Quizá no os hayáis dado cuenta, pero os encanta la publicidad. Es difícil de reconocer y sé que podéis poner muchos ejemplos para contradecir esta afirmación, el mundo está lleno de gente que quiere comprar espídicamente tu coche, pero estoy convencido: un buen anuncio os hace conectar tanto como una buena serie o película. No son muchos, es verdad, pero seguro que recordáis un puñado de campañas que os hicieron vibrar y olvidar por momentos que el grueso del panorama publicitario tiene el interés de un torneo de fútbol de verano como el Teresa Herrera.

Os encanta la buena publicidad. Porque las buenas campañas son cultura popular y, por tanto, se meten de lleno en la vida de las personas. Nuestro lado más racional nos insta a negar que eso suceda, nos esforzamos en decir que a nosotros no nos impacta, pero la mejor publicidad apela a nuestra cara irracional y, como el arte (porque es un arte), nos emociona, somos incapaces de olvidarla. No lo reconocéis, pero en el fondo sabéis que hay alguna cerveza que os transporta al Mediterráneo, alguna marca de deportes que os invita a superaros cada día o que hay bancos que ven el dinero de otra manera. Y, cuando ese mensaje cala, esas marcas son invencibles. Y no os podéis resistir a ellas. ¿Quién se resiste a quien le hace sentir intensamente?

Tal y como hay muchas películas pésimas (pensad en la sobremesa de Antena 3 o en “The Tourist”), también existe mucha mala publicidad. Aún hay demasiadas compañías que no comprenden que vender más debe ser una consecuencia de hacer bien las cosas y no el único fin a corto plazo. Uno puede cubrir el objetivo hoy, pero no generará vínculos que hagan cualquier inversión futura más eficiente. Las marcas que tienen la creatividad en su ADN venden más, pero, sobre todo, venden por más tiempo. Muchos anunciantes temen el trabajo creativo porque genera incertidumbre, da miedo dar a los artistas (los publicitarios) el mando, pero ellos son los que son capaces de crear un Rothko. Las marcas sólo tienen que ser buenas comisarias, aunque en demasiadas ocasiones adopten más el papel de prestamistas.

Publicidad no es sólo eso que interrumpe vuestro programa preferido o lo que os tapa la vista por la calle. En el fondo, no es más que aquella solución creativa que ayuda a las marcas a trasladar un mensaje que contribuye a vender más. Por tanto, publicidad es cada interacción que una marca tiene con vosotros. Por eso, cada vez más los anunciantes crearán contenidos que consumiríais aunque no existiese esa marca; cuando logren ser garantía de buena creación, tendrán vuestra confianza ganada. Ojalá eso suceda, porque se invierte mucho dinero en publicidad, una gran oportunidad para disfrutar de estupendos contenidos, en resumen. Por favor, exigid más a quien tiene la cartera.

Aborrecéis los spams, odiáis que interrumpan vuestro programa para algo que no os interesa, os enfadáis cuando una marca entra con calzador en vuestros contenidos favoritos; eso es porque esperáis mucho más del sector publicitario, porque os encanta la buena creatividad. Mi recomendación es que cuando algo atente contra lo que esperáis de la publicidad hagáis lo mismo que hacéis con el torneo Teresa Herrera o cualquier otro ‘bolo’ de verano: no verlo. La buena publicidad no querréis apartarla nunca.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.