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Muere López de Arriortúa (‘Superlópez’), el ejecutivo estrella de los 90 que sacudió la automoción con una calculadora

El ingeniero vasco José Ignacio López de Arriortúa ha fallecido a los 84 años. Se hizo famoso por reducir costes en General Motors y acabó marcado por la guerra empresarial que estalló tras su posterior fichaje por Volkswagen

José Ignacio López de Arriortúa.
José Ignacio López de Arriortúa (Getty).

José Ignacio López de Arriortúa, el ingeniero vasco al que todos acabaron llamando Superlópez, falleció el pasado 10 de junio a sus 84 años y lejos del ruido que lo convirtió en una celebridad empresarial en los años noventa. Nacido en Amorebieta (Vizcaya) en 1941, pasó por empresas como Westinghouse, Firestone o Cenemesa antes de llegar a General Motors, donde su nombre cogió fama por desmontar la industria que fabricaba los coches.

Su salto a GM cambió su vida. Llegó primero a la planta de Figueruelas (Zaragoza) y después a Opel, en Alemania, hasta convertirse en uno de los hombres de confianza de Jack Smith. Cuando este último asumió la presidencia ejecutiva del grupo americano, lo llamó a Detroit para intentar poner orden en una compañía gigantesca y desbordada por sus costes. López aterrizó allí en 1992 como vicepresidente mundial de compras.

Ese era su territorio natural, y su gran herramienta fue el Programa Picos, un método para reducir costes y presionar a la cadena de proveedores que le dio fama internacional. Su impacto fue suficiente para que Detroit mirara hacia aquel ingeniero vizcaíno como algo más que un especialista en números. Ahí nació el mito de Superlópez, en los años noventa, cuando España celebraba a sus primeros grandes ejecutivos globales.

Pero su carrera no se entiende sin la controversia que la partió en dos. En 1993 dejó General Motors para fichar por Volkswagen y aquel salto abrió uno de los grandes escándalos industriales de la década. General Motors acusó a López y a varios colaboradores de llevarse documentación confidencial al pasar a la competencia. Él y Volkswagen negaron las acusaciones de espionaje industrial, pero el caso se convirtió en un conflicto internacional que durante años pesó sobre su nombre.

El litigio civil terminó con un acuerdo. Volkswagen aceptó pagar 100 millones de dólares a General Motors y comprarle componentes por valor de 1.000 millones. Para entonces, Superlópez ya se había convertido en algo más que un directivo eficaz, era la pieza de discordia entre dos gigantes mundiales. Ángel o demonio, como escribió la prensa de la época, nadie discutía la fuerza de sus métodos. Su legado quedó precisamente ahí, en esa mezcla de talento, eficacia y conflicto.

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