Los muy futboleros somos muy buenos en las preguntas azules del Trivial Pursuit. De algo tiene que servir ver un Athletic de Bilbao-Dinamo Tbilisi en agosto, al menos para lucirse un poco en geografía. Ser un forofo del fútbol te quita mucho tiempo, pero también te aporta cientos de detalles que, una vez interiorizados, te valen para conocer costumbres o situaciones de algunos países. Supe del pelo mullet viendo resúmenes de México 86 y aprendí sobre la situación de Colombia por un autogol de Escobar. Pero, sobre todo, el fútbol me ha regalado muchísimos recuerdos que me vienen a la cabeza como flashazos, especialmente cuando se trata de un Mundial, como el que lamentablemente comenzó ayer en Catar.

Pensar en todos estos recuerdos me hace cuestionarme cómo se estructura la memoria. Cuando se celebró USA 94 apenas tenía seis años. Tanto se ha mostrado y hablado del codazo de Tassotti a Luis Enrique, hoy streamer y entrenador, que no sé decir si lo recuerdo o, sencillamente, creo que lo recuerdo. Esto es algo que me ocurre a menudo; he escuchado tantas veces una historia que ya no sé si estuve ahí o no y, de pronto, me sorprendo contándola con todo lujo de detalles. ¿Es eso mentir? Por un lado, mi presencia en lo que narro es muy posible que no sea cierta, con lo que sería una mentira; por otro, ¿uno miente si de verdad cree que está diciendo la verdad? Hoy todavía no sé si vi aquel codazo que dejó un reguero de sangre en una preciosa camiseta blanca.

De Francia 98 recuerdo un par de detalles. Primero: Cuando Zubizarreta la pifió contra Nigeria, yo comía una tarta llamada “Selva Negra” en el difunto restaurante “Los Laureles” en mi pueblo, Loredo; diré más, la televisión estaba en una esquina y el mantel era de papel. La memoria nos traslada al lugar donde sucedió todo antes que al acontecimiento en sí. Soy capaz de dar detalles nimios de aquel mediodía y, sin embargo, no recuerdo cómo quedó aquel partido. Segundo: Los medios dando cobertura al ataque epiléptico de Ronaldo Nazario antes de la final de Francia 98. En mi memoria hay más horas previas al partido que fútbol en sí.

Ronaldo Nazario protagoniza también otro recuerdo, el del triángulo de pelo en su cabeza en Corea y Japón 2002. De la eliminación de España recuerdo que la comentamos jugando una pachanga una hora después, que el partido creo recordar que fue a las ocho de la mañana. Qué momentos aquellos. La memoria te ayuda también a recordar quién eres, quién has sido. El cabezazo de Zidane en 2006 se produjo poco antes de que nos mudásemos de una casa que tenía una velux característica. La victoria de España en 2010 rompió con una maldición y también con una costumbre que tenía por aquel entonces: comerme las uñas. De tanto hacerlo me hice unas heridas y, al ritmo del Waka waka, decidí que eso debía terminar.

A partir de 2014 los recuerdos son algo menos exóticos y más vagos. Lo primero que me viene es un fallo grosero de Higuaín en la final. De Rusia 2018 prometo que no recuerdo nada, casi ni al ganador. ¿Puede que la memoria necesite que pase más tiempo para asentarse? ¿Es la memoria más eficaz cuando más joven eras? ¿Es la memoria más memoria cuando viene teñida de nostalgia? ¿Es la memoria menos memoria cuando te desapasionas? Ojalá pudiese responder a todas estas preguntas, aunque sólo fuera por seguir siendo invencible en las preguntas azules del Trivial Pursuit.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.