Desde que Ford Motor Company empezó a vender su Modelo T en 1908, pocos elementos tecnológicos han sido tan importantes para los márgenes de beneficio de los concesionarios de automóviles como el DocuPad.

Esta pantalla plana de 45 por 29 pulgadas se coloca encima de la mesa del vendedor, lo que le permite convencer rápidamente a los clientes, frente a lo que normalmente serían montañas de papeles. Los compradores de coches marcan casillas con un lápiz óptico y firman contratos en la pantalla interactiva. El DocuPad elimina la fricción de la acción de un vendedor de coches: la venta.

En una declaración judicial de 2019, el reservado Robert Brockman, de 79 años, cuya compañía de software empresarial, Reynolds and Reynolds, vende DocuPad, ofreció un raro vistazo a la microeconomía de las ventas de coches. Brockman dijo que el DocuPad permitió a los gerentes de finanzas aumentar las ventas en al menos 200 dólares (165,3 euros) por transacción en un negocio en el que los márgenes de cada coche vendido o alquilado suelen ser muy estrechos. “Se recupera el coste inicial de DocuPad muy, muy rápidamente”, dijo Brockman, en alusión a los 10.000 dólares (8.267 euros) de la cuota inicial, más los 1.000 dólares (826,7 euros) mensuales de la licencia. “Y luego, a partir de ahí, es un generador masivo de beneficios”.

Naturalmente, un concesionario sólo puede obtener el DocuPad si también es titular de una licencia de uno de los sistemas integrados de gestión de concesionarios de Brockman. Cuando se tienen cerrados miles de contratos de varios años, esos honorarios se convierten en miles de millones de dólares, con unos ingresos anuales estimados en 300 millones (248 millones de euros). Y Brockman controla el 98% a través de un fideicomiso en el extranjero, una participación que vale al menos 3.000 millones (2.480,5 millones de euros).

La capacidad de Brockman para amontonar silenciosamente miles de millones se vino abajo en octubre de 2020, cuando se le acusó de ser el artífice del mayor caso de evasión fiscal de la historia de Estados Unidos, acusado de ocultar al Servicio de Impuestos Internos unos 2.000 millones de dólares (1.653,5 millones de euros) en ingresos durante las dos últimas décadas. Brockman se ha declarado inocente de todos los cargos y quedó libre bajo una fianza de un millón de dólares (826.749 euros). Ni Brockman ni sus abogados han respondido a las solicitudes de entrevista de Forbes.

La presunta trama de Brockman ayudó a ocultar los beneficios que brotaban de una de las empresas de capital privado más exitosas del país, Vista Equity Partners, con sede en Austin (Texas), fundada por la persona negra más rica de EE UU, Robert F. Smith. El pasado mes de octubre, Smith firmó un acuerdo de no enjuiciamiento con el Departamento de Justicia y confesó lo que habría sido una serie de delitos fiscales vinculados a cuentas secretas en el extranjero creadas a instancias de Brockman. A partir del año 2000, Brockman aportó mil millones de dólares (826 millones de euros) de capital al primer fondo de Vista y enseñó a Smith los entresijos de la gestión de un negocio de software empresarial. Sigue teniendo pequeñas participaciones en varios de los 73.000 millones de dólares (60.349 millones de euros) de fondos de capital riesgo de Vista. Smith ya ha pagado la cifra récord de 139 millones (115 millones de euros) para librarse de Hacienda y ha aceptado cooperar con los investigadores en el caso contra su antiguo benefactor y mentor.

La saga tiene todo el drama y la intriga de una novela policíaca, en la que está implicada una modelo de Playboy, una red de cuentas en el extranjero y un sistema de correo electrónico encriptado en el que Brockman se refiere a Smith como “Steelhead”. El abogado de Brockman, un australiano llamado Evatt Tamine, que funcionaba como administrador del multimillonario, era conocido como “Redfish”. Hacienda era “la Casa”, y Brockman, la punta de la pirámide, era “Permiso”.

Una investigación de varios meses realizada por Forbes revela que la presunta evasión de impuestos no es el primer, ni el único, pecado que Brockman pudo haber cometido durante su impresionante carrera. En su camino para amasar un patrimonio neto estimado en 6.000 millones de dólares (4.959,8 millones de euros), el empresario de Houston ha dejado un rastro de cientos de arbitrajes y demandas de concesionarios de automóviles que son sus principales clientes, alegando que sus tácticas turbias les estafaron también a ellos cientos de millones.

Intensa trayectoria profesional

Nacido durante la Segunda Guerra Mundial, hijo de un fisioterapeuta y de una propietaria de una gasolinera, Robert Brockman creció en San Petersburgo (Florida) y se graduó summa cum laude en la Universidad de Florida en 1963, siendo miembro de su sociedad de honor empresarial.

Mientras servía en la Reserva de los Marines de EE UU, trabajó en marketing en Ford, hasta que en 1966 se incorporó a IBM, convirtiéndose en una estrella de la venta de servicios informáticos de mainframe a los concesionarios de automóviles.

En 1970 dejó IBM, fundó Universal Computer Services y aprendió por sí mismo a programar. Pronto proporcionó a los concesionarios informes semanales impresos sobre el inventario de piezas.

“Brockman fue el primer proveedor que permitió a un propietario sintetizar los estados financieros de sus 10 concesionarios en uno solo. Lo hacía en la década de 1980”, se maravilla Paul Gillrie, un veterano consultor de la industria del automóvil.

A finales de los años 80, Brockman tenía docenas de ordenadores instalados en los concesionarios e introdujo lo que sigue siendo uno de sus principales sistemas operativos de software, conocido como Power. En su página web personal, que ya ha sido retirada, Brockman, que tiene 21 patentes, escribió: “Sigo siendo un programador de corazón. Y aunque tuve que dejar la programación práctica hace muchos años, sigo estando muy involucrado en todas las decisiones sobre nuestros productos.”

A principios de los 90, Ford decidió que no quería continuar en el negocio de la informática, así que vendió Dealer Computer Services a Universal Computer Services, de Brockman, por 103 millones de dólares (85 millones de euros). El acuerdo se cerró con una condición: Ford permitiría a Brockman seguir utilizando el óvalo azul de la compañía, la marca, el membrete, la dirección e incluso los mismos empleados durante cinco años, de incógnito.

“Cuando Brockman se hizo cargo, fue como el síndrome de la rana hervida“, según un consultor que asesoró a los concesionarios en los arbitrajes. “Ford estaba muy relajada y era fácil de llevar. Los concesionarios confiaban en ellos y Ford los cuidaba muy bien”. A los concesionarios les gustaban las mejoras tecnológicas. “Brockman lo informatizó todo, creó un sistema superior”. Y luego, aprovechó esa buena voluntad, firmaba con los concesionarios prórrogas de contrato “con la intención de bloquearles más allá de la vida útil de sus sistemas informáticos, para imponerles costosas actualizaciones del sistema”. Algunos concesionarios se enfadaron cuando se dieron cuenta de que no habían estado tratando con Ford en absoluto, y que tenían pocos recursos contra cargos como 12.000 dólares (9.885,7 euros) por la instalación de un disco duro de 500 megabytes o 2.400 dólares (1.977 euros) por una impresora.

Los que intentaron salirse de sus contratos se encontraron con la sierra de los litigios de Brockman. Había creado lo que se denomina como “el contrato de Darth Vader“, porque permitía a sus abogados destruir a los distribuidores rebeldes. Muchas actualizaciones o nuevos servicios venían acompañados de largas prórrogas del contrato. Dice Gillrie: “Cuando tienes un contrato que te da el monopolio de tu cliente durante 30 años, no tienes que escuchar nada de lo que digan”.

En 2010, Jay Gill, un empresario de Fresno (California) con 10 concesionarios, recibió una factura de 3 millones de dólares (2,47 millones de euros) cuando adquirió Livermore Auto Group, que había estado pagando 35.000 dólares (28.826,5 euros) al mes a la compañía de Brockman. Se conformaron con la mitad. “Brockman hizo su dinero jodiendo a la gente“, dice Gill. “Cada vez que pedías algo o necesitabas algo, te ampliaba automáticamente el contrato sin que lo supieras. Cuando tienes un contrato de 12 pulgadas de grosor, en alguna parte lo pone”.

A lo largo de los años, más de 100 concesionarios, vencidos en el arbitraje, se negaron a pagar sus contratos a Brockman y acabaron en los tribunales federales. Dice Gill: “Sé inequívocamente que no haría negocios con este tipo, aunque fuera gratis“.

Estrella emergente en banca de inversión

El negociador Robert Smith no tenía tales reservas cuando conoció a Brockman a finales de los 90. Recién salido de la Columbia Business School y estrella emergente en el departamento de banca de inversión de Goldman Sachs, Smith habló con Brockman sobre la posibilidad de comprar su creciente negocio de software.

Brockman no necesitaba financiación de Goldman. Su UCS tenía un exceso de efectivo, que al parecer no tenía intención de compartir. Según la declaración de hechos firmada por Smith en su acuerdo de no enjuiciamiento, Brockman acordó dar a Smith mil millones de dólares (824,7 millones de euros) para la fundación de Vista Equity Partners en el año 2000, a cambio de que cooperara con él en la creación de lo que la acusación del DOJ denomina “conspiración y esquema y artificio para defraudar”.

En 1997, Brockman, a través de A. Eugene Brockman Charitable Trust, domiciliada en Bermudas, creó una sociedad de cartera en Nevis llamada Spanish Steps Holdings, y bajo ella fundó una empresa llamada Point Investments. Esta empresa actuaría como comprador ‘fantasma’ de Brockman para las inversiones en Vista. Según la declaración de Smith, Brockman, en una propuesta de “tómalo o déjalo”, insistió en que Smith mantuviera la mitad de su participación en el Fondo Vista II inicial a través de un “fideicomiso extranjero perfeccionado” como el suyo. Presumiblemente, de esta manera Brockman podría estar tranquilo sabiendo que estaban juntos en esto.

“Tuve uno de esos momentos en el espejo”, dijo Smith, de 58 años, a Forbes en 2018, en un artículo de portada, antes de que surgiera cualquier indicio de criminalidad. “Me miré a mí mismo y me pregunté: ‘Si no hago esto, ¿cómo me sentiré dentro de diez años?“. Según su declaración, Smith hizo que un pariente de su entonces esposa, Suzanne McFayden, creara un fideicomiso con sede en Belice llamado Excelsior, a través del cual Smith financió su empresa de inversiones en el extranjero, Flash Holdings.

Brockman podría haberse librado de que sus negocios se mantuvieran a través del A. Eugene Brockman Charitable Trust si hubiera podido demostrar que era un beneficiario pasivo, en lugar de la persona que lo controla, tal y como alega Smith: “Se hizo evidente para Smith que a pesar del papeleo que indicaba lo contrario, el individuo A [Brockman] controlaba completamente el fideicomiso extranjero del individuo A y las empresas extranjeras relacionadas, y tomaba todas las decisiones sustantivas con respecto a todas sus transacciones e inversiones”. Incluyendo, por supuesto, la decisión de no revelar nada de ello a Hacienda. Como dijo Brockman de sí mismo en una declaración de 2019: “Como probablemente pueda ver, estoy en los detalles, a lo grande”.

Brockman controlaba a Smith con mano de hierro de la misma manera que a los concesionarios de automóviles y con su capital, Vista Fund II adquirió empresas como SirsiDynix, Applied Systems, BigMachines, Brainware, Surgical Information Systems y SER Solutions. Estuvo íntimamente involucrado en la dirección de su equipo y, según una persona familiarizada con los primeros días de Vista, la empresa aplicó el enfoque orientado a los procesos de IBM, aprendido de Brockman, para adquirir y hacer crecer empresas de software: “Todo lo que Vista sabe sobre software vino de Bob Brockman”.

Al parecer, Brockman también utilizó a Vista como comprador ‘fantasma’ para que le ayudara a liquidar a otros proveedores de software para concesionarios. Según Preqin, el primer fondo Vista de Smith, lanzado en el año 2000, obtuvo una rentabilidad superior al 29% anual. Si hay que creer esa rentabilidad, significaría que Brockman y Smith multiplicaron los mil millones de dólares (824,7 millones de euros) iniciales por más de diez.

Próspero negocio

Mientras Brockman dirigía el crecimiento de Vista entre bastidores, su negocio florecía. En 2005, su empresa de software tenía unos ingresos de 530 millones de dólares (437,3 millones de euros) y unos beneficios de 100 millones (82,5 millones de euros), con 2.600 empleados. Su catálogo de piezas informatizado estaba instalado en casi 2.500 concesionarios Ford y Lincoln-Mercury.

Pero Brockman se enfrentaba a un gran problema: Ford había desarrollado su propio catálogo electrónico de piezas. En 2005, Ford se negó a renovar la licencia exclusiva de Brockman a menos que aceptara una reducción de tres años de sus contratos existentes. Brockman demandó a la marca, alegando la violación de las leyes antimonopolio, pero finalmente retiró la demanda.

Una vez finalizado su acuerdo de exclusividad, Brockman tuvo que hacer algo para reemplazar el negocio. Entonces pidió apoyo a Smith para que le ayudara con el trato de su carrera: una compra apalancada de Reynolds and Reynolds de Ohio en 2006 por 2.400 millones de dólares (1.979,5 millones de euros). Brockman aportó 300 millones de dólares (247,4 millones de euros) en capital; Vista 50 millones (41,2 millones de euros)(del dinero de Brockman). El Deutsche Bank gestionó los préstamos. El sector se sorprendió, pues suponía que Reynolds, mucho más grande, compraría UCS, y no al revés. Ahora Brockman tenía miles de nuevos clientes para pasar a su “contrato de Darth Vader”.

Casi inmediatamente, se produjo un choque cultural. Brockman, un exmarine muy formal, no era muy querido en la relajada Reynolds. Prohibía a los empleados fumar, incluso en horas de descanso, y al parecer controlaba el tiempo empleado en las pausas para ir al baño. En una declaración, Brockman describió su frustración con la seguridad de los datos de la empresa: “Cuando llegué a Reynolds, era como si hubiera pasado mi vida, ya sabes, limpiando y puliendo el suelo. Y heredé esta casa, que tiene cinco centímetros de agua en el suelo”.

En 2008, durante la Gran Recesión, la deuda de Reynolds se vendió en una huida hacia la calidad. Ver que los préstamos de su empresa cotizaban a 35 centavos de dólar fue demasiado bueno para que Brockman lo dejara pasar. A pesar de que había firmado personalmente acuerdos de crédito que le prohibían comprar cualquier deuda subordinada de Reynolds sin la aprobación de los titulares del primer gravamen, Brockman compró en secreto unos 20 millones de dólares (16,5 millones de euros) de deuda de Reynolds en 2009, según una investigación del IRS. Para ello, Brockman, a través de su abogado australiano Tamine, utilizó fondos de Edge Capital Investments (al igual que Point Investments, Edge era una entidad caribeña creada a través de un fideicomiso controlado por el antiguo director financiero de Brockman, Don Jones, “como tapadera para ocultar la propiedad de Brockman”, según una investigación del IRS). Un año más tarde, cuando Deutsche organizó una refinanciación de la deuda de Reynolds, Edge canjeó los pagarés de Brockman a la par, obteniendo 72 millones de dólares (59,4 millones de euros) en la operación y depositando los fondos en una cuenta en el extranjero. Según la declaración jurada de un investigador del IRS, “Tamine, bajo la dirección de Brockman, blanqueó entonces aproximadamente 57 millones de dólares (47 millones de euros) de los beneficios” a través de otras cuentas y empresas de Brockman, “incluidos varios fondos de Vista Equity Partners”.

Parte de los beneficios no tributados del lucrativo negocio de Brockman se destinaron, supuestamente, a financiar sus pasiones. Su rancho Frying Pan Canyon, cerca de Aspen (Colorado), fue adquirido por 15 millones de dólares (12,4 millones de euros). También encargó a su abogado la compra de un yate de lujo de 209 pies de eslora llamado Albula, con un helipuerto, por 33 millones de dólares (27,2 millones de euros). Brockman, un ávido pescador y cazador, también era aficionado a viajar en avión privado a Córdoba (Argentina) para practicar la mejor caza de palomas del hemisferio.

Smith también disfrutaba de la vida. En 2009, se trasladó con Suzanne, su esposa desde hace 22 años, a Suiza. Al año siguiente redirigió más de 30 millones de dólares (24,7 millones de euros) de sus propias ganancias de capital no gravadas a una cuenta en el banco suizo Bonhôte a través de la cual compró dos chalets de esquí alpino en Megève (Francia). La familia también tenía casas en Texas, California y Colorado.

Entra en escena la Playmate del Año 2010 de Playboy, Hope Dworaczyk, a la que Smith conoció y empezó a salir tras la separación con su mujer en 2011. Al parecer, la vida personal de Smith se había convertido en una preocupación para el equipo de Brockman. En agosto de 2011, según los correos electrónicos descubiertos por los investigadores del Departamento de Justicia, el director financiero de Brockman, Jones, alias “King”, escribió al administrador Tamine, alias “Redfish”: “Bob llamó preocupado por la situación de Robert Smith y por el efecto que podría tener en nosotros un desagradable divorcio. Estuvimos de acuerdo en que si su negocio es analizado en detalle por su abogado, Point sería un objetivo inicial”. De hecho, en su petición de divorcio, Suzanne McFayden, que conoció a Smith cuando ambos estudiaban en Cornell en los años ochenta, exigía la plena propiedad de sus casas, la manutención integral de sus hijos, la prohibición de que se relacionaran con Dworaczyk y una “estricta contabilidad de todo el dinero gastado” en beneficio de las novias de Smith. Y en lo que quizá fue su petición más dura, los abogados de McFayden exigieron que Smith se pusiera al día con sus impuestos.

Un divorcio, una salida

Mientras el señor y la señora Smith negociaban un acuerdo de divorcio, Brockman buscaba la salida. A finales de 2012 estuvo a punto de cerrar un acuerdo para vender Reynolds y Reynolds a KKR por 5.000 millones de dólares (4.124 millones de euros), pero se echó atrás. En 2013 Brockman intentó una recapitalización por dividendos de Reynolds que habría valorado la empresa en 5.300 millones (4.371,5 millones de euros) y aumentado la deuda de 900 millones (742,3 millones de euros) a 4.300 millones (3.546,7 millones de euros).

Vista también se sentía presionada. En un memorando de 2012, Tamine le dijo a Brockman que estaba empezando a encontrarse con preguntas incómodas. “Es la participación de Point Investments, un inversor no estadounidense desconocido, lo que generalmente causa los problemas de cumplimiento”. Cuando “se le presionó sobre la propiedad beneficiosa de Point”, Tamine escribió: “He paseado con una revelación mínima”.

A finales de 2013, Banque Bonhôte notificó a Smith que tenía la intención de participar en el programa de bancos suizos del DOJ y que informaría a las autoridades estadounidenses sobre su cuenta. Al darse cuenta de que se había acabado la fiesta, Smith presentó una solicitud al IRS (Internal Revenue Service) en marzo de 2014, solicitando su inclusión en su programa de amnistía para estadounidenses que no habían revelado sus cuentas en el extranjero. Un mes después, su solicitud fue denegada.

Cuando Smith y McFayden finalizaron su divorcio a finales de 2014, Brockman prestó a Smith 75 millones de dólares (61,85 millones de euros), según documentos judiciales. Ese mismo año, Vista liquidó Brockman’s Fund II y salió de su pequeña participación en Reynolds y Reynolds.

Smith celebró su nueva libertad en julio de 2015 con la boda con Dworaczyk en un lujoso evento repleto de estrellas en Villa Cimbrone, en la costa italiana de Amalfi. Los músicos Seal y John Legend actuaron.

Menos de un año después, en junio de 2016, los presuntos conspiradores se pusieron en marcha en previsión de una investigación del gran jurado federal. Tamine fue enviado a Oxford (Mississippi), para visitar a la viuda de Don Jones, que estaba en posesión de pruebas incriminatorias. Dijo Tamine en un memorándum encriptado: “Como sabes, incluso acorté el viaje a Argentina para volver a Oxford y destruir más pruebas que habían sido descubiertos.”

En 2017, en un memorándum a Brockman escribió: “Incluso si Robert Smith aclara sus problemas, el objetivo está bien fijado en mí y tenemos que anticipar que seremos auditados en algún momento.” En septiembre de 2018, agentes de Bermudas allanaron el domicilio de Tamine.

Después de que Hacienda rechazara su petición de amnistía, Smith comenzó a aumentar sus donaciones benéficas. Smith liquidó el primer fondo de Vista y creó una fundación con cientos de millones de dólares de sus beneficios. Donó 25 millones de dólares al Baylor College of Medicine y decenas de millones más para levantar edificios en el Centre College y la Universidad de Rice.

El 15 de octubre de 2020, los fiscales estadounidenses lanzaron su bomba sobre Smith y Brockman. A cambio de un acuerdo de no persecución, Smith pagaría 56 millones de dólares (46,2 millones de euros) en impuestos y sanciones por ingresos no declarados y otros 82 millones (67,6 millones de euros) en sanciones por ocultar cuentas en el extranjero. Además, renunciaría a reclamar 182 millones (150 millones de euros) en devoluciones derivadas de sus donaciones filantrópicas, entre otros pagos. “Nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto”, dijo el fiscal David Anderson en un comunicado. “Smith cometió delitos graves, pero también aceptó cooperar” –contra Brockman– lo que “lo ha puesto en un camino que lo aleja de la acusación”.

Smith sigue presidiendo Vista, y sólo un puñado de inversores se ha mostrado preocupado. A finales de noviembre de 2020, el entonces presidente de Vista, Brian Sheth, anunció que dejaba la empresa, declarando de forma inverosímil a Forbes que su decisión no tenía nada que ver con las transgresiones confesadas por Smith: “Sé que para Robert y Vista lo mejor está por llegar”. Recientemente, Vista consiguió 2.700 millones de dólares (2226,5 millones de euros) más en acuerdos y ahora cuenta con 73.000 millones (60.197,8 millones de euros) en activos gestionados.

Ese mismo mes, Brockman dimitió como director general de Reynolds para preparar su juicio. Hasta ahora, las autoridades de Bermudas y Suiza han congelado sus cuentas, y Tamine está cooperando con las autoridades. Los abogados de Brockman dicen que padece una demencia en fase inicial y han convencido al tribunal para que traslade el caso de San Francisco a Houston en reconocimiento del deterioro de la salud de Brockman.

Los fiscales federales descartan los síntomas de Brockman como un “malestar amorfo” y señalan su lúcido testimonio en una declaración de 2019, así como un extenso memorándum que envió al vicepresidente de Reynolds en mayo de 2020 que presagiaba un papel demasiado familiar que estaba planeando: “Mi intención es trabajar 4 o 5 años más ayudando a enseñar a la siguiente generación todo lo que sé sobre cómo dirigir la empresa de forma eficiente“.

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