Lifestyle

De los relojes exclusivos a Pokémon: los nuevos ricos convierten sus recuerdos de infancia en objetos de lujo

Las grandes casas de subastas están captando a una nueva generación de compradores que ya no entiende el coleccionismo como sus padres.

Foto de Unsplash.com

Antes, la riqueza de un multimillonario se percibía por el reloj que llevaba, el coche que conducía o, tal vez, el yate que poseía para pasar sus vacaciones. Durante décadas, nos hemos acostumbrado a visualizar la riqueza no tanto a través de la persona que la posee, sino mediante los objetos que la acompañan: símbolos reconocibles de estatus, exclusividad y opulencia.

Pero esos objetos están cambiando. Y con ellos también lo está haciendo la manera de entender, percibir y mostrar la riqueza.

Para una nueva generación de grandes patrimonios, el lujo ya no tiene por qué estar representado únicamente por un relojazo, un Ferrari o un superyate. Puede adoptar formas mucho menos convencionales: una carta de Pokémon, un videojuego sellado, unas zapatillas, una pieza de memorabilia deportiva o incluso la chaqueta que llevó uno de los empresarios tecnológicos más influyentes del mundo.

No es solo una cuestión de gustos. Es un cambio generacional en la definición misma de qué puede convertirse en un objeto de lujo. No son anécdotas aisladas. Las grandes casas de subastas están detectando un cambio generacional en la composición de sus compradores y en aquello que estos consideran digno de coleccionar.

Phillips registró en el primer semestre de 2026 507 millones de dólares en ventas, un 60% más que en el mismo periodo del año anterior. El dato que mejor explica la transformación, sin embargo, está en sus compradores: los millennials y la Generación Z ya representan aproximadamente uno de cada tres compradores y pujadores de la casa y el 40% de sus compradores fueron nuevos clientes.

La conclusión no es que los jóvenes hayan dejado de querer relojes, arte o joyas. Es más interesante: han ampliado la definición de lo que merece ser considerado un objeto de lujo.

El lujo empieza a parecerse a la infancia de quien lo compra

La señal más clara llega de otro estudio. La investigación de 2026 de Bank of America Private Bank sobre grandes patrimonios revela que el 94% de los encuestados de la Generación Z y los millennials posee algún tipo de coleccionable, frente al 82% de la Generación X y el 58% de los boomers y la generación silenciosa. Entre los jóvenes ricos, los relojes y las joyas siguen siendo las categorías más habituales, pero conviven con un universo mucho más amplio de objetos.

Es un cambio importante porque modifica la puerta de entrada al coleccionismo. Para las generaciones anteriores, buena parte del prestigio del objeto estaba relacionado con su antigüedad, su autor o su pertenencia a una tradición cultural consolidada. Para los compradores más jóvenes, la ecuación puede empezar en otro lugar: la conexión emocional.

Una persona nacida en los años ochenta o noventa puede no sentir una relación especial con un mueble del siglo XVIII, pero sí con una consola de Nintendo, una carta que guardaba de niño, unas zapatillas asociadas a un deportista o un objeto relacionado con una película, un videojuego o una saga que marcó su adolescencia. Y ahora esa generación tiene dinero para comprar aquello que antes solo podía mirar.

16,49 millones de dólares por una carta de Pokémon

El ejemplo más extremo llegó en febrero. Una Pikachu Illustrator, una carta promocional creada en Japón en 1998 y entregada como premio en concursos de ilustración organizados por la revista CoroCoro, se vendió por 16,492 millones de dólares en Goldin Auctions. Se convirtió en la carta coleccionable más cara jamás vendida en una subasta.

La cifra impresiona, pero lo verdaderamente relevante está detrás. La carta no fue producida para ser comercializada masivamente. Solo se entregaron originalmente 39 ejemplares a los ganadores de los concursos, y posteriormente aparecieron otras dos procedentes de un antiguo empleado de The Pokémon Company, según los datos recogidos por The Japan Times.

El ejemplar que marcó el récord era además extraordinariamente escaso en términos de conservación y certificación. Es decir, la misma lógica que funciona en el arte, los relojes vintage o los automóviles clásicos vuelve a aparecer: rareza, estado, procedencia, autenticidad y demanda. La diferencia es el objeto.

Ya no hace falta que sea una obra de arte centenaria para que un comprador esté dispuesto a pagar una cantidad propia del mercado del lujo.

Mario demuestra que el objeto puede ser una caja de plástico

Solo unos meses después, el mercado dio otra señal. En junio, Heritage Auctions vendió por 3 millones de dólares una copia sellada de Super Mario Bros. para Nintendo Entertainment System. La cifra estableció un nuevo récord para un videojuego vendido en subasta y superó el anterior máximo de 2 millones de dólares, alcanzado en 2021.

Pero tampoco era simplemente “un Super Mario”. La copia correspondía a una de las primeras producciones del videojuego, conservaba intacto un particular sello adhesivo brillante y había obtenido una calificación PSA 9.6 A++. Heritage señaló que solo se conocían tres copias selladas de esa variante concreta y que la subastada era la mejor conservada de ellas. Ahí está la clave.

No se pagan 3 millones por jugar a Mario. Se pagan 3 millones por poseer una pieza extraordinariamente rara de la historia de los videojuegos. La industria del coleccionismo ha construido alrededor de estos objetos todo un sistema de autenticación, clasificación y conservación que se parece cada vez más al de otros mercados de bienes de lujo. Y eso permite que algo que originalmente se fabricó como entretenimiento pueda acabar funcionando, dentro del mercado secundario, como una pieza de colección.

El objeto ni siquiera tiene que ser antiguo

El caso de Jensen Huang, fundador y CEO de Nvidia, introduce otra variable todavía más interesante. En julio, una chaqueta negra de Tom Ford utilizada y firmada por Huang se vendió en Sotheby’s por 960.000 dólares. La estimación inicial se situaba entre 40.000 y 60.000 dólares. La subasta reunió a 45 coleccionistas y terminó con 65 rondas de pujas.

La chaqueta tenía un precio de venta original muy inferior. Lo que convirtió la prenda en una pieza de coleccionismo fue su procedencia: había sido utilizada por Huang, una de las figuras centrales del boom de la inteligencia artificial, y su autenticidad había sido documentada mediante fotografías y certificaciones.

El comprador no estaba pagando casi un millón de dólares por una chaqueta de cuero. Estaba pagando por la historia que llevaba incorporada. Es una distinción fundamental para entender hacia dónde se dirige el mercado.

Las casas de subastas ya no venden solo arte

Los grandes operadores del mercado lo han entendido. Phillips registró durante la primera mitad de 2026 un crecimiento del 24% interanual en el número de pujadores millennials y de la Generación Z en diseño. En su plataforma digital Dropshop, casi el 60% de los compradores pertenecían a esas generaciones. Pero el movimiento va mucho más allá de Phillips.

Los datos de ArtTactic recogidos por The Art Newspaper muestran que las ventas de las grandes casas de subastas (Christie’s, Sotheby’s y Phillips) alcanzaron 6.800 millones de dólares en el primer semestre de 2026, un 70% más interanual. Dentro de ese mercado, las ventas de los denominados luxury collectibles aumentaron un 25%.

Y hay un dato todavía más llamativo: la categoría de memorabilia creció un 308%, hasta alcanzar 96,1 millones de dólares durante el semestre.

La cifra debe contextualizarse: sigue siendo una fracción pequeña del mercado total de subastas. Pero precisamente por eso resulta interesante. Está creciendo desde una base mucho menor y a una velocidad extraordinaria. Heritage Auctions, especializada precisamente en coleccionables y memorabilia, alcanzó además 1.400 millones de dólares de ventas en el primer semestre, un 47% más que en el mismo periodo de 2025. El fenómeno ya tiene escala suficiente para que las grandes casas de subastas no puedan tratarlo como una curiosidad.

La nueva riqueza también está cambiando el gusto

El cambio generacional afecta incluso a categorías consideradas tradicionalmente más elitistas. Bank of America Private Bank señala que el 42% de los encuestados ricos de la Generación Z y los millennials posee una colección de arte, frente al 13% de los boomers y la generación silenciosa. Entre quienes todavía no tienen una colección, el 75% de los jóvenes encuestados manifiesta interés en hacerlo en el futuro.

No significa que los jóvenes ricos estén sustituyendo el arte por Pokémon.

Significa algo más sofisticado: el mercado de objetos de valor se está haciendo más transversal.

Una misma persona puede comprar un reloj de Patek Philippe, invertir en arte contemporáneo, coleccionar zapatillas y guardar una primera edición de un videojuego. Las categorías que antes se analizaban por separado empiezan a compartir comprador.

Martin Wilson, CEO de Phillips, ha descrito este fenómeno como un cambio generacional en el gusto: más que una simple transferencia de riqueza, considera que se está produciendo una “transferencia de gusto” hacia generaciones que entienden el coleccionismo de una manera diferente.

Y hay una razón evidente: internet ha eliminado buena parte de las barreras que antes separaban a un coleccionista de un mercado internacional.

El teléfono también se ha convertido en una sala de subastas

Casi el 70% de las obras vendidas por Phillips en su temporada de primavera de 2026 se vendieron online. En su plataforma Dropshop, el 70% de los compradores eran nuevos clientes. Esto cambia la naturaleza del coleccionismo. El comprador ya no necesita pertenecer físicamente al circuito tradicional de galerías, ferias y casas de subastas. Puede descubrir un objeto en Instagram, comprobar su procedencia, seguir su cotización en mercados secundarios, consultar su certificación y pujar desde el teléfono. La cultura digital no solo ha creado nuevos objetos coleccionables.

También ha creado la infraestructura necesaria para convertirlos en mercados. Eso ayuda a explicar por qué las cartas, los videojuegos, los cómics o determinados objetos de cultura pop han podido pasar de ser aficiones de nicho a convertirse en categorías capaces de atraer a compradores de alto patrimonio.

El verdadero cambio: la nostalgia se ha convertido en patrimonio cultural

Durante mucho tiempo, el coleccionismo fue una forma de mirar hacia atrás. Ahora también puede ser una forma de convertir la propia infancia en patrimonio.

La generación que creció con Nintendo, Pokémon, cómics, zapatillas, películas y cultura digital está entrando en las edades de mayor capacidad adquisitiva. Algunos de sus integrantes están heredando grandes patrimonios; otros han construido fortunas en tecnología, finanzas, emprendimiento o entretenimiento. Y están comprando objetos que cuentan su propia historia.

Eso explica por qué el mercado puede poner casi 16,5 millones de dólares sobre una carta de Pokémon, 3 millones sobre un videojuego o 960.000 dólares sobre una chaqueta asociada a un empresario tecnológico.

El concepto de qué merece ser conservado, exhibido y deseado está cambiando.

El lujo del siglo XX se construyó en torno a la exclusividad. El del siglo XXI puede construirse cada vez más alrededor de la identidad.

Y quizá esa sea la transformación más profunda de todas: para una nueva generación de grandes patrimonios, el objeto de lujo ya no tiene necesariamente que pertenecer a una historia que comenzó hace siglos. Puede pertenecer a la historia que ellos mismos vivieron.

La infancia, también puede convertirse en lujo.

Artículos relacionados