La semana pasada estuve en la radio. La productora de La Tarda, el magazín vespertino de Catalunya Ràdio, me contactó para que me acercara a los estudios de la radio pública a hablar de helicópteros. Cuando se lo comenté a mi amigo Jordi Batlle, responsable operativo en tecnología de aviación para SITA y aerotrastornado hasta la médula, me dijo: «¿helicópteros? Seguro que es por el accidente del Streamer y del cantante en Brasil».
Jordi tenía razón. El accidente de Río de Janeiro entre un JetRanger y un Ecureuil que colisionaron sobre Recreio dos Bandeirantes, al oeste de la ciudad, fue el gancho para hablar un cuarto de hora sobre rotores: usuarios, número de aparatos, perfil de quien los usa y algunas curiosidades que tengo muy presentes, aunque no sean tan frecuentes como para llamar la atención del público general. Parece que gustó.
Un accidente mortal de helicóptero es infrecuente. De tener que ocurrir, por estadística es más probable que pase en una ciudad como Río de Janeiro que en Johannesburgo, El Cairo o Bergen. Es cuestión de la cantidad de aeronaves activas que vuelan sobre un territorio. Río es la quinta metrópoli del mundo en cantidad de helicópteros basados y en uso. Solo la superan otra ciudad brasileña, São Paulo, líder mundial con más de 400 aparatos, y le siguen Ciudad de México, Nueva York y Tokio. Luego ya viene la «Cidade Maravilhosa».
Solo en el estado de Río de Janeiro hay 319 helicópteros registrados, varios helipuertos principales y helisuperficies que dan servicio a hoteles, urbanizaciones o negocios turísticos para realizar vuelos panorámicos. De esto último puedo dar fe: sobrevolar esa ciudad y sus alrededores en un Robinson R44 es una de las experiencias más bonitas que recuerdo. Recuerdo también la notable presencia de otro tipo de aparatos de ala rotatoria en la zona: los dedicados a transportar personal a las numerosas plataformas Offshore (gas y petróleo) en aguas del océano. El cielo de Río está siendo permanentemente sobrevolado por todo tipo de aeronaves, así que, de producirse uno de esos raros accidentes, las posibilidades de que ocurra allí son mayores que en casi cualquier otro lugar del mundo.

Al caso de esta pieza.
Aunque lo parezca, la columna aeronáutica de este lunes no es para contarles que fui a la radio, sino para hablar de últimas veces. En uno de los helicópteros accidentados viajaba únicamente el piloto. El otro llevaba pasajeros, y dos de ellos eran personajes conocidos de la música y el entretenimiento: el músico californiano Oliver Tree y el Streamer argentino Gaspar Prim, más conocido como Gaspi. Reconozco que no me sonaba el nombre de ninguno de los dos, aunque obviamente me interesé por sus perfiles, por saber qué dejaban atrás tan repentinamente y qué proyectos no podrían cumplir porque su aeronave nunca llegó al destino previsto.
Tree estaba en los primeros compases de una gira internacional que le iba a traer a Madrid y Barcelona en los primeros días de julio, y que después seguía dando la vuelta al mundo con 60 conciertos más, hasta uno previsto el 25 de octubre en Pekín. Gaspi, por su parte, contaba en su último mensaje de Instagram antes del accidente que estaba muy ilusionado con el estreno inminente de su serie «Gaspi visita tu hogar».

Un músico a punto de recorrer el planeta y un creador de contenido a punto de estrenar su próximo proyecto. Dos carreras en plena aceleración, cortadas en seco. El cantante y el Streamer fallecieron juntos entre los restos de un helicóptero que acabó calcinado en el aparcamiento de un concesionario de coches eléctricos chinos en Brasil. Uno nunca sabe dónde ni cuándo va a dejar de existir.
Tree se ha ido con 32 años. Gaspi, con 23. Ninguno de los dos imaginaría que su último día en la Tierra pasaría por el cielo de Brasil. Tampoco pensarían que sus últimos momentos estarían relacionados con un helicóptero. Nunca sabemos cuál va a ser nuestro último día, nuestro último abrazo, nuestras últimas palabras o nuestro último beso.

Por eso, y por si acaso, aprovecho para recordarles y pedirles que sean conscientes de ello, y que piensen siempre en que quizá la despedida que acaban de darle esta mañana a un ser querido, a un compañero de trabajo o simplemente a alguien que ven habitualmente, sea la última. Procuren que sea bonita, sonrían, dejen un buen recuerdo por si no vuelven. Así esa persona pensará en ustedes con cariño.
Y si aterrizan y el vuelo es uno más, igualmente: sean empáticos, pónganse en la piel de los demás y procuren el bien ajeno. Todo vuelve, y es muy agradable cuando lo hace.
Sigan volando mucho y alto. Un abrazo.

