Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 34 | «Así ha sido mi llegada a Madagascar», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Desde que zarpé de España, incluso antes de preparar toda la aventura, una de mis grandes ilusiones era llegar con el Sofía a Madagascar. El sol sale a las 6 am y yo ya estoy en cubierta con mi café. Amanezco en Madagascar… Estoy fondeado cerca de la desembocadura de un río y el agua está teñida de marrón. A un costado de la desembocadura hay una playa que se extiende hasta la entrada de la bahía. Con la marea alta, la playa desaparece. Al otro costado hay un poblado que se llama Baly.

Desde que el sol ha despuntado por el horizonte, los pescadores pasan cerca del Sofía y observan asombrados. Por la curiosidad que veo en sus caras, deduzco que muy pocos veleros fondean por esta zona. Siento curiosidad por bajar a tierra y visitar el poblado. Acabo el café, desayuno avena con leche y tiro el bote al agua.

El día es soleado con una brisa del noreste. Me dirijo a la playa cuando la marea está baja y dejo el bote en la arena. Camino hacia la desembocadura del río y veo decenas de pescadores tirando redes y llenando sus botes de peces. En la orilla, hay un pescador sentado en la arena. Me observa con atención y decido acercarme para presentarme. Él se llama Jeannoel, tiene 28 años y vive en el poblado de Baly.

En Madagascar hablan malgache y francés. Recupero mi francés oxidado y podemos entendernos, aunque los gestos, la mímica y los dibujos en la arena forman parte de la conversación. Me explica que está esperando a un amigo para salir a pescar. El bote de Jeannoel no tiene vela, pero el de su amigo sí. Se acerca a la orilla navegando a vela hasta varar el bote en la orilla. Me enseña todo lo que ya ha pescado y cómo maniobran con la vela.

Se construyen sus propios botes a partir de un tronco de árbol. Lo tallan hasta dejar la forma de medio cilindro vacío, le ponen una rama gruesa como mástil y una sábana como vela. Nada que envidiar a los arquitectos navales profesionales. Antes de despedirme de ellos, me invitan a ver su pueblo y quedamos a las 10 de la mañana del día siguiente. Antes de regresar al Sofía, doy un largo paseo por la orilla hasta que la marea sube. Paso la tarde haciendo cosas a bordo y descansando.

A las 10 a. m., Jeannoel me está esperando puntual en la orilla, frente a su pueblo. La marea está baja y, para llegar a la costa, tengo que arrastrar el bote sobre el fango unos 200 metros. No es nada fácil porque, a cada paso que doy, me hundo hasta las rodillas. Parece arena movediza. Jeannoel ve que me está costando acercarme y sale en mi ayuda. Avanzamos mucho más rápido y, por fin, llegamos a la playa llenos de barro. Nos lavamos como podemos y me presenta a sus amigos.

Caminamos por la orilla esquivando decenas de botes de pesca. Cada uno de ellos está decorado de manera diferente: algunos con el escudo del FC Barcelona, otros con el escudo del Real Madrid y muchos otros pintados de diferentes colores. Hay de todos los tamaños y formas. Me presenta a un grupo de jóvenes que están reparando un bote bastante grande. Me explica que en febrero pasó un ciclón por esta zona y arrasó con todo. Están trabajando en la reconstrucción de botes y casas.

Luego vamos a buscar agua a 1 km de distancia, donde está el pozo que suministra agua dulce al poblado. Antes de beber, tienen que hervirla para evitar infecciones. Me enseña su casa y me presenta a toda su familia: mujer, hijos, hermano y sobrinos. Sus padres viven bastante lejos.

Las casas están construidas a partir de ramas unidas entre sí y el tejado son hojas de árboles colocadas de manera que, si llueve, el agua que se filtra sea mínima. En el interior únicamente hay un colchón donde duermen Jeannoel, su mujer y su hijo, y una zona donde hacen el fuego para cocinar.

Volviendo a la orilla, donde he dejado el bote, caminamos entre las diferentes casas del poblado, todas ellas muy similares. Unas cultivan algo de vegetales y otras tienen pescado secando al sol. Me despido de Jeannoel y su familia.

El día de hoy es un choque de realidad. Volviendo al Sofía, mi mente no para de pensar en las dificultades que deben pasar viviendo únicamente con los recursos que el entorno les proporciona y, encima, viviendo en una zona afectada por la temporada de ciclones.

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