FOTO: XAVI TORRES-BACCHETTA

Puede que el yoga tardara unos 5.000 años en llegar hasta el mundo occidental, pero probablemente 2020 haya marcado un hito en el calendario de muchos aficionados a esta disciplina de origen hindú. Para Xuan Lan Trinh (Francia, 1974), además, ha sido el año de su despegue empresarial. Esta profesora de origen vietnamita y autora de dos libros que ha puesto a millones de personas a practicar yoga durante el confinamiento a través de su canal de YouTube, explica cómo ha pasado en diez años de ser una ejecutiva de banca a toda una referencia global en el yoga de habla hispana.

Han pasado 20 años desde que tomó su primera clase de yoga.

Lo descubrí en Nueva York, cuando allí empezaba a popularizarse el yoga y algunas celebrities ya lo practicaban, como Madonna, Sting o Christy Turlington. Estados Unidos nos lleva unos años de ventaja.

Poco después se mudó a Barcelona, sin saber español y sin trabajo.

En Estados Unidos viví el auge y el pinchazo de la burbuja de las puntocom y, cuando mi pareja y yo nos quedamos sin trabajo, decidimos empezar de nuevo en Barcelona. Aprendí español, encontré trabajo en una tecnológica y después pasé muchos años en la incubadora de proyectos de La Caixa dedicada a la banca online. Era un trabajo que me gustaba, pero pasaba muchísimas horas delante del ordenador. Por eso practicaba yoga cada mañana, primero dos veces a la semana, y luego seis. Gracias a eso conseguí mi equilibrio personal, emocional y físico.

Y un día, decidió dejarlo todo por el yoga.

En realidad fue un proceso lento, como plantar una semilla que con el tiempo va creciendo. Primero me formé en Barcelona y un día decidí empezar a practicar dando clases gratis a mis compañeros. Luego llegué a un punto en que sentí que necesitaba cambiar y dejé mi trabajo.

En estos diez años ha sido pionera en organizar eventos masivos de yoga gratuito y en dar clases online, ha sido profesora en ‘Operación triunfo’ y ha escrito dos libros, pero ha sido durante el confinamiento cuando se ha disparado su popularidad…

Cuando empecé a dar clases también tuve un blog, como todo el mundo, pero lo llevaba de manera muy rigurosa y con mucha constancia. También tenía experiencia con clientes y sponsors, y monté mi propia web, sin agencia, sin gastos, lo que me permitió crecer rápidamente. Supongo que por mi trabajo ya tenía esa fibra de tecnología y conocía los procesos, además del rigor que me viene de mi educación asiática. Esa mezcla de la cultura americana, francesa y vietnamita me permitió emprender en un sector que en España apenas existía.

En pocos meses ha pasado de dar clases gratis a través de YouTube a montar una completísima plataforma de yoga.

La plataforma era un proyecto que ya teníamos previsto antes de la pandemia. Lo hemos planteado como una especie de Netflix de yoga, con cientos de contenidos a la carta para casi cualquier tipo de usuario, con distintos niveles y duraciones muy variadas. Y en la parte de negocio, por suerte, en este proyecto he contado con mi marido, que tiene una visión mucho más empresarial que yo, y sin él no habría sido posible. Es un paso que hemos dado juntos. Yo no podría trabajar con alguien que no supiera nada de yoga. Este sector no es sólo un negocio, tiene unos valores y una misión, es un todo.

Un sector en el que hoy casi cualquiera puede convertirse en ‘influencer’ a través de sus redes sociales.

Lo que yo que intento, sobre todo, es transmitir lo que he aprendido a otros y a la vez seguir aprendiendo. Intento evitar el postureo. Y me refiero también al postureo físico porque yo ya no tengo 30 años. También me interesa mucho la parte mental, de meditación, para quienes físicamente no llegan, porque respirar y meditar ya es yoga. Y a través de técnicas y herramientas, intento llegar al máximo número de gente posible. Pero nunca muestro mi vida privada porque no es lo mío, no soy una influencer y si uso las redes sociales es para contar algo, no para dar los buenos días.

Le gusta a más de un millón de personas, ¿qué cree que la distingue?

Creo que lo que ofrezco es la experiencia, porque llevo 20 años practicando y formándome, he visto y tocado miles de cuerpos de todo tipo de gente, he podido ver evolucionar a alumnos regulares, aprendo de los maestros con mucho recorrido y también de las nuevas generaciones. Y el hecho de haber visto mucha gente me ayuda a saber cuándo hablar y cuándo la gente necesita escucharse a sí misma y su respiración. Y, en lo personal, creo que soy observadora y detallista, así que he ido incorporando todo lo aprendido. Y luego lo que me dice la gente es que les gusta el tono de voz, pero eso tal vez es por mi acento francés…

Y teniendo origen vietnamita, ¿no le ha tentado abrirse a los mercados asiáticos?

Para mí el mercado de habla hispana es más que suficiente de momento. Y, si soy sincera, mi idioma natural de yoga primero fue el inglés y luego el español. Curiosamente, no consigo dar una clase fluida de yoga en francés y mi nivel de vietnamita no es suficiente. En cualquier caso, un mercado potencial interesante sería China, porque hay muchísimo yoga, pero no soy china, no hablo chino y no conozco muy bien su cultura, así que para mí no sería un mercado natural. Me siento más cómoda en Latinoamérica, y cuando me dicen ‘chévere’ o “el tapete en el piso” me encanta.