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El lujo ya no podrá destruir lo que no vende: así cambia la gestión del stock en Europa

¿Qué sucede con aquello que nadie compra? La Unión Europea pone el foco en uno de los grandes tabúes de la moda y obliga a las grandes firmas a encontrar una segunda vida para sus excedentes.

Durante décadas, la moda ha convivido con una contradicción difícil de ignorar. Mientras las firmas de lujo construían su valor alrededor de la exclusividad, la escasez y el deseo, detrás de sus escaparates existía una realidad mucho menos glamurosa: el stock que no encontraba comprador. Ahora, la Unión Europea ha decidido intervenir en esa ecuación. Desde el 19 de julio de 2026, las grandes empresas tendrán prohibido destruir ropa y calzado no vendidos dentro de la Unión Europea, una medida que afecta directamente a algunos de los mayores grupos de la industria, entre ellos LVMH, Prada, Chanel e Inditex.

La nueva prohibición forma parte del Reglamento de Ecodiseño para Productos Sostenibles (ESPR), una de las grandes apuestas comunitarias para avanzar hacia una economía más circular. El objetivo es sencillo sobre el papel, pero profundo en sus consecuencias: que aquello que no se vende no termine automáticamente destruido, sino que encuentre una segunda oportunidad a través de la reutilización, la reventa, la donación o el reciclaje. La normativa se aplicará primero a las grandes compañías, mientras que las medianas empresas dispondrán de un periodo transitorio hasta 2030 y las pequeñas y microempresas quedan exentas de esta obligación directa.

La decisión de Bruselas pone el foco en una de las caras menos visibles de la industria de la moda. Según datos de la Comisión Europea, entre el 4% y el 9% de los productos textiles que llegan al mercado europeo no se venden y una parte termina destruida antes incluso de haber sido utilizada. El problema no se limita al impacto medioambiental de eliminar un producto nuevo: también cuestiona un modelo de producción basado en fabricar grandes volúmenes para responder a una demanda que, en ocasiones, no llega a materializarse.

Para el lujo, la cuestión adquiere una dimensión particular. La destrucción de excedentes no solo ha respondido históricamente a una necesidad logística, sino también a la voluntad de preservar el aura de exclusividad de determinadas marcas. Evitar que una prenda aparezca en canales no deseados, proteger el posicionamiento de una colección o impedir que el exceso de oferta termine erosionando la percepción de valor han sido algunas de las razones que han alimentado esta práctica. El caso de Burberry, que en 2018 reconoció haber destruido productos, perfumes y accesorios valorados en 28,6 millones de libras, convirtió el asunto en uno de los debates más controvertidos de la industria.

La nueva regulación cambia las reglas del juego. A partir de ahora, las compañías tendrán que replantearse qué ocurre con las prendas, zapatos y accesorios que permanecen en sus almacenes una vez finalizada una temporada. Las alternativas pasan por reforzar los canales outlet, impulsar la reventa y el mercado de segunda mano, desarrollar programas de donación o avanzar en sistemas de reciclaje y reutilización de materiales. La normativa contempla excepciones concretas para determinados productos, como aquellos que presentan riesgos para la salud o que están dañados, contaminados o resultan inviables para su reutilización o reparación.

El cambio también introduce una nueva palabra en el vocabulario del lujo: transparencia. Las empresas deberán informar sobre el volumen de productos no vendidos y sobre el destino que reciben esos excedentes. De esta manera, la gestión del stock deja de ser exclusivamente una cuestión interna para convertirse también en un asunto sujeto al escrutinio público.

Para las grandes casas, la transformación podría comenzar mucho antes de que una colección llegue a las tiendas. Una previsión más precisa de la demanda, una producción más ajustada y una gestión inteligente del inventario serán cada vez más importantes. La era de producir de más y decidir después qué hacer con el sobrante pierde espacio frente a un modelo en el que cada pieza tendrá que tener previsto su recorrido, incluso cuando no encuentre comprador.

El impacto, por tanto, va más allá de la sostenibilidad. La nueva norma europea puede modificar estrategias de producción, calendarios de rebajas, políticas de precios y canales de distribución. También obligará a las firmas a encontrar el equilibrio entre preservar su exclusividad y dar una segunda vida a sus productos sin deteriorar su imagen de marca.

La paradoja es que el lujo, una industria que ha convertido la permanencia, la artesanía y la atemporalidad en algunos de sus mayores argumentos, tendrá ahora que demostrar que esos valores también se aplican a aquello que no consigue vender. Europa pone así fecha al final de una práctica que durante años permaneció en la sombra. El verdadero reto para las grandes casas no será solo dejar de destruir stock, sino aprender a diseñar un futuro en el que producir menos, aprovechar más y explicar qué ocurre con cada pieza forme parte también de la definición contemporánea del lujo.

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