Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 39 | «Mozambique, un refugio inesperado en mitad del Índico», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Empiezo mi tercera semana en Mozambique y no se me ha pasado por la cabeza levar ancla y seguir hacia el sur, por el momento. En unos días, se presenta una buena ventana de tiempo para saltar a Sudáfrica, pero, con todo lo que he vivido en este sitio remoto, decido dejarla pasar. Ya aprovecharé la siguiente… Es especial cuando encuentras un sitio como este, los astros se alinean y encuentras tu fondeo.

Sinceramente, no está cerca de ser el fondeo perfecto porque no está protegido del viento del sur, aunque el fondo te ofrezca buen agarre y no se forme ola. Lo que hace que esta parte perdida de Mozambique me haya cautivado es la tranquilidad y amabilidad que se respira. Desde el primer momento me he sentido bien recibido y cuidado. Cada interacción que he tenido con la gente del lugar me ha dejado un aprendizaje u otro punto de vista. He pasado muchas horas dando paseos por el camino que lleva al pueblo, árido y seco. Me encanta observar cómo viven, cómo se organizan, qué costumbres tienen, cómo pasan su tiempo libre y, en general, conocer diferentes estilos de vida. A grandes rasgos, todo parece tener un patrón determinado, pero, si profundizas un poco más, te das cuenta de lo importante que es fijarse en los detalles.

Los pescadores locales, con la luz del alba, ya están en sus botes con el aparejo de pesca en el agua. El aparejo consta de un hilo muy fino con un anzuelo en el extremo, el hilo lo enrollan en una botella de plástico. Al mediodía, cuando ya tienen algo de captura, se suelen acercar y me ofrecen lo que tienen. No quieren dinero a cambio, pero, la verdad, me sabe mal. Establecemos una serie de intercambios: carapao (pescado típico de esta zona) por latas de garbanzos, calamares por anzuelos e hilo de pesca. Muchas veces traen al barco cocos y les doy pasta, arroz y diferentes tipos de comida en conserva. Creo que estamos acelerando el comercio en el fondeo. El Sofía se convierte en el eje principal de la actividad de la zona. Cuando pueden, también traen a las negociaciones fruta fresca y verduras. En estas ocasiones, las transacciones son mayores porque este tipo de bienes son complicados de conseguir.

Tanto el pescado como la comida fresca son de muy buena calidad y, durante las noches, disfruto cocinando diferentes platos, para mí, elaborados. Seguramente, a ojos de la mayoría, sería un plato simple y básico. Música y a los fogones para luego cenar en la mesa de cubierta con la luna y las estrellas.

Lógicamente, estos momentos, entre muchos otros, hacen que todo cobre sentido y que los malos momentos se vean recompensados. Esta semana esperamos dos frentes en la zona que traerán vientos de hasta 35 nudos y lluvia. Por suerte, de momento no hay pronóstico de tormentas eléctricas, pero puede cambiar en cualquier momento. Como el fondeo es amplio y hay buen agarre, decido prescindir de la segunda ancla. Me quedo fondeado con 70 metros de cadena en 13 metros de profundidad. Se puede sentir que el frente se está acercando porque el cielo trae otro tipo de nubes, la temperatura baja de golpe, el viento rola de dirección y, de repente, el ambiente cambia. Huele a lluvia. Me encanta este olor.

En unas horas, ya hay 30 nudos de viento y el Sofía aguanta bien. Evidentemente, hoy no hay comercio. Cerrado por mal tiempo. Suerte que he montado un pequeño stock a bordo y tengo provisiones hasta que se calme. Paso el día haciendo pan, un poco de limpieza, poniendo orden y leyendo bastante en cubierta, protegido de la lluvia. Por la noche, mientras estoy preparando la cena, veo el cielo iluminarse de manera intermitente. Salgo a cubierta y, por estribor, está pasando una tormenta eléctrica. Según la dirección del viento, debería pasar de largo sin afectarnos. Enciendo el radar para asegurarme de la dirección en la que se mueve y respiro tranquilo. Ceno mirando los rayos bajar hasta la superficie del mar. El trueno tarda en llegar porque la tormenta está lejos, fuera de peligro. Tengo el privilegio de cenar viendo un espectáculo de luces y sonidos única y exclusivamente para mí y el Sofía.

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