La pandemia no consiguió aplacar el mítico jolgorio de fin de año de Saint Barthélèmy – ‘St. Barths’ para los amigos. La minúscula isla de las Antillas francesas que mide apenas 24km2 volvió a acoger una larga lista de estrellas como Paul McCartney, Robbie Williams o John Legend y grandes fortunas del mundo entero. Lo que nadie se esperaba es la cantidad de personas que decidieron quedarse en la isla, convirtiéndola en un refugio improvisado para familias y personas adineradas durante la pandemia. «Los jet-setters suelen marcharse el 2 o 3 de enero, pero este año fue diferente. Nadie quiso regresar a Nueva York, a Ginebra, a Londres o a París. Todo el  que pudo, prolongó su estancia,» explica Kevin Lawrie, dueño de Mango Mango, una conserjería de lujo en St. Barths.

Playa Salines. Foto: St. Barth Tourisme

Es el caso de Paul Kempe, fundador de City & Provincial Properties Plc, un importante grupo inmobiliario basado en Londres, y de Tileyard London, un centro de estudios musicales, y dueño de Sotheby’s Iberia. «Jamás pensé quedarme tanto tiempo. Solo íbamos a estar tres semanas, como cada año», explica Kempe. «¡Pero llevamos ya cuatro meses!». Según veían las restricciones endurecerse en Inglaterra, Kempe y su mujer fueron alargando su tiempo en la isla. «Pensábamos que sería fácil alquilar una casa debido al cierre de tantas fronteras, pero ha sido muy complicado porque ha habido mucha demanda. Tuvimos que cambiarnos seis veces de casa y tres veces de hotel, hasta que por fin decidimos comprar una casa».

Disfrute de la isla más tiempo

«Muchos clientes alargaron sus estancias tres o cuatro meses, en lugar de quedarse una o dos semanas como es lo habitual«, explica Anne Dentel, responsable del servicio de alquiler de villas del prestigioso Hotel Eden Rock. «Sin duda la mayoría de las personas han preferido alquilar un casa donde se sienten más protegidas, pero con todos los servicios de un hotel como cocinero o conserje».

Eden Rock Hotel

Este entusiasmo se notó especialmente en la venta de casas. Zarek Honneysett, CEO de Sibarth Real Estate, una inmobiliaria con una larga historia en la isla, explica: «A partir de noviembre 2020 vimos un auge tremendo en la demanda de gente que buscaba comprar una casa en St. Barths. Hay casas que llevaban 10 años a la venta que se pudieron vender este año. Se están vendiendo más casas de las que entran en el mercado. No damos a basto».

Sentirse seguro

Además de sus playas idílicas y aguas cálidas, ¿qué hace que las fortunas del mundo hayan elegido St. Barths para refugiarse durante la pandemia? Lo primero que citan todos los entrevistados es la seguridad que sienten. Lo habitual es no cerrar la puerta del coche o despreocuparse por las pertenencias en la playa mientras uno se va a nadar. Esta seguridad se debe en gran parte al acceso complicado a la isla cuya pista de aterrizaje mide 650m, una de las más cortas del mundo, en el que solo pueden aterrizar avionetas de hélice con una capacidad de entre ocho a 20 pasajeros. La llegada por barco también se hace con cuentagotas.  

«Me ha sorprendido conocer la isla fuera de la temporada festiva de fin de año. He descubierto una isla tranquila y harmoniosa donde la gente es muy abierta y amable. Todo el mundo se viste igual, en shorts y camiseta. No hay competiciones absurdas de llevar relojes caros o ropa de diseño como se puede ver en otros destinos de lujo en el mundo. En la playa puedes estar hablando con un camarero o con un millonario. A nadie le importa».

«A diferencia de otros destinos, uno no viene a St. Barths a refugiarse en su resort. Toda la isla es bonita. Uno viene a recorrerla entera y eso da una sensación de libertad», señala Zarek Honneysett. «Es un pequeño paraíso francés en medio del Caribe con una excelente oferta de gastronomía, de servicios y un amplio abanico de posibilidades para los amantes del deporte».

Teletrabajo y buenos servicios

Puerto de Gustavia. Foto: St. Barth Tourisme

Muchos de los que alargaron su estancia pudieron hacerlo gracias al cierre de oficinas y al auge del teletrabajo en sus países de origen. «Lo que ha hecho viable trabajar desde St. Barths para mis clientes es el buen nivel de servicio. Por ejemplo si necesitas un cargador para el ordenador o reparar tu conexión de wifi, lo consigues enseguida», explica Kevin Lawrie que durante años recorrió el mundo como comandante y primer oficial en yates de lujo tanto privados como comerciales. «Por experiencia sé que esta facilidad y rapidez no se da en las demás islas caribeñas».

Paul Kempe destaca otro valor que aprecia de la isla. «Aquí hay el mejor networking que jamás he visto. Es mucho más fácil que en Londres por ejemplo. La gente baja la guardia y por eso la interacción entre personas desconocidas se hace de forma muy natural. Eso para el trabajo es fantástico».

El coronavirus golpea St. Barths

No ha sido un año libre de dificultades para este destino que depende del turismo internacional. Tras el cierre de la isla en marzo 2020 y un confinamiento total dictado desde París, St. Barths volvió a abrirse en junio 2020 con un protocolo anti-Covid para los que llegaban de fuera. La temporada alta, que suele arrancar a mediados de diciembre, se adelantó. «A finales de noviembre, para Thanksgiving, no concebíamos la cantidad de turistas estadounidenses que llegaban», recuerda Kevin Lawrie. El año nuevo confirmó este presagio. «Mi negocio como conserje de yates se multiplicó por diez en número de clientes, en ingresos, en todo».

A la isla le gusta presumir del elenco de mega-yates que acuden cada año al Puerto de Gustavia. Este último fin de año, el número de escalas de náutica de recreo en St. Barths superó en 6,6% las cifras del 2019, que ya había sido un año fastuoso. La noche del 31 de diciembre de 2020, entre los 277 barcos amarrados en el Puerto de Gustavia se encontraba el tercer yate más largo del mundo, el Eclipse de Roman Abramovich de 162,5 metros. También se encontraban el Grand Bleu (113,14m), Ulysses (116m), Symphony (101,04m), Kaos (110m) y el IJE (108m).

Más contagios por coronavirus

Tanta celebración pasó factura y el aumento en número de casos de covid-19 a finales de enero 2021 hizo que el gobierno francés volviera a cerrar la isla el 2 de febrero. Los que ya estaban presentes, como Paul Kempe, pudieron seguir alargando su estancia, pero ya no pudo entrar nadie más. «A partir del nuevo cierre, todo cambió. Solo teníamos un tercio de villas alquiladas de las que tendríamos normalmente para esas fechas», precisa Anne Dentel. Tanto la regata St. Barths Bucket prevista para marzo como la regata Les Voiles de St. Barth en el mes de abril fueron anuladas. El cierre de la isla también se notó de forma dramática en la náutica de recreo que cayó un 97% en abril.

Villa Infinity. Foto: Sibarth Real Estate/Jeanne Le Menn

Paul Kempe y su mujer ya han cerrado la puerta de su villa en el caribe, obligados a volver para poder atender sus negocios en un Reino Unido ya desconfinado. Pero los turistas americanos vacunados consiguen entrar en la isla ya abierta desde mediados de mayo.

Los que han conocido este paraíso en tiempos de pandemia, se quedan con un muy buen sabor de boca. Tanto, que la venta de villas continua. Como brocha de oro a este año particular, Honneysett me muestra las fotos de una villa que acaba de vender en el primer trimestre del 2021. Una casa con vistas panorámicas del mar caribeño en un terreno de una hectárea y media, cuyo precio roza los 30 millones de euros. Otro multimillonario que se aseguró su parcela de paraíso para escapar de la pandemia mundial.