Hay barcos que son solo transporte, y hay barcos que, sin exagerar un ápice, son memoria flotante de una nación entera. El Norge, el yate real de Noruega, pertenece claramente a la segunda categoría. Cuando el 28 de agosto de 2026 falleció el rey Harald V a los 89 años y su hijo asumió el trono como Haakon VIII, muchos noruegos pensaron de inmediato en aquella silueta blanca fondeada al oeste de Oslo: el barco que había acompañado al monarca desaparecido durante prácticamente toda su vida.
Un regalo con toda una historia
La historia del Norge no empieza en Noruega, sino en un astillero británico. En 1937, los prestigiosos constructores Camper & Nicholson, con diseño de Charles E. Nicholson, botaron un yate que originalmente se llamó Philante. Con el tiempo, aquel elegante casco cruzaría el Mar del Norte para convertirse en un símbolo nacional.
Corría 1947 cuando el pueblo noruego decidió agradecer a su rey, Haakon VII, décadas de servicio con motivo de su 75 cumpleaños. A través de un llamamiento publicado en los periódicos del país, se animó a los ciudadanos a contribuir con un regalo colectivo, y la idea de un barco real terminó imponiéndose sobre cualquier otra. Así nació el Norge como propiedad de la Corona noruega, bautizado con el propio nombre del país.
Haakon VII disfrutó del yate hasta su muerte en 1957. Le sucedió su hijo, el rey Olav V, quien emprendió una ambiciosa renovación de casi una década para poner al día el casco y las comodidades del barco, adaptándolo a los nuevos tiempos sin perder su carácter clásico.
El barco de Harald
Fue con Harald V, hijo de Olav V y quien reinó desde 1991 hasta su muerte hace unos dias, cuando el Norge alcanzó su papel más entrañable en el imaginario noruego. Apasionado de la vela y el mar (compitió incluso en un Campeonato Mundial en el Lago Ontario, donde la prensa canadiense lo apodó cariñosamente el «Sailor-King»), Harald convirtió al yate en escenario habitual de la vida real: cruceros de verano por los fiordos, recepciones a jefes de Estado y, más recientemente, sede de las celebraciones familiares con motivo de la boda de su hija, la princesa Marta Luisa, en Geiranger en 2024.
Con sus 14 nudos de velocidad de crucero (17 en máxima potencia gracias a sus motores Bergen) y una autonomía superior a las 3.000 millas náuticas, el Norge nunca ha pretendido competir en tamaño ni en lujo con los megayates contemporáneos. Su valor, estimado en torno a los 50 millones de dólares, reside más bien en lo que representa: uno de los pocos yates reales que aún navegan en el mundo, junto al Dannebrog danés, y un vínculo directo con tres generaciones de la dinastía Glücksburg noruega: Haakon VII, Olav V y Harald V, antes de llegar ahora a una cuarta.
Un símbolo que cambia de manos
Con la coronación, simbólica, ya que Noruega no celebra ceremonias de coronación física desde 1908, de Haakon VIII, se abre un posible nuevo capítulo para el Norge. La tradición constitucional noruega establece que la Corona nunca queda vacante: el nuevo rey asumió sus funciones de inmediato tras comunicar el fallecimiento de su padre ante el Consejo de Estado. Cabe esperar que, igual que hicieron su bisabuelo, su abuelo y su padre, Haakon VIII continúe la costumbre de zarpar cada verano a bordo del veterano yate, manteniendo viva una tradición marinera que, en el fondo, es también una forma acuática de contar la historia de Noruega. ¡Larga vida al Norge!

