Opinión Jesús Mardomingo

El eclipse de la cultura general

El día que en Islandia hubo un eclipse total.

Banda sonora: Across the Universe (The Beatles)


Estos días, la conversación pública parece girar en torno a un eclipse. Los medios de
comunicación, solo ellos, dedican espacios destacados, las redes sociales se llenan de
explicaciones astronómicas y millones de personas miran al cielo con una mezcla de
curiosidad y fascinación. No hay nada reprochable en ello. Los eclipses han cautivado a la
humanidad desde tiempos remotos y continúan despertando ese saludable asombro que
nos recuerda nuestra pequeñez en el universo.

Sin embargo, mientras observo esta atención colectiva incentivada por medios e
influencers, no puedo evitar recordar una experiencia personal de hace más de medio
siglo.

Como tantos jóvenes españoles de mi generación, pasé por el servicio militar obligatorio.
Antes de jurar bandera, miles de reclutas nos concentrábamos en Camposoto, en San
Fernando (Cádiz), para recibir instrucción y superar las pruebas de cultura general de la
tropa. Perdón por los anacronismos. Recuerdo también especialmente una pregunta del
examen que hoy parecería elemental: «¿La Luna es un satélite o un planeta?».
La respuesta correcta era, naturalmente, que la Luna es un satélite natural de la Tierra. Lo
sorprendente fue comprobar que aproximadamente tres de cada cuatro examinandos no
respondieron, o respondieron de forma incorrecta.

Durante años he recordado aquella anécdota con una mezcla de asombro y tristeza.
Entonces podría atribuirse el resultado a las carencias educativas de una España que
todavía estaba lejos de los niveles de escolarización actuales y que representaba
elevados grados de analfabetismo, siquiera funcional.

Parecería lógico pensar que, con el paso de las décadas, una pregunta semejante
obtendría hoy un porcentaje abrumador de respuestas correctas.

Vivimos en la sociedad más informada de la historia. Nunca había existido tanto acceso al
conocimiento. Un teléfono móvil permite consultar en segundos cualquier duda
científica, histórica o jurídica. Las bibliotecas digitales contienen más información de la
que generaciones anteriores hubieran podido imaginar. La inteligencia artificial es capaz
de responder instantáneamente preguntas que antes exigían horas de búsqueda.
Sin embargo, la abundancia de información no siempre produce más conocimiento.
Durante siglos, la educación consistió en incorporar conocimientos al propio equipaje
intelectual. Hoy, cada vez más, confiamos en que la respuesta estará disponible cuando
la necesitemos. Hemos externalizado parte de nuestra memoria hacia los dispositivos
tecnológicos.

No se trata de nostalgia. Nadie en su sano juicio renunciaría a los avances tecnológicos ni
a las oportunidades de acceso al conocimiento que ofrecen. Pero sí conviene preguntarse
si estamos confundiendo información con formación.

Cuando una sociedad pierde el hábito de cultivar la cultura general, corre el riesgo de
empobrecer su capacidad crítica. La cultura general no consiste en acumular datos
aislados para ganar concursos televisivos. Su verdadera función es proporcionar un
marco común de referencia que permita comprender mejor la realidad. Es el tejido
conectivo que une las distintas disciplinas y facilita la tan necesaria conversación
civilizada entre los ciudadanos de hoy.

Por eso me pregunto qué ocurriría si hoy repitiésemos aquel examen de la “mili”. Tal vez la
mayoría respondería correctamente que la Luna es un satélite. Sería una magnífica
noticia. Pero también sospecho que otras preguntas aparentemente sencillas podrían
arrojar resultados inesperados. No porque seamos menos inteligentes que nuestros
padres o abuelos, sino porque prestamos atención a cosas diferentes y porque la
fragmentación informativa ha sustituido, en parte, a los conocimientos compartidos.
Hay además otro aspecto que merece reflexión. La atención pública es un recurso
limitado. Cada vez que un tema monopoliza el debate social, otros asuntos desaparecen
temporalmente del foco. Es lo que podríamos llamar el «efecto eclipse». Durante unos
días hablamos casi exclusivamente de un fenómeno astronómico mientras problemas
estructurales como la productividad económica, la sostenibilidad de las pensiones, la
calidad educativa, el acceso a la vivienda, la defensa de las fronteras nacionales, el
estado de las infraestructuras, la necesaria solidaridad con Colombia o los desafíos
demográficos reciben una atención comparativamente muy menor.

No es un fenómeno nuevo. La historia está llena de acontecimientos capaces de absorber
la conversación pública. La diferencia es que hoy los ciclos informativos son más rápidos,
más intensos y más efímeros. Lo que ocupa todas las portadas una semana puede
desaparecer completamente de ellas la siguiente.

Quizá por eso la pregunta sobre la Luna conserva para mí una inesperada actualidad. No
por su contenido astronómico, sino por lo que simboliza. Nos invita a reflexionar sobre
qué sabemos realmente, cómo aprendemos y cuáles son las prioridades de nuestra
atención colectiva.

La Luna seguirá orbitando alrededor de la Tierra mucho después de que terminen los
titulares dedicados al eclipse. Los grandes desafíos de nuestra sociedad también
seguirán ahí cuando las tendencias informativas hayan cambiado de dirección. Tal vez la
cuestión verdaderamente importante no sea si sabemos que la Luna es un satélite, sino si
somos capaces de evitar que el ruido de la actualidad eclipse aquello que realmente
determina nuestro futuro.

Porque una sociedad puede contemplar con admiración los eclipses del cielo. Lo
preocupante sería acostumbrarse a los eclipses de la razón, de la cultura general y del
pensamiento crítico.

Película recomendada: Binta y la Gran idea https://vimeo.com/84569319 (dirigida por
Javier Fesser) Binta tiene siete años, vive en una preciosa aldea junto al río Casamance en
el sur de Senegal, y va al colegio. Binta admira a su padre, un humilde pescador que,
preocupado por el progreso de la humanidad, está empeñado en llevar a cabo algo que se
le ha ocurrido. Solo 29 minutos. Y ojo a la banda sonora de un maliense albino.

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