Si Andy Warhol resucitara durante este 2022 (el pasado 22 de febrero se cumplieron 35 años de su muerte) habría dos aspectos de nuestra realidad –no presentes en su tiempo– que monopolizarían todo su interés.

Por un lado, la omnipresencia de las redes sociales en el engranaje del universo celebrity captaría inmediatamente su atención (seguramente, lo primero que haría sería abrirse una cuenta en Instagram y empezar a subir reels sin parar, un lenguaje social que parece haber sido diseñado justo para él).

El otro topic que lo embelesaría de placer sería –sin duda– el actual arte digital y, sobre todo, las desproporcionadas posibilidades crematísticas que ofrece su hiperinsuflado mercado, capaz de vender un NFT por decenas de millones de dólares como si nada.

En general, a lo largo de toda su trayectoria, el genio de Andy Warhol se sintió fascinado y obsesionado por dos asuntos principales: la fama y el dinero (conceptos que no han cesado de multiplicar su poder e influencia en nuestra sociedad desde entonces).

Todo esto puede comprobarse de forma presencial en Super Pop, la exposición (comisariada por Edoardo Falcioni) que puede visitarse hasta el próximo 5 de junio en el Palacio de Santa Bárbara de Madrid, una interesante muestra que subraya el aspecto más marketiniano de su arte, muy influido asimismo por la moda, el diseño gráfico, la fotografía o el puro show business.

La principal reflexión de toda su producción fue la sociedad de consumo y sus excesos. Irónicamente, para criticar tal ansia capitalista, Warhol no dudó en utilizar exactamente los mismos métodos que él mismo satirizaba (como la producción en cadena o el poder seductor de la publicidad), hasta convertir su apellido en una marca más del escaparate cultural.

Su arte intentaba parodiar el vacío obsesivo de la fama, pero al mismo tiempo se mostraba paradójicamente hipnotizado por su brillo (toda su vida es un estudio sobre el concepto de la celebridad y su banalidad pop).

Adquirir un Warhol implicaba poseer un objeto famoso per se, un estatus icónico respaldado exclusivamente por su firma, incluso cuando el valor estético de dicha pieza fuera en ocasiones irrelevante. Es más, a veces ni siquiera él mismo había realizado la obra, sino sus ayudantes (bajo el colectivo The Factory), pero mientras estuviera firmada o autentificada su cotización se mantenía intacta.

A la entrada de la exposición, se proyecta una reveladora entrevista con una de sus musas, Holly Woodlawn (Juana Díaz, en la vida real, actriz, cantante y artista transgénero puertorriqueña, fallecida en 2015), habitual de The Factory. Como ella misma explica, aquel mítico lugar pasó de ser un refugio orgiástico de sexo y drogas para marginados sociales y freaks varios a convertirse en un mero negocio industrial, una fábrica de obras de arte producidas y manufacturadas a la carta (en sentido casi literal).

En Super Pop también se exhiben portadas originales de la revista Interview (cofundada por Andy Warhol en 1969), publicación dedicada a la escena chic del famoseo, la cual el propio artista financiaba mediante retratos bajo demanda –a 25.000 dólares la unidad– para divas y millonarios caprichosos.

En la década de los setenta y ochenta, Warhol aceptó todo tipo de encargos comerciales (desde dibujos de la Princesa Carolina de Mónaco o Giorgio Armani a la portada de un disco para Miguel Bosé), mientras disparaba compulsivamente su cámara Big Short de polaroids (su TikTok de entonces), pudiendo inmortalizar en las instantáneas al rockero Mick Jagger, al portero de fútbol Toni Schumacher (vaya usted a saber por qué) o a una botella de vodka Absolut.

La muestra contiene también varias piezas de su serie Ladies & Gentlemen, la cual ha experimentado en los últimos años un proceso constante de revalorización (creada entre los años 1974 y 1975, Warhol retrató en ella a la comunidad drag queen de Nueva York de un modo sumamente moderno).

Por supuesto, en la exposición no faltan sus celebérrimas latas de sopa Campbell. Warhol hizo diapositivas de sus 32 variedades, la proyectó en una pantalla y perfiló sus curvas. En vez de pintarlas, utilizó la serigrafía. De este modo, reflexionó sobre la idea del original y la copia en nuestra sociedad, al tiempo que multiplicaba por treinta veces los beneficios de su venta.

El 11 de marzo de 2021, la casa londinense Christie’s subastaba un collage de imágenes digitales del diseñador gráfico Beeple –firmado con un certificado de autenticidad mediante clave criptográfica– por 69 de millones de dólares. Según la jerga actual, lo que se expendió concretamente ese día fue un ‘token no fungible’ (un NFT, por sus siglas en inglés), adquirido por un coleccionista a través de criptomoneda Ethel.

Lo que antes era la firma de Warhol en una obra (el trazo que dotaba a esa pieza de un carácter exclusivo) hoy está garantizado a través del blockchain, esa especie de registro contable tecnológico que resulta imposible de falsificar.

Un NFT vale exactamente lo que un comprador esté dispuesto a pagar por él y, en ocasiones, es una auténtica millonada. Una especulación absurda y disparatada admitida como tal incluso por los propios artistas digitales.

¿Pero qué pensaría de todo esto Andy Warhol si volviera a estar entre nosotros y viera la hilera de ceros que podría ingresar hoy en día con un simple NFT? Seguramente, se desplomaría de nuevo, muerto y amarillo de la envidia.