Con el sol, amanezco y me preparo una buena taza de café. Salgo a cubierta y empiezo a ver claramente los alrededores del fondeo. Ayer, cuando llegué, empezaba a oscurecer. El silencio es absoluto y siento que el cuerpo ha descansado. Después de siete días de travesía desde Madagascar, dormir del tirón me ha sentado genial. Lo disfruto en cubierta, viendo el sol aparecer por el fondo de la playa.
Estoy fondeado en 13 metros de profundidad, a escasos 200 metros de la playa. Las mareas aquí son de unos tres o cuatro metros y forman corrientes muy fuertes. Desde la cubierta, me quedo mirando la playa de arena blanca con cocoteros al fondo. En un extremo de la playa hay un buque naufragado desde hace 90 años. Más allá del naufragio, se acaba la playa y empieza un campo de manglares, justo en la desembocadura de un río. En el otro extremo, la playa se pierde de vista, bordeando una parte del canal de entrada al fondeo. Todo el canal está lleno de bancos de arena que, con la marea baja, se convierten en pequeñas islas paradisíacas durante unas horas, hasta que la marea vuelve a subir. Con el tiempo y la corriente, estos montículos de arena van cambiando de posición. En el lado opuesto de la playa, empiezan a formarse los bancos de arena. No veo la hora de explorar toda esta zona.
El Sofía y yo estamos en lo que, teóricamente, sería un buen fondeo en caso de que llegara una baja presión del sur. Por el norte estamos protegidos por la desembocadura del río, al este, por la playa, y, por el sur y el oeste, por los bancos de arena y el canal de entrada. La ola no debería incomodar si el viento aumentara de intensidad, que es lo más probable. Sí que es verdad que está bastante expuesto al viento, porque el entorno no es lo suficientemente alto como para crear una zona a sotavento de tierra. Con este fondo debería haber buen agarre.
Ayer por la tarde y durante gran parte de la noche llegaron más veleros, todos rumbo a Sudáfrica, aprovechando la buena ventana meteorológica que había en la zona del norte. Organizamos una cena en el resort que hay en la costa. A lo largo de la playa, camufladas entre los cocoteros, hay varias villas que pertenecen al resort. Parece estar todo muy calmado, no hay rastro de huéspedes. En la parte central de la playa está situada la zona del bar, el restaurante y la piscina. Parece que todo forma parte de una postal. Es idílico. De fondo, el Sofía fondeado. Estoy en Mozambique… Mi cabeza explota.
Al día siguiente, todos parten hacia Sudáfrica para llegar lo antes posible. Yo no me lo quiero tomar con tanta prisa y decido quedarme aquí unos días más, hasta la próxima ventana de tiempo. Ahora mismo, me apetece mucho quedarme en un fondeo con un paisaje increíble para descansar y explorar durante unos días. Y comprar un poco de gasoil.
La gasolinera más cercana está a una hora y 30 minutos de donde está fondeado el Sofía. Rápidamente, hago amistad con la encargada del resort y me ayuda a organizar el viaje. La ruta en todoterreno es preciosa. Un camino de arena, que parece extraída del Sáhara, recorre toda la península, repleta de cocoteros y manglares. A lo largo del camino, entre la vegetación, se esconden pequeñas aldeas de unas 10 casas. Están construidas con troncos y tienen los tejados hechos de hojas de cocotero entrelazadas. En medio de cada agrupación de casas hay una explanada de tierra, como si fuese la plaza y el centro de la aldea. Todo en su ubicación ideal.
Durante la hora y media de ida a la gasolinera, vamos parando y Alfonso va recogiendo niños y subiéndolos al maletero de la pick-up para acercarlos al colegio, ya que está a una hora de camino andando.
Me gusta la gasolinera, muy vintage. Sin embargo, el surtidor es lo suficientemente largo como para poder llenar los bidones desde el maletero, ahora custodiados por niños. Todos colaboran y van abriendo y tapando de nuevo los bidones a medida que se van llenando.
Durante el camino de vuelta, paramos en el mercado para que pueda comprar algo de comida fresca. Sin disponer de dinero en efectivo, todo se complica. Aun así, consigo patatas, cebollas, huevos, yogur, algo de galletas y deliciosos tomates.
Morrumbene es un pueblo formado por una calle principal asfaltada, donde, a ambos lados, los autóctonos venden diferentes vegetales y frutas en puestecitos de madera. Alrededor de la calle principal, puedes caminar entre los infinitos caminitos de tierra donde están las casas de los locales. El mismo estilo de construcción, pero con diferentes materiales, como chapa, hormigón o madera.
En cuanto dejamos la carretera principal y empezamos el tramo más todoterreno, haciendo el camino inverso al de antes, tenemos una panorámica de la península. El camino de color marrón se abre paso entre miles de cocoteros y, al final del plano, aparece el fondeo, completamente teñido del color del océano. Alfonso propone hacer una parada para observar las vistas mientras nos refrescamos con un coco.
Misión gasoil conseguida y Mozambique empieza a gustarme demasiado.

