Sábado, 2 de octubre. 17:00 horas. Cielo parcialmente despejado. Giro en Fuencarral y enfilo la Gran Vía de Madrid. De repente, casi un par de años después, me topo de bruces con la normalidad; no la nueva, que esa sólo fue un eufemismo, sino la de siempre. Cada acera de esta gran avenida es como una autopista de cinco carriles. Mi entrada no me ha permitido salir del carril derecho, que se ralentiza al pasar por el edificio de Telefónica. No sé qué les pasa por la cabeza, pero siempre hay alguien que piensa, quizá justo todo lo contrario, que es una buena idea detenerse de golpe a mirar algo. En mi caso, una señora se para como si llevase frenos de disco y varios chocamos con ella, con los consiguientes chasquidos de lengua y algún “joder” aislado. A un chaval se le cae su vaso de Starbucks, un litro de agua manchada en café.

Desde la otra acera llegan gritos ahogados, vítores. Por un momento, pienso en que hay algún famoso, pero no. Junto a ese Partenón de Ali Express que es la nueva estación de Metro de Montera, homenaje extemporáneo al templete de Antonio Palacios, un gran círculo de gente rodea a cuatro muchachos que animan al público, que aplaude entusiasmado. Me detengo a observarlo, ya cerca de la carretera. Tres minutos de expectación, de más gente congregándose y chocándose, para un espectáculo que consiste en muchas peticiones de aplauso y algún salto poco destacable. Al menos, los niños que lo observan parecen felices, la verdad sea dicha.

Paro en un semáforo. Un coche hace sonar el claxon y quien va delante se enfada, lanzando unas palabras que mejor no replicar en esta columna, pero que convierten en poesía al “joder” anterior. Ya casi nadie porta la mascarilla, pienso en medio de la acumulación de gente que esperamos para cruzar. La hora, justo tras la sobremesa, y la cercanía al resto de viandantes, me hace percibir el olor a café y alcohol del aliento del señor que tengo a mi lado, que claramente ha comido fuera de casa. El semáforo se pone en verde y el pelotón sigue su curso.

El motivo por el que estoy en esa calle y a esa hora es un recado que tengo que hacer en una de las grandes tiendas de la Gran Vía. Voy a tiro hecho, que no está el día para recrearse con parsimonia en las prendas del establecimiento. Tardo un minuto en encontrar lo que buscaba y diez en pagarlo, tras ver cómo abonaba sus compras la decena de personas que me precedía. No faltaba, por supuesto, el consiguiente retraso en cada uno de ellos, que decidía de repente hacerse cliente de la tarjeta de fidelización del establecimiento. Pienso en la cantidad de veces que lo he hecho yo frente a las que lo he utilizado. Mi ratio tiene que ser el mismo que el de finales ganadas por mi Athletic estos últimos años.

Vuelvo a la Gran Vía y termino mi recorrido girando en Tudescos, donde inicio el camino de regreso a casa. Los efluvios de distintos pises de la noche anterior me inspiran y me pongo a pensar en la recuperación de la normalidad de siempre, que también era esto. En vez de ponerme nostálgico y echar de menos la anormalidad, si puede llamársele así, me doy cuenta de que lo maravilloso de estar superando ya esta situación es, precisamente, poder escoger voluntariamente meterse en semejante barullo. Lo que a uno le quema no es equivocarse, es no tener la posibilidad de hacerlo si le da la gana.

Bienvenida, normalidad. Te echaba de menos.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.