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De Cleopatra a Miranda Priestly: la historia del accesorio más caro de ‘El diablo viste de Prada’

Una joya nacida como regalo clandestino del rey Eduardo VII a su amante Lillie Langtry terminó convirtiéndose, más de un siglo después, en uno de los símbolos más poderosos –y caros– del universo de El diablo viste de Prada.

Meryl Streep, en una escena de El diario viste de Prada en la que lleva el collar.

Hay películas que no se ven: se habitan. El diablo viste de Prada es una de ellas. La sabemos de memoria, la citamos sin darnos cuenta y, en muchos casos, marcó el momento exacto en el que entendimos que queríamos dedicarnos a esto. Quizá por eso el estreno de su esperadísima secuela –este 30 de abril en España– tiene a la industria en vilo. Porque volver a Miranda Priestly no es nostalgia: es volver a una forma de entender la moda.

Y, como siempre, los detalles importan.

Entre abrigos impecables, decisiones editoriales que construyen imperios y silencios que pesan más que cualquier titular, hay un accesorio que pasa casi desapercibido… y que, sin embargo, es el más caro –y el más cargado de historia– de toda la película. Un collar. Uno que no nació en un atelier, sino en la intimidad de la realeza británica.

Lillie Langtry necklace. Foto: Hancocks London.

Hablamos del Lillie Langtry necklace, una pieza de inspiración egipcia creada hacia 1870 por la histórica casa Hancocks London. No fue un encargo cualquiera. Fue un gesto. Un gesto del entonces príncipe de Gales –el futuro rey Eduardo VII– hacia su amante, la actriz Lillie Langtry. No hacia su esposa. Hacia ella.

Ahí es donde empieza la verdadera historia. Porque Langtry no era una figura secundaria en la sociedad victoriana: era el centro de gravedad. Actriz, musa, amiga de Oscar Wilde, rostro omnipresente en los círculos culturales y una de las mujeres más deseadas de su tiempo. Su relación con el príncipe –casado con Alejandra de Dinamarca– era un secreto tan evidente que ni siquiera la corte se molestaba en disimularlo. Dicen que hasta la reina Victoria lo sabía. Y lo toleraba.

El collar, entonces, no era solo una joya. Era una declaración pública disfrazada de regalo privado. Su diseño, de una teatralidad casi escultórica, responde a la fascinación europea por Egipto en pleno siglo XIX: oro, símbolos, colores intensos, una estética que evocaba poder, misterio y eternidad. Langtry lo llevó incluso sobre el escenario, interpretando a Cleopatra en Antonio y Cleopatra, consolidando una imagen que mezclaba vida, personaje y mito. Tanto, que se creó una réplica para proteger el original. Porque ya entonces se entendía que no era solo una pieza: era historia. Después, como ocurre con todo lo incómodo, desapareció.

Durante décadas, el rastro del collar se diluye. Cambia de manos, se esconde en colecciones privadas, se pierde en ese limbo donde terminan las piezas que no encajan del todo en el relato oficial. Hasta que, en 2003, reaparece en una subasta. Precio: alrededor de 100.000 dólares. Valor: imposible de medir.

Y entonces entra el cine. Patricia Field, la mente detrás del vestuario de El diablo viste de Prada, consigue lo impensable: traer de vuelta esa pieza histórica y colocarla, sin ruido, en el cuello de Miranda Priestly. Sin explicaciones. Sin subrayados. Como hacen las cosas realmente poderosas.

Ahí ocurre el giro. Porque ese collar, nacido como símbolo de deseo, posesión y poder masculino, cambia de significado en el momento en que lo lleva Miranda. Ya no es un regalo. Ya no pertenece a nadie. Es una extensión de su autoridad. Una pieza que no adorna, sino que impone.

Eso es lo que hace grande a esta historia. Y a esta película. Que nada es casual.

Hoy, más de un siglo después de su creación –y casi veinte años después de su salto a Hollywood–, el collar ha vuelto a su origen. Se encuentra en Londres, bajo la propiedad de Hancocks London, la misma casa que lo creó. Forma parte de su colección privada y se exhibe en su espacio de St. James’s Street, convertido ya no solo en una joya histórica, sino en un objeto que ha atravesado épocas, narrativas y significados.

De amante real a icono de ficción. De símbolo clandestino a emblema de poder femenino. Y ahora, con el inminente estreno de El diablo viste de Prada 2, la pregunta no es si volveremos a mirar los looks con lupa. Eso es seguro. La pregunta es: ¿cuántas historias más se nos escaparon la primera vez?

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