El envejecimiento de la población europea está obligando a los sistemas sanitarios a hacer frente no solo a una mayor prevalencia de enfermedades neurodegenerativas, sino también a su creciente factura económica y social. La enfermedad de Parkinson constituye un buen ejemplo. Su prevalencia en Europa prácticamente se ha duplicado desde 1990 y el coste asociado a su atención alcanzó los 22.800 millones de euros en 2019, equivalentes a 28.800 millones a precios de 2025.
La estimación procede de un nuevo estudio de la iniciativa COIN-Eu (Cost of Illness in Neurology in Europe), liderada por la Academia Europea de Neurología (EAN) y publicado en Movement Disorders. El trabajo calcula que alrededor de 2,2 millones de adultos vivían con Parkinson en 47 países europeos en 2019, una enfermedad cuya prevalencia ha pasado de 135 a 247 casos por cada 100.000 habitantes desde 1990.
Pero el impacto económico permite observar otra dimensión del problema. De los 22.800 millones de euros calculados para 2019, 17.300 millones correspondieron a costes médicos y no médicos directos, entre ellos, atención hospitalaria, medicamentos, asistencia social o adaptaciones de las viviendas. Esta partida concentró el 76% de toda la carga económica.ç
A ella se suma un coste que, habitualmente, permanece fuera de las cuentas estrictamente sanitarias: el trabajo realizado por las familias. Los cuidados informales no remunerados representaron otros 4.400 millones de euros, cerca del 19% del impacto total, mientras que la pérdida de productividad añadió aproximadamente 1.000 millones.
España gasta 1900 millones de euros al año
La distribución de esta factura tampoco es homogénea. Alemania soportó el mayor coste, con 5.700 millones de euros, seguida de Francia, con 5.300 millones; Italia, con 2.600 millones; España, con 1.900 millones; y Reino Unido, con 1.600 millones. En conjunto, estos cinco mercados concentraron alrededor de tres cuartas partes de la carga económica estimada en Europa.
La posición española adquiere especial relevancia ante un escenario de progresivo envejecimiento demográfico. El Parkinson es el segundo trastorno neurodegenerativo más común y uno de los que más rápidamente crecen en el mundo. Según los investigadores, detrás del incremento de su prevalencia europea se encuentran precisamente el envejecimiento poblacional, pero también una mejor detección y los avances diagnósticos.
“Estas cifras reflejan no solo el número de personas que viven con la enfermedad de Parkinson, sino también la calidad y el coste de la atención que reciben”, explica Richard Dodel, de la Universidad de Duisburg-Essen. El investigador considera que la concentración de costes en los cinco grandes países responde a una combinación de factores, entre ellos el tamaño de sus poblaciones, la prevalencia vinculada a la edad, unos costes sanitarios superiores y una mayor disponibilidad de información.
Planificación sanitaria
El análisis presenta, no obstante, limitaciones importantes. Los investigadores localizaron únicamente 14 estudios de costes que cumplían los criterios establecidos y 13 procedían de países de renta alta. La ausencia de información primaria suficiente en países de renta media-baja impidió calcular su carga económica, por lo que los 22.800 millones estimados corresponden a 43 de los 47 países incluidos en el análisis de prevalencia.
Más allá de cuantificar la factura actual, el estudio plantea una cuestión de planificación sanitaria: si aumenta el número de personas que viven con Parkinson, también crecerán las necesidades de atención médica, asistencia social y cuidados de larga duración. En palabras de Günther Deuschl, presidente fundador de la EAN, estos datos pretenden proporcionar a los responsables políticos y gestores sanitarios evidencia para anticipar esas futuras necesidades.
Así, el coste del Parkinson no termina en hospitales o medicamentos. Una quinta parte de su impacto económico descansa ya sobre cuidados prestados gratuitamente por familiares y allegados, un elemento especialmente relevante en sociedades que envejecen y en las que simultáneamente disminuye la disponibilidad potencial de cuidadores. La evolución de la enfermedad convierte, por tanto, su abordaje no solo en un reto neurológico, sino también en una cuestión de sostenibilidad sanitaria, económica y social

