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El modelo de contrato de futuros del clima desarrollado por la Bolsa de Chicago es un ejemplo de originalidad financiera. Usa un índice de grados día de calefacción (HDD) basado en la observación de que los edificios comerciales se calientan con frecuencia para mantener una temperatura interior de 21° grados centígrados siempre que la temperatura exterior media diaria cae por debajo de los 18°C. Y encienden el aire acondicionado para refrigerar cuando la temperatura del entorno sube por encima de esa temperatura estándar.

Una oscilación severa en el comportamiento habitual del clima en verano o invierno tiene consecuencias económicas inmediatas en muchos sectores: en el comercio de EE UU se ha demostrado que en periodo estival un día muy cálido puede disparar hasta un 50% las ventas frente a otro inusualmente fresco, al tiempo que suele reducir los ingresos en los parques de atracciones.

Y qué decir del sector energético, tanto los operadores de la red como de los principales consumidores son sensibles a una variación brusca de la temperatura respecto de la media de la estación. En todos los casos, según CME (Chicago Mercantile Exchange) Group Weather, invertir y desinvertir en futuros climatológicos podría ayudar a compensar las pérdidas por desviaciones en los costes o en los ingresos. Y con ese reclamo ha conseguido que acudan a ellos muchas empresas.

Lo significativo del asunto, según pusieron en evidencia en un informe los investigadores del National Bureau of Economic Research Wolfram Schlenker y Charles A. Taylor, es constatar la sorprendente correlación entre las predicciones de los inversores y el incremento de las temperaturas que se ha venido produciendo como consecuencia del calentamiento global. Es visible en las nueve ciudades de EE UU incluidas en el mercado de futuros (significativamente, Nueva York es la que genera más compraventa de contratos y Las Vegas, la ciudad del juego, la que menos), en las dos europeas (Londres y Amsterdam) y en Tokio (Japón).

Sí, por increíble que parezca, las apuestas de los inversores en futuros climáticos han ido anticipando de manera continuada el calentamiento global durante más de dos décadas. Incluso cuando predecían comportamientos inusuales del tiempo meteorológico con más de 10 días de antelación, por lo general, solían acertar. Lo cual lleva a Schlenker y Taylor a acuñar una frase memorable: “Cuando hay dinero en juego, es difícil encontrar a gente dispuesta a apostar en contra del consenso científico”.

Verdaderamente en la diana. La pandemia ha dejado a nuestras sociedades irreconocibles en ciertos aspectos. Alguno dirá que lo que ha hecho en realidad es aflorar su verdadero rostro, pero no parece una sentencia justa del todo. En la reciente reunión de 21 Premios Nobel en Valencia para designar a los ganadores de los Premios Jaume I, uno de los asuntos presentes en las conversaciones entre ellos y con investigadores y estudiantes fue el descrédito de la actividad científica. “La ciencia está bajo ataque”, me dijo el Nobel de Física Serge Haroche.

El autor de la teoría de la decoherencia cuántica, vinculada a la superposición de estados, que suele ilustrarse con la metáfora del gato de Schrödinger, no se explica la prisa que ha entrado a parte de la economía por dar presunta salida comercial a los hallazgos preliminares de la segunda revolución cuántica. Aún es demasiado pronto, ¡ni siquiera está claro qué materiales deberemos utilizar!

Algo similar podría decirse del movimiento pendular que están mostrando los criptoactivos y NFT. Morgan Stanley acaba de advertir de la espantada de los inversores de alto riesgo después de la caída vivida en este primer semestre y augura un desplome del 50% al final de año. Como en el caso de la cuántica, también en el metaverso conviene dejarse guiar por los ciclos de especulación, estallido de la burbuja, consolidación de infraestructuras y crecimiento sólido identificados en su día por la investigadora Carlota Pérez para explicar las revoluciones tecnológicas.

En algunos sectores resulta más difícil anticipar las oscilaciones bruscas del capital que acertar con el calentamiento climático en la Bolsa de Chicago. La inflación y los problemas de la cadena de suministro pesan mucho a estas alturas. Por eso los inversores más avezados, está claro, y así lo confirma la experiencia personal de cualquier que conozca bien el sector del capital riesgo, suelen tener buenos contactos en los laboratorios científicos. Más les vale.