Sin ninguna duda ser mejor es intentarlo. No se trata de vencer. Ni tampoco de ganar a los competidores. El mejor es el que lo intenta, no se conforma, y se estruja las meninges para avanzar aunque un día sea un milímetro y otro, una milla náutica. Yo quiero ser el mejor en mi oficio. ¿Por qué? Porque intentarlo me mantiene vivo.

La vida es equilibrio, biológico, afectivo y profesional. Sobresalir en cualquiera de los tres, olvidando hacerlo en los otros dejará huecos en la autoestima, en los tuyos o en tu reputación. Ahí está la dificultad. ¿Cómo ser el mejor sin descuidar el hogar, a las personas que trabajan contigo o para ti, o a la familia? Con una buena escala de valores, normalmente construida desde la infancia, en familia.

El mejor en algo –el mejor CEO– no lo es en solitario. Representa a su equipo, a personas con DNI e hipoteca, que reman cada día para ser los mejores motivados por una misión común, pero también porque creen en el liderazgo. El líder hace mejor al equipo y levanta la copa en nombre de todos. Siempre fue así. Desde los emperadores romanos a la historia de las religiones.

En la regularidad, en la capacidad de corregir errores, en el don para motivar equipos, para construirlos y para reconstruirlos, para ser paciente con los fallos de los demás, para ser firme cuando hay que despedir o tomar decisiones impopulares y sobre todo en la humildad del reconocimiento, es donde el líder se hacer mejor. Nadie es mejor si sólo lo es un instante. Ni tampoco nadie es mejor siempre.

Para mí ser mejor es imposible si uno se olvida de ser persona. El mejor tiene que estar muy alerta de que el personaje no se lo coma. Si el que es mejor es el personaje es el momento de ir cambiando de disfraz.

Los mejores, como los grandes genios de las artes que nacieron con un don, son humildes y generosos. Los demás mejor será que sigamos intentándolo.