ARCO lo ha intentado con Lisboa, y mola, pero no es lo mismo. En Portugal no hay iguanas perdidas -“ofrezco 500 dólares por mi iguana Iggy, muy cariñosa, le gusta subirse a los árboles” dice uno de los carteles pegados en el faroleo local; ni caimanes en los manglares.

Los recién llegados a Miami para pasear su vanidad son más de 80.000 según el alcalde de la ciudad. Yo mismo soy uno de ellos. Inauguró el festín el desfile del LVMH de Bernard Arnault, el hombre más rico de Europa, con el homenaje a Virgil Abloh. ¡Qué lastima su muerte!, ¡Qué buena oportunidad para dotar de contenido a la vacuidad habitual de los desfiles! Las imágenes del homenaje a Virgil en Instagram conviven con el How to spend it, el suplemento del Financial Times, que se regala en la feria y que anuncia el último producto de la casa: un altavoz portátil de Vuitton con forma de peonza que cuesta 2.700 euros. Tienes que escuchar 2.700 canciones para que se salga a un euro el estribillo.

En Basilea todo está vendido antes de que la feria comience. El éxito de la muestra se mide en el número de aviones privados que aterrizan y se van los días previos. Los visitantes son la comparsa del negocio, los periodistas los cronistas de la cremación. Los que encendemos la hoguera. A la que te descuidas te ves hablando de dinero. Sonriéndole al dinero o criticando al dinero. Te creas inmune o no es fácil sentirse un títere del dinero en la Feria de Arte más importante del mundo en una de las ciudades más falsas del planeta junto con Vegas.

La belleza, la única capaz de hablarle al dinero de tú a tú, es la protagonista de la Feria, ni siquiera el sol que intenta defender su reinado se atreve a hacerlo. La belleza de lo expuesto no está a la altura de lo que se ve en Basilea. Miami es una feria de segunda con una ciudad en la segunda división de las grandes de América, con el bling bling latino en cada fiesta NFT -la burbuja del momento para wannabees- y un puñado de europeos que nos trajimos las camisas de flores para que Ayuso sepa desde Madrid que vinimos.

La feria se parece a un quirófano. Los galeristas te regañan si te sientas en los sillones de su stand, porque aquí no solo se expone obra, se elige la mesa que soportará los catálogos, las sillas que sujetaran tu culo maltrecho por las horas de pie, y las azafatas, jovencitas, pero de buena familia que filtran a los preguntones. “Aquí todo vale 400.000 si es obra y 40.000 si es litografía”, me cuenta una amiga que vive en Miami entre Thanksgiving y Reyes porque ya tiene a los hijos mayores. Dentro Art Basel suda la neutralidad Suiza aunque te cruces con gente vestida de cuadro, fuera Miami no puede dejar de ser vulgar.

Las putas se mueven con soltura en el bar del Four Seasons como en todas las ferias. Si el feriante ha cerrado un buen negocio tiene que celebrarlo. No hay feria sin sexo, pero siempre fuera del stand. El fuori di saloni es de silicona. En la playa del Soho House una carpa con muebles viejos acoge a los que primero se ponen pedo. No ha atardecido aun y el baile está en la playa. Algunos se bañan para sujetar el puntito, muchos miramos y ellos se dejan mirar.

Hay mucho house en el Soho House (25 grados 48, 947 N). Cae la noche a 188 millas de La Habana. Frente al chiringuito navega un barco con una pantalla de led que escupe anuncios de Bacardí, una de las grandes familias expoliadas por los guerrilleros. Nadie ve el anuncio. Todos van ciegos. Las pizzas por encargo del Cecconis intentan devolverles la vida. Hay americanas con tangas, tangas que sujetan culos Kardashian, pieles negras como el ébano, hombres de look descuidado para aparentar que son más jóvenes y arena en los pies. En el agua debe haber tiburones.

En tierra los tiburones van a cenar al Zuma. “Ríete de lo que has visto en el Four Seasons”, me cuenta mi “garganta profunda” en el Milos, el griego con el mejor yogur griego fuera de Grecia. “En quince años esta ciudad ha cambiado mucho, Miami era muy cutre. Siempre fue inestable porque su economía dependía de la inestabilidad de los ricos de América Latina, pero ahora la han descubierto los gringos”. Francis X. Suárez, republicano por supuesto, fue reelegido alcalde con el 80% de los votos el pasado noviembre.

En Miami como en todos los sitios las parejas discuten, donde pillan, en la calle, frente a las limusinas, pero en chanclas. Discutir en chanclas es mejor porque tus pies están más cerca de la realidad. Uber te toma el pelo y te rejonea para recordarte que la letra A no es de Art sino de atasco. Uber debería patrocinar la feria y no UBS, claro que aunque comparten la primera letra uno es un banco suizo y otro es una aplicación con conductores que emigraron.

Las fiestas entretienen a los visitantes. Los NFT son la última burbuja, me cuenta un indio que hace pasta en Nueva York. “Son una burbuja pequeña, mediana o grande que está a punto de explotar, eso es lo que no sabemos” pero mientras sirve para convocar fiestas y que las mujeres luzcan sus vestidos y bailen con alzas y los hombres las inviten a tequila para redefinir su masculinidad alcoholizada. Si tienes la pulserita pasas sino te paseas.

Miami, la capital de América Latina, con sus dictaduras como siempre las tuvo, con su dinero de color azabache, dando todas las facilidades para abrir una empresa en 30 minutos por teléfono, pero poniéndotelo muy muy difícil si quieres abrir una cuenta corriente. Y frente a ella La Habana, la de los casinos, la de las jineteras y las manifestaciones prohibidas. No dejen de escuchar online la entrevista que Carlos Alsina le hizo al exiliado cubano Yunior García Aguilera. Sus declaraciones sí que tienen arte.