Opinión Javier Ortega Figueiral

FBO: el otro aeropuerto

Aviones privados y corporativos en el aeropuerto de Farnborough, uno de los lugares de aviación más exclusivos de Europa (TAG).

Hay dos formas de llegar a un aeropuerto. La que todos conocemos: mostrador de facturación, cola de seguridad, zapatos en la bandeja, sala de espera que a veces anda escasa de enchufes y cafés a precios de capitales europeas. Y la otra: entrar por una puerta lateral, aparcar junto al avión, caminar veinte metros hasta una sala donde le esperan llamándole por su nombre y una copa de lo que prefiera. En esa sala no hay paneles de vuelos ni hacen falta, porque el vuelo que importa es el suyo.

Eso es un FBO. Fixed Base Operator en la jerga aeronáutica. En el lenguaje de Forbes es la terminal por la que viaja quien puede elegir cómo viajar.

El mercado global de la aviación privada vale hoy más de 21.000 millones de dólares y crece a un ritmo anual superior al 14%. En Europa, la flota de aviones de negocios supera los 2.700 aparatos. Un ejemplo cualquiera: el corredor Barcelona-Niza-Mónaco registró un crecimiento del 31% en 2024, alimentado por viajeros que combinan reuniones con escapadas a la costa. España, que según Mordor Intelligence es el mercado europeo con mayor potencial de crecimiento hasta 2031.
Sin embargo, la aviación privada está en una encrucijada. Por un lado, la demanda no para: tras la pandemia, los vuelos privados crecieron un 32% sobre los niveles de 2019 y no han vuelto a bajar. La propiedad fraccionada y el jet sharing han democratizado (entiéndase que relativamente) el acceso, atrayendo a una generación de ejecutivos y empresarios que no quiere los compromisos de tener avión propio pero sí la flexibilidad de no depender de una compañía regular para cerrar una operación en Múnich o Bratislava el lunes por la mañana.

Interior de un Dassault Falcon 2000XLS, uno de los jets corporativos más avanzados del mercado (Dassault Aviation).

Por otro lado, la presión regulatoria aprieta: desde 2025, los vuelos europeos deben incorporar un mínimo del 2% de combustible sostenible (SAF), un porcentaje que subirá al 70% en 2050. El SAF cuesta entre tres y cinco veces más que el queroseno convencional. Los derechos de emisión del sistema europeo ETS añaden entre 150 y 200 euros por trayecto en un jet de tamaño medio.

A eso se suma la presión social. La imagen del jet privado como símbolo de derroche ha calado. Las campañas que rastrean los vuelos de celebrities y ejecutivos en redes sociales han convertido el avión privado en diana habitual del debate sobre desigualdad y clima. Algunos gobiernos europeos estudian prohibir vuelos privados inferiores a 500 kilómetros cuando exista alternativa ferroviaria. El sector lo sabe, y la respuesta es la que siempre da el lujo cuando se ve acorralado: evolucionar sin renunciar a la esencia.

La terminal de JetEx en el aeropuerto de París-Le Bourget. Hay otra manera de volar… y de esperar brevemente el vuelo (ADP).

Los FBO más avanzados de Europa (Le Bourget en París, Farnborough en Londres, el terminal de aviación ejecutiva de Ginebra) han dejado de ser simples salas de espera para convertirse en algo más parecido a un club privado con pista de aterrizaje. Spa, gastronomía de autor, galerías de arte efímeras, servicio de Concierge que organiza desde la reserva del restaurante hasta el servicio complementario de helicóptero para el tramo final. La experiencia terrestre compite en sofisticación con la aérea. En España, el camino recorrido es un poco menor, aunque la dirección es la misma.

La aviación privada nunca ha sido para todos, aunque hoy, entre la propiedad fraccionada, el charter bajo demanda y las plataformas de vuelos vacíos (Empty Legs) con descuentos de hasta el 75%, sus fronteras son más permeables que nunca. El mercado crece, se fragmenta y se sofistica al mismo tiempo. Y los aeropuertos (incluidos los españoles, claro) empiezan a entender que ese pasajero, el que entra por la puerta lateral, puede valer más que cien que entran por la principal.

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