Banda sonora para la lectura: Skirting de la banda sonora compuesta por Michael Nyman para la película “Le Mari de la coiffeuse “(1990). En lenguaje coloquial o jurídico, skirting the law significa moverse en el límite de la legalidad, sin llegar aparentemente a infringir la norma.
Los medios presentan el acuerdo alcanzado hoy entre Meta y los fiscales generales de 29 estados norteamericanos como una derrota histórica para Mark Zuckerberg. La narrativa generalizada en los medios informa que la compañía habría sido obligada a pagar hasta 16.680 millones de dólares por diseñar Facebook e Instagram de forma que favorecieran conductas adictivas entre menores, ocultar riesgos conocidos y recopilar información personal de niños y adolescentes sin el consentimiento adecuado de sus padres. La cifra es tan gigantesca que invita a pensar en una capitulación. Pero las cifras astronómicas, como la contabilidad del pollo y el medio pollo, pueden ayudar a leer historias diferentes.
Una primera lectura sería, no cuánto paga Zuckerberg, sino qué impacto real tiene la multa en sus números corporativos y personales. Porque una cosa es la abultada cantidad de la cifra acordada, y otra muy distinta su impacto económico efectivo. Meta obtuvo en 2025 alrededor de 60.000 millones de dólares de beneficio neto. Traducido al lenguaje empresarial más simple, el que me puedo permitir, el acuerdo equivale aproximadamente a menos de cuatro meses de beneficios. Estamos hablando de una cantidad que arruinaría a la inmensa mayoría de las empresas del planeta, pero que para la compañía americana constituye un coste extraordinario, pero entiendo que perfectamente asumible.
Es más. Una lectura más allá de los números debería valorar también, no cuánto va a pagar Meta y a cambio de qué, sino cuánto ha evitado pagar.
Un juicio de estas características suponía abrir durante meses, quizá años, los archivos internos de la compañía al escrutinio público. Ingenieros, directivos, psicólogos conductuales, expertos en producto y antiguos empleados hubieran comparecido ante los tribunales explicando cómo se diseñan las plataformas para maximizar la atención de los usuarios. Cada documento habría generado titulares. Cada declaración, una nueva crisis reputacional. Cada revelación, una oportunidad política para reguladores y activistas. Los 16.680 millones no compran indulgencia.
¿Y, a cambio de qué? Porque al examinar las condiciones conocidas del acuerdo se descubre que las restricciones afectan fundamentalmente a los menores de edad. Habrá limitaciones horarias, mayores herramientas parentales, restricciones durante la jornada escolar y mecanismos adicionales de control. Todo ello puede sonar contundente en un comunicado de prensa. Sin embargo, el corazón económico del negocio permanece intacto.
Un gran amigo experto en crisis empresariales me habla de un triunfo total, y me lo compara con las restricciones al alcohol o el tabaco, muchísimo más amplias y para cualquier público, en publicidad, lugares de consumo y horarios de venta. En la MAGA, el producto no queda manchado, solo se entrena y aplaza su consumo intensivo para poco tiempo después.
Meta no ha tenido que renunciar a la publicidad personalizada. No ha tenido que desmontar sus sistemas de recomendación. No ha tenido que alterar la arquitectura algorítmica que sostiene su modelo de ingresos. No ha tenido que transformar la lógica fundamental de sus plataformas. En definitiva, ha aceptado restricciones operativas muy visibles de cara a la opinión pública, pero ha preservado aquello que realmente genera valor para la compañía y a sus accionistas.
Pero quizá exista una dimensión todavía más interesante. Tampoco soy psicólogo ni especialista en marketing conductual pero creo que cuando algo se restringe, aumenta su atractivo. Cuando una conducta se limita, surge el deseo de desafiar la limitación. La literatura psicológica lleva décadas estudiando este fenómeno conocido como reactancia que no es otra cosa que la tendencia humana a valorar más aquello cuya disponibilidad se reduce. Me viene a la cabeza el chiste del cartel de “ojo mancha, recién pintado” en un banco de la calle. Todos los que pasan por ahí, pondrán el dedo para ver si es cierto.
Y si esta reacción humana resultara mínimamente cierta, estaríamos ante una ironía extraordinaria confirmatoria de que algunas medidas diseñadas para reducir el atractivo de las plataformas podrían contribuir a reforzarlas. Y ello, sin considerar la cantidad de nuevos datos e información, mucha biométrica, que la medida permitirá recabar en su nueva era de aparentes limitaciones.
En efecto, puede que el acuerdo proporcione a Meta un beneficio reputacional considerable. Padres, educadores, reguladores y organizaciones de protección infantil podrán afirmar que la compañía ha escuchado las críticas y ha rectificado determinadas prácticas. El resultado es una mejora significativa de su posición institucional sin necesidad de alterar sustancialmente su negocio.
Y aquí llega la parte incómoda de la lectura de la noticia publicada por la mayoría de medios. Como observador cualificado (soy padre de menores), la obsesión por convertir a las plataformas tecnológicas en los únicos responsables de todos los problemas asociados al uso intensivo de pantallas corre el riesgo de ocultar una realidad mucho más compleja. Las redes sociales influyen. Los algoritmos condicionan comportamientos. Nadie debería negarlo. Pero tampoco conviene olvidar que la principal responsabilidad educativa sigue descansando fuera de Silicon Valley.
Ninguna regulación debiera sustituir la supervisión parental o la vigilancia de otros educadores. No deberían existir multas (acuerdos) para reemplazar o potenciar la educación. Es inaceptable que un algoritmo pueda asumir la función que corresponde a una familia. Quizá resulte más sencillo señalar a Zuckerberg que preguntarse qué papel están desempeñando los adultos en la formación digital de sus dependientes.
Bajo esta perspectiva, preocupa observar la noticia exclusivamente como una derrota para Meta. Es una cifra enorme, sí, pero también una extraordinaria operación de gestión de riesgos. Una empresa que paga menos de cuatro meses de beneficios para cerrar una amenaza jurídica potencialmente mucho mayor. Una compañía que mejora su imagen ante reguladores y padres sin destruir el núcleo de su negocio. Y un fundador que, una vez más, demuestra una notable capacidad para transformar amenazas existenciales en costes asumibles. Unas capacidades parece que solo reservadas para los oligarcas empresariales del planeta.
Video recomendado, en esta ocasión, un anuncio, el de Apple, la compañía de Steve Jobs, estrenado en la Super Bowl de 1984 para presentar el Macintosh al mundo. Para los expertos en publicidad, uno de los mejores anuncios de la historia. Un homenaje a George Orwell y su obra, dirigido por un joven Ridley Scott. Una pieza histórica de la publicidad creado por la agencia Chiat Day.
By Jesús Mardomingo. Abogado de largo recorrido. Actualmente en Andersen. Defensor de la economía naranja, como modelo de desarrollo en el que la diversidad cultural y la creatividad son punto clave para abordar con éxito la actual transformación social y económica que el planeta demanda. Socio de Masamu.org

