo una tarde gris”, que se dice. Gris es también todo lo aburrido; “Qué tío tan gris”, afirmamos cuando alguien nos aburre como un Getafe-Elche. Gris casi como insulto. El color que dio nombre a los cuerpos de seguridad en una etapa gris, el que casi se llama como una gran película y ahora musical, el color que nunca había escrito tantas veces y que, cuando lo leo repasando este texto, me parece hasta extraño. Gris.

Erigiéndome como abogado de causas que no importan a nadie, una tónica general a lo largo de toda mi vida, hoy quiero hacer un alegato por este color, que necesita una campaña de marketing, un lavado de cara para volver a conectar con una sociedad que está obsesionada con el blanco y el negro. Que si Kas Limón o Kas Naranja, que si Casado o Ayuso, Barça o Madrid, pera o manzana, Ortega o Gasset, Víctor o Manuel, Ana o Belén, Cristiano o Messi, cerveza o vino, Oasis o Blur… Los duelos del blanco y negro, como aquel disco exitoso cuando todavía a alguien le interesaban los discos. Por eso, aquí, en esta columna semanal de FORBES, quiero reclamar la inigualable belleza del color gris, que para mí es, más que ningún otro, sinónimo de libertad y de mesura, de sosiego y equilibrio.

Reivindico el gris porque, en un mundo cada vez más polarizado, es un color que no es gregario, que no pertenece a ningún equipo. No me calzo el blanco o el negro porque no soy como una oveja que tiene que escoger manada, porque me obligo a pensar y a no lanzar la cantinela de nadie. Me enfundo el gris porque me da la libertad de pensamiento, que poco tiene que ver con tomar una caña de Mahou. Llevo una zamarra gris porque, si la equidistancia es no precipitarse, bendita sea. Porque si ser gris es no entrar en una absurda refriega, me encanta serlo, a muchísima honra. Muchos consideramos que la vida real no es Twitter, que la identidad se construye teniendo independencia y que hay cosas que están muy por encima de lo que el otro piense, por muy diferente que sea.

Hoy el gris es contracultural, más aburrido que nunca, cosa del pasado. ¿Queríamos diversión? Aquí la tenemos, en blanco y negro. Como si fuesen algas invasoras, estos colores se han extendido desde la política a nuestro WhatsApp, con el idioma, el deporte o temas similares como estandarte. Ahora que se acerca un nuevo año, que todos pedimos algo de regalo, podríamos aprovechar para renovar nuestro armario y poblarlo de un color cada vez menguante: efectivamente, el gris. Seguramente, sea más aburrido que los otros, pero, a la larga, es mucho más sufrido y se le ven menos los manchones.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.