Antigua escuela republicana y casa señorial de 120 años de historia, el edificio de Son Sunyeret fue uno de los primeros testimonios materiales del crecimiento del Eixample de Palma a principios del siglo XX. Tras años de lucha por incluirlo en el catálogo patrimonial para evitar su demolición, el edificio ha sido reconvertido ahora en promoción residencial a través de un meticuloso proceso de rehabilitación que ha reconstruido casi desde cero la mayor parte del inmueble, aunque respetando la fachada original.
El edificio, ubicado en la calle Bisbe Massanet (junto al parque de Ses Estacions), fue proyectado en 1905 por el maestro de obras Gaspar Reynés i Coll (1845-1911), un nombre puntal en el proceso de desarrollo urbanístico y arquitectónico de Palma. Fue autor, entre otras obras emblemáticas de la capital balear, del mítico Hostal Cuba, en el barrio de Santa Catalina. Asimismo, proyectó y construyó un gran número de viviendas en ese mismo barrio, en Son Espanyolet y en otras zonas del centro histórico, así como infraestructuras e instalaciones de uso industrial, ganadero o religioso.
La Asociación de Revitalización de los Centros Antiguos (ARCA) estuvo peleando desde 2019 por la protección del edificio, blandiendo precisamente el nombre de Reynés y Coll como uno de los principales argumentos. Son Sunyeret representaba, en opinión de los expertos de ARCA, una valiosa parte de la historia de la ciudad que debía conservarse a toda costa. El Ayuntamiento suspendió la demolición para estudiar los valores patrimoniales del inmueble, los cuales quedaron finalmente acreditados.
El proyecto de rehabilitación se ha prolongado durante los dos últimos años y la casa alberga hoy una docena de viviendas ya habitadas. La constructora Llull Sastre y el despacho de arquitectura Palomino Arquitectos han sido los artífices de una metamorfosis que conecta pasado y presente de Ciutat.



“El hecho de tener que conservar la fachada nos condicionaba mucho, pero también nos obligaba a pensar de otra manera”, explica Rafa Llull, jefe del departamento de promociones de la empresa constructora. “Con el tiempo nos dimos cuenta de que esa limitación acabaría siendo la mayor fortaleza del proyecto y lo que lo haría verdaderamente único”.
Llull detalla cómo se ha ido desarrollando un meticuloso proceso que ha requerido de avanzados conocimientos artesanales. “Este tipo de proyectos no se pueden abordar con soluciones estándar, exigen especialización y mucha experiencia en obra. No se trataba de disfrazar el edificio, sino de respetar su identidad”. En ese sentido, explica que se estuvo trabajando para conservar los elementos que dotaban al conjunto de un mayor sentido histórico, al tiempo que se introducía “un lenguaje moderno en los espacios interiores, en las distribuciones y en el confort”. El objetivo, señala Llull, “era que lo antiguo y lo nuevo convivieran de forma natural”.
Alejandro Palomino, de Palomino Arquitectos, se expresa en similares términos al hacer hincapié en la particular idiosincrasia del edificio. “Queríamos unir la ciudad que había en 1905 con la que hay hoy en día”. Así, la obra se ha realizado teniendo bien presentes los modelos de la arquitectura tradicional mallorquina. También se añadieron más plantas para rentabilizar el proyecto. «Tecnológicamente y a nivel estructural ha sido un reto muy importante: teníamos que excavar dos sótanos porque hoy en día la necesidad de parking es muy distinta a la de hace cinco años. Y hacerlo con una fachada que no podría caerse y con vecinos colindantes sin sótanos”.

