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Leslie Fremar: la mujer real detrás de Emily en ‘El diablo viste de Prada’ rompe su silencio 20 años después

La estilista Leslie Fremar revela por primera vez cómo fue trabajar con Anna Wintour, la historia real detrás de Emily y cuánto hay de verdad en El diablo viste de Prada.

Leslie Fremar y Emily Blunt, frente a frente: la inspiración real y el rostro icónico de El diablo viste de Prada, dos versiones de una misma historia que marcó la cultura de la moda.

Hay historias que no terminan cuando se apagan las cámaras. Solo cambian de forma.

Durante dos décadas, el personaje de Emily –la asistente implacable, perfeccionista y ligeramente temida de El diablo viste de Prada– ha sido uno de los retratos más reconocibles de la industria de la moda. Pero detrás de esa ficción había una persona real. Y, hasta ahora, había elegido el silencio. Se llama Leslie Fremar. Y por primera vez ha decidido contar su versión en el podcast ‘The Run-Through with Vogue’.

Antes de Emily: una chica de Canadá con obsesión por la moda

Mucho antes de convertirse en una de las estilistas más influyentes de Hollywood, Fremar era una joven canadiense con interés por la fotografía, la estética y el universo editorial. Su llegada a Nueva York no fue estratégica. Fue urgente.

Necesitaba trabajo. Y lo encontró en el lugar más inaccesible de todos: Vogue. En 1999, tras una entrevista fallida para el departamento de belleza, recibió una segunda oportunidad inesperada: convertirse en segunda asistente de Anna Wintour.

No sabía exactamente qué significaba el puesto. Pero sí entendía lo esencial: era el epicentro de la moda.

El despacho más observado (y menos entendido) de la moda

Lo que vino después no fue glamour. Fue estructura, ritmo y exigencia. Fremar describe aquella etapa como una especie de “máster acelerado”, casi como entrar en Harvard sin previo aviso. Jornadas que empezaban a las 7:30 de la mañana, teléfonos que no podían dejar de sonar, mensajes anotados a mano, periódicos organizados milimétricamente, decisiones rápidas y cero margen para el error.

No había emails. Todo era físico. Todo era inmediato. Y, sobre todo, todo era serio. “Para mí, era un trabajo real. Yo quería dedicarme a la moda. Me lo tomaba muy en serio”, recuerda.

Ese es uno de los puntos clave que desmonta el mito: no era un circo de excentricidades, sino una maquinaria de precisión.

En ese contexto aparece Lauren Weisberger, la autora del libro que inspiró la película.

La llegada de la “otra chica” que lo cambiaría todo

Fremar fue quien la entrevistó. Y quien trabajó con ella durante meses. Su relación no era amistosa, pero sí intensa. Como suele ocurrir en trabajos donde se comparten más de 12 horas al día. “Era una relación muy cercana, aunque no éramos amigas. Dependíamos una de la otra para que todo funcionara”.

Pero había una diferencia fundamental: mientras Fremar veía la moda como una carrera, Weisberger tenía otro objetivo. Quería escribir. Y así lo hizo.

El momento en el que todo se rompe

Fremar recuerda con precisión el instante en que Anna Wintour la llamó a su despacho. Le enseñó un manuscrito: “Lauren Weisberger ha escrito un libro sobre nosotras. Y tú sales peor que yo”. Ese fue el primer contacto con lo que después se convertiría en un fenómeno global.

La primera reacción no fue curiosidad. Fue desconcierto. Y, después, algo más incómodo: sensación de traición. “En aquel momento, la industria no era pública. No se hablaba de estos trabajos. Todo era más reservado”.

Aunque con el tiempo reconoce que la versión publicada fue suavizada, la primera lectura le resultó dura. Más oscura de lo que el público terminaría viendo.

¿Era real El diablo viste de Prada?

La respuesta corta: no del todo. La larga: depende de cómo se mire.

Fremar lo explica con claridad:

  • La estructura del trabajo era real
  • La presión, también
  • La exigencia, sin duda

Pero la película introdujo algo que la realidad no tenía: fantasía. “La película lo convierte en algo más divertido, más ligero. Más aspiracional”. El caos, el drama y las frases icónicas funcionan en pantalla. En la vida real, lo que predominaba era la disciplina.

Incluso detalles que parecían exagerados –como cambiarse de zapatos o no poder hacer llamadas personales– tenían una base real. Pero no eran caprichos, sino códigos internos de un entorno extremadamente exigente.

Emily… pero no exactamente

Durante años, el debate ha sido constante: ¿Quién era realmente Emily?

Fremar ya no esquiva la pregunta. “Sí, soy Emily”. Pero con matices importantes. El personaje es una versión amplificada, dramatizada y editada de una realidad mucho más compleja. Su carácter –a veces duro– tenía una explicación clara: estaba haciendo su trabajo… y, en ocasiones, también el de otros. “No siempre fui amable. Estaba bajo mucha presión”.

Más que una villana, era una profesional intentando sostener un sistema que no permitía fallos.

Ver tu vida convertida en entretenimiento

Cuando llegó la película, la historia dejó de ser privada. Se volvió global. Y, paradójicamente, más fácil de aceptar. “El libro era más específico, más personal. La película lo convirtió en algo universal”.

Esa distancia le permitió disfrutarla. Reírse incluso. Aunque no deja de ser extraño ver cómo una etapa intensa, real y exigente se transforma en un icono pop.

Veinte años después: otra vida, otra perspectiva

Hoy, Leslie Fremar es una de las estilistas más respetadas de la industria. Ha trabajado durante años con Charlize Theron, Julianne Moore, Nicola Peltz, Jennifer Connelly y otras grandes figuras, construyendo una carrera sólida, lejos del ruido mediático.

Ha reducido su ritmo, ha aprendido a elegir y ha puesto su vida personal en el centro. Y, quizá lo más significativo, ha hecho algo que no había hecho en más de veinte años: hablar. “Durante años hubo mucha especulación. Ahora simplemente pensé: ¿por qué no contarlo?”. No como ajuste de cuentas. Ni como desmentido. Sino como una forma de completar la historia. Porque, en el fondo, El diablo viste de Prada nunca fue solo moda. Fue sobre ambición. Sobre empezar desde abajo. Sobre lo que implica entrar –y mantenerse– en los lugares donde todo el mundo quiere estar.

Y lo que Leslie Fremar deja claro, ahora que el mito se ha enfriado, es que detrás de todo aquello no había un personaje. Ni un guion. Ni una caricatura. Había trabajo. Mucho trabajo. Había días interminables, decisiones rápidas y una presión que no siempre se veía, pero que lo sostenía todo. Y también había algo más difícil de explicar: la conciencia –casi silenciosa– de estar exactamente donde había que estar. No como castigo. No como sacrificio. Sino como ese momento que, sin saberlo del todo, termina marcando el resto de tu vida.

Porque algunas historias no se entienden cuando se viven. Se entienden después. Y entonces, todo cobra sentido.

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