Siempre se ha dicho que, ante las situaciones más extremas, ante el máximo pavor, las personas reaccionan de dos maneras radicalmente opuestas. Los hay que se vienen arriba, hollywoodienses que sacan fuerzas de donde no existen y son capaces de las mayores de las hazañas; mientras que otros se paralizan y nos son capaces de actuar, el miedo les bloquea y terminan no haciendo nada. Los primeros son los que suelen dejar huella, a los que se recuerda, bien porque lo intentaron y lograron una heroicidad, bien porque su voluntad condujo a algo fatal, les llevó a terminar fracasando, al menos para los estándares latinos tradicionales. Los segundos, por el contrario, pasan habitualmente desapercibidos, no llaman la atención. Su parálisis les guía directamente a no aparecer en pantalla o a hacerlo como lo hace un extra en una película vulgar cualquiera: desapercibidos.

Realmente, no hace falta que la situación sea extrema para que estos dos perfiles afloren. El miedo como trasfondo está presente en la mayoría de las decisiones relevantes que tomamos en la vida y en el trabajo. Y, cuando aparece, la dicotomía entre valientes y temerosos vuelve a surgir. Por la comparación de las líneas anteriores, podría parecer un partido nivelado, pero la realidad es que los segundos aplastan a los primeros como un equipo de Primera a un Regional. No hay contienda, no hay disputa. Raro es que los valientes se adelanten en el marcador.

Lo habréis visto o practicado en numerosas ocasiones, pero paralizarse es la mayoría de las veces lo más cómodo. En una cultura poco meritocrática y en la que, a diferencia de la anglosajona, el progreso personal hasta se penaliza, no hacer nada, no reaccionar, no pensar en la heroicidad, el raquitismo de intención, suele ser la solución más habitual. Cuando alguien encara al miedo con valentía, siempre con la idea de hacer, corre el riesgo de equivocarse y de fracasar, de quedar expuesto cuando se quiso ser el héroe. Los segundos lo saben y, de forma consciente a veces, sin estar premeditado la mayoría, deciden o bien no hacer nada, o bien algo pequeño con lo que escurrir el bulto. Que nadie pueda achacarles nada, pero “Virgencita, que me quede como estoy”.

Esta bifurcación es especialmente relevante en profesiones altamente expuestas a la opinión de los demás. Como el error pasa de quedar dentro de la corporación a ser público, muchos prefieren hacer pequeñas cosas irrefutables por un Power Point (pensar en pequeño es siempre un error), subrogar sus decisiones en un tercero que te brinda la excusa del comodín del público o llenar de micro objetivos irrelevantes y fácilmente logrables todo. Así, su pellejo siempre quedará salvado y ocultará una realidad incómoda: que saben perfectamente cuál es el antónimo de valiente. Si algo he aprendido en estos años, es que atreviéndote tienes altas posibilidades de fracasar. Por supuesto. No haciéndolo tienes la certeza de que no importarás a nadie.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.