Llevo una semana en Mozambique, fondeado en mi refugio. Últimamente, ha sido todo como una partida de parchís. De una casilla a otra, pero esperando a que el dado mostrara los números que necesitaba para moverme de manera segura. Solo falta un gran movimiento para llegar al final del océano Índico. He navegado tres cuartas partes del tablero entero, sin embargo, el último cuarto se va a hacer largo.
Me doy cuenta de que a veces me hago preguntas o hago comentarios que, si no hubiera estado tanto tiempo solo, no se me habrían pasado por la cabeza. Tanto tiempo contigo mismo te hace razonar de manera diferente, actúas analizando la situación previamente. Si a esta soledad, le sumas vivir a bordo, se te desarrolla un sexto sentido con el que percibes todo tipo de movimiento, incluso en la oscuridad. Da igual que la jarcia esté chirriando por el chubasco que nos está azotando: puedes escuchar cualquier ruido anormal. Escuchas el compresor de la nevera, que está súper aislado, encenderse y apagarse. Sientes las leves variaciones de temperatura que trae el viento y sus cambios de dirección en el movimiento del Sofía. Tu olfato se intensifica hasta parecer un perro.
Siento como si estuviese con gente que ya conozco. Julie, la mánager del resort que hay en la playa, me ha acogido como si fuese de su familia. La misión de ir al pueblo a comprar comida fresca es bastante complicada: el pueblo más cercano está a una hora en todoterreno por caminos muy complicados. Cada tres o cuatro días, recibo un kit de supervivencia por su parte. El kit suele llevar unos tomates, zanahorias, cebollas, bananas, huevos, papaya y algo de pollo. Me siento en deuda con ella y hago una sesión de fotos y vídeos con el dron. El objetivo es el resort, para enviárselos a Julie y que pueda usarlos como publicidad en sus redes sociales.
Mussa tiene 32 años y tres hijos. Vive en Morrumbene y trabaja aquí, en el resort. Para no hacer el camino cada día, los días que trabaja duerme en unas habitaciones al lado del resort y el fin de semana lo pasa con su mujer e hijos en el pueblo. Cada día pasamos algún rato hablando. En una ocasión, me comenta que su sueño es ver un velero por dentro. Inmediatamente, cogemos el bote y vamos a hacer un aperitivo a bordo. Unas cervezas y unas aceitunas rellenas de anchoa. Navegan conmigo desde que zarpé de España. Hoy me doy el gusto de abrirlas para compartirlas con Mussa en el Sofía. No me puedo despistar porque, aunque sea la primera vez que Mussa prueba las aceitunas, parece que le han encantado y se las está tragando de cuatro en cuatro. Antes de que se ponga el sol, le llevo a la playa. Le regalo dos botes más de aceitunas.
A las 10:00 de la mañana se acerca una motora con un trabajador del resort y me dice que dentro de una hora esté en la playa para ir a ver los bancos de arena. Obediente, a las 11:00 h me planto en la playa y allí está Arlindo esperándome. Julie le ha dicho que me lleve a explorar la zona poco profunda, donde los bancos de arena se convierten en islas paradisíacas con la marea baja. El agua es transparente y de color azul turquesa. Con la motora nos vamos moviendo entre los pequeños canales navegables que hay entre las dunas de arena que sobresalen del mar. La orilla está llena de estrellas de mar y los flamencos descansan en las porciones de arena húmedas. Es una auténtica locura el abanico de colores marrones y azules que hay en el escenario. La subida y bajada de la marea hace que la arena esté seca y ardiente en el extremo más interior de la isla y, a medida que te vas acercando a la orilla, se va humedeciendo y cambiando de color. Lo mismo pasa con el color del agua y la profundidad.
Diferentes tonos de azul turquesa según la profundidad. Dejamos la lancha en la orilla, con cuidado para no molestar a ninguna estrella de mar, y nos tiramos a bucear un rato. La orilla es un acantilado sumergido. A dos metros de la orilla, el fondo baja de golpe hasta los 10 metros, por lo menos. Un pescador pasea por la playa cargando un saco bastante grande lleno de cangrejos en una mano y, un arpón, en la otra. Deja el saco en la orilla y, con el arpón cargado y las gafas puestas, empieza a sumergirse. Como si fuese una competición de apnea, desaparece en las profundidades del canal. Al cabo de unos minutos, empiezo a sufrir porque no lo veo salir. Aparece con una respiración tranquila y un cangrejo en la punta del arpón.
En el extremo de esta islita hay una parte en la que el agua te llega hasta los tobillos y, donde los pescadores aprovechan para recoger sus redes con las capturas. Arlindo y yo nos ponemos a tirar de una red, ayudando a los pescadores. Después de 30 minutos tirando, aparece la captura: calamares de un tamaño importante y varios carapaos. Es impresionante porque todo lo hacen a vela. No tienen motor. Vientos fuertes, muchas corrientes y enormes redes con las que maniobrar… Mis respetos.

